EL infinito cielo azul turquesa se alzaba sobre el bosque como un párpado de luz derretida. Cada hoja, cada musgo, cada sombra enredada en las ramas, era un eco humilde devolviéndole su identidad genuina. -Te cuento –se sienta Winston junto al Sisimite– lo ocurrido en una conversación. Le dijeron, a aquel que dijimos, que en todas las oficinas públicas exigían colocar banderas de azul marino oscuro, por lo que prácticamente se había quedado solo defendiendo el “azul turquesa”, la auténtica tonalidad de la Bandera Nacional. -¿Y qué les dijo? -Pues que no es la primera vez que se queda solo defendiendo la verdad histórica. Recientemente, cuando la furiosa jauría se le fue encima a la consejera liberal, al publicar su criterio jurídico que le impedía cantearse hacia uno de los bandos, se quedó solo defendiendo la integridad de aquella posición. Al final de cuentas –a costo de la buena imagen de la consejera– su apego a la ley acabó por destrabar el atragante, y ya en las elecciones generales que presidió, resistir otra vez el hostigamiento, dar la declaratoria, cuidar de la alternancia y proteger la democracia.
Entonces escribió editoriales citando la famosa frase del J’accuse de Émile Zola, en su declaración ante el jurado, durante el proceso penal incoado precisamente por haber publicado su “Yo acuso”. “Zola dijo: “Dreyfus es inocente, lo juro. Comprometo en ello mi vida, comprometo mi honor. Por mis cuarenta años de trabajo, por la autoridad que ese trabajo haya podido darme, juro que Dreyfus es inocente. Por todo lo que he conquistado, por el nombre que me he hecho, por mis obras que han contribuido a la expansión de las letras francesas, juro que Dreyfus es inocente. ¡Que todo eso se derrumbe, que mis obras perezcan, si Dreyfus no es inocente! Es inocente”. La historia consigna que el acusado, capitán del ejército francés y judío, había sido condenado por traición y deportado a la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa”. Posteriormente aparecieron pruebas señalando como verdadero responsable al comandante del ejército. Otro oficial había descubierto indicios decisivos, pero sectores del Estado Mayor se resistieron a reconocer el error. El militar terminó siendo absuelto por un consejo de guerra. Entonces Zola hizo algo extraordinario. Sabiendo que estaba provocando su propio procesamiento, publicó en la primera página de L’Aurore su carta abierta al presidente: “J’accuse!”. “Allí acusó directamente a altos mandos militares y a quienes habían participado en el encubrimiento. Fue procesado por difamación y condenado a un año de prisión y una multa”. “Tras nuevas incidencias judiciales, la condena fue confirmada en Versalles. Esa misma noche, aconsejado por allegados y su abogado, salió hacia Inglaterra para evitar que la sentencia se hiciera ejecutoria”. Permaneció escondido en el exilio, hasta regresar a Francia en junio de 1899.
“Lo extraordinario fue que Zola puso individualmente sobre la mesa todo su capital moral y literario: su nombre, su prestigio, su libertad y su obra. La historia terminó dándole la razón”. “Zola regresó a Francia cuando la condena original de Dreyfus había sido anulada y se había ordenado un nuevo juicio. Dreyfus fue reintegrado al Ejército y recibió la Legión de Honor”. Y hay una lección todavía más hermosa: “Zola no juró por una autoridad pública que poseyera. No tenía ejército, fiscalía, tribunal ni ministerio. Tenía solamente su palabra y su nombre. Y precisamente por eso los empeñó: “Comprometo en ello mi vida; comprometo mi honor”. J’accuse contiene otra frase poderosa: “Mi deber es hablar; no quiero ser cómplice”. El majestuoso cielo, como manto diáfano, se extendía sobre el inmenso bosque, luciendo, desde siempre, su auténtico color: el azul turquesa, como las franjas y las estrellas de la Bandera Nacional de Honduras. Winston, con su segundo sentido, percibía el latido obstinado de un color que no negocia con el ocaso. Mientras el mundo se manchaba de horizontes fugaces, él se sostiene –como memoria que respira; testigo de siglos que se niega a ser permutado. El bosque en su maravillosa naturaleza, simplemente existe en ese azul. Y el azul turquesa, por pura fidelidad, se queda. Winston, imaginándose cinco estrellas sobre las nubes blancas, agarró rumbo a su casa.


