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domingo, julio 19, 2026

Salvador Nasralla: más que un partido

Por Héctor A. Martínez

Honduras necesita, con urgencia, una reestructuración profunda de su sistema político y económico. Moralizar las reglas del Estado, los partidos políticos y el régimen actual, es una necesidad apremiante si queremos salvar la sociedad.

Esta sugerencia puede sonar bastante radical, incluso subversiva, porque exige reconfigurar el modo en que se organiza y ejerce el poder del Estado. No olvidemos que ese poder concentrador y corrupto ha sido el mayor obstáculo para sacar al país del atraso.

Desde que Salvador Nasralla, hoy candidato del Partido Liberal, se lanzó a la contienda presidencial en el 2013, muchos siguen viendo en él la oportunidad de oro para moralizar la política y el gobierno. La posibilidad de su victoria no responde tanto a su fama televisiva, sino al discurso frontal contra la corrupción, santo y seña de su propaganda personal.

Sin embargo, las cosas no son tan fáciles como suenan: sin un rediseño de las instituciones del Estado, su propuesta no pasaría de ser una engañifa más de las tantas que estamos acostumbrados a escuchar.

¿Qué implica en la práctica este cambio radical? Significa nombrar profesionales competentes en puestos clave –no amigos ni parientes, como es la costumbre—; fiscalizar las transacciones públicas con rigor y sancionar todo acto de corrupción sin excepciones.

Significa también sacudirse el parasitismo político que mantiene a muchos viviendo a costa del Estado. ¿O es esto mucho pedir? No es difícil entender por qué, tras varios intentos por alcanzar la presidencia, Nasralla nunca haya salido favorecido en el conteo final.

Su victoria habría significado el fin de ese régimen inmoral que se ha olvidado completamente de las masas y la disminución del poder de las élites detrás de los partidos, instrumentos de aquellas y no del pueblo.

En resumen, el sistema político nuestro ha sido incapaz de ordenar las instituciones y las reglas para ponerlas al servicio de la razón de ser del Estado, que es la mayoría poblacional.

¿Cómo es posible pedir el voto a esas mayorías a cambio de nada? Después de cuatro décadas de exclusión social, lo que vemos es una precariedad en los servicios de salud, seguridad y educación, y una lamentable situación de ciertos indicadores que nos posicionan como uno de los peores países en la América Latina.

Conviene advertirlo: las masas marginadas no deben ser subestimadas con la excusa de su bajo nivel educativo. En su visión del mundo, las masas poseen su propia filosofía de vida que no requiere de análisis de indicadores sociales y económicos. Se llama “percepción cotidiana de las cosas”.

Fue esa percepción que empujó al pueblo a sepultar el bipartidismo en las elecciones del 2021 y hoy busca corregir su error histórico decantándose, no por los partidos, sino por la persona que encarna la imagen menos desprestigiada.

Si somos sinceros, el único que se salva de ese ecosistema plagado de inmoralidad y ambiciones personales es Salvador Nasralla. Más que un partido, pues, Nasralla representa una ética que todavía incomoda a quienes se han beneficiado eternamente del sistema.

Y si las trampas y los arreglos bajo la mesa no vuelven a robarse la voluntad soberana, el verdadero ganador de las próximas elecciones no sería tanto el candidato liberal, sino el propio país.

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