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Honduras
domingo, julio 19, 2026

Rehén de una geografía

LAS lluvias de los últimos días han dejado una estela de dolor en Honduras. Las víctimas mortales, los barrios anegados, los deslaves, los derrumbes de carreteras y el colapso de infraestructuras nos recuerdan, con crudeza, que vivimos en un territorio vulnerable.

Tegucigalpa, nuestra capital, se ha convertido en símbolo de esa fragilidad: una ciudad que se desborda no solo por el agua, sino por la falta de previsión, de conciencia y de voluntad tanto de los gobiernos, de autoridades locales y, por supuesto, de la población en general.

La geografía de Tegucigalpa no perdona. Sus laderas pronunciadas, sus quebradas estrechas y su crecimiento desordenado hacen que cada tormenta sea una amenaza. Pero no es solo la naturaleza la que nos pone a prueba. También lo hacen nuestras decisiones, o la ausencia de ellas.

Cuando el alcalde capitalino recién mostró imágenes de un vecino lanzando bolsas de basura sobre la quebrada de una obra recién inaugurada en el barrio Los Jucos, no solo evidenció la falta de civismo de un parroquiano cualquiera.

Mostró, sin querer, el espejo de una sociedad que aún no ha comprendido que el medio ambiente no es un basurero, sino un patrimonio común. Y en ese sentido han sido oportunas sus quejas y recomendaciones. Es fácil señalar al ciudadano irresponsable. Pero más difícil —y más necesario— es preguntarnos qué se ha hecho para educar, prevenir y sancionar. La poca concienciación social es insuficiente.

¿Dónde está el control urbano que impida construcciones en zonas de alto riesgo? ¿Dónde están los planes de reforestación, los sistemas de drenaje adecuados, los protocolos de emergencia que no dependan de la improvisación?

La tragedia climática que vivimos no es solo producto de la lluvia. Es producto de años de abandono, de políticas cortoplacistas, de obras que se inauguran con pompa pero sin mantenimiento.

Es producto de una ciudadanía que, en muchos casos, ha normalizado el desecho irresponsable, la indiferencia ante el entorno y la creencia errónea de que el problema es de otros. Pero también hay esperanza. En cada brigada de jóvenes que limpia ríos, en cada vecino que denuncia, en cada maestro que enseña a sus alumnos a cuidar el agua, hay una semilla de cambio.

Honduras necesita una alianza urgente entre gobierno y sociedad. Una alianza que no se base en discursos, sino en acciones concretas: educación ambiental desde la infancia, incentivos para el reciclaje, sanciones ejemplares para quienes contaminan, inversión en infraestructura resiliente, participación comunitaria en la gestión del riesgo. No podemos seguir esperando a que el cielo se calme para actuar.

La crisis climática es permanente, y exige respuestas permanentes. Tegucigalpa no puede seguir siendo rehén de su geografía ni de su desidia. Debe convertirse en ejemplo de adaptación, de conciencia, de resiliencia. A las autoridades les corresponde liderar con visión, con transparencia y con firmeza.

A la ciudadanía, asumir que cada bolsa de basura mal dispuesta, cada árbol talado, cada quebrada obstruida, es una amenaza para todos. Y a los medios de comunicación social, a los educadores, a los líderes comunitarios, nos toca encender la luz del entendimiento, del compromiso, de la corresponsabilidad. Porque si algo nos enseñan estas lluvias, es que el agua no distingue entre ricos y pobres, entre barrios altos y bajos. Nos moja a todos. Y solo juntos podemos evitar que nos arrastre.

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