EL amanecer difuminado de naranja y amarillo, bajaba con discreta sedosidad por las lomas. El destellante lustre de bronce bruñido reflejado en el frontispicio de la cueva, deslumbraba a Winston mientras subía la ladera con paso apresurado, su colita alebrestada y su nariz helada olfateando los rumores silvestres del entorno y el dulce aroma de un exquisito café recién molido.
Al entrar, vio que el fogón chisporroteaba, aluzando la gigantesca silueta de su amigo, el antediluviano ermitaño. Hoy te traigo —se anunció Winston— una consulta filosófica. -¿Es que soñaste algo humano o serán tus noches de insomnio?, bostezó el Sisimite. -Con Quevedo, respondió Winston con la mirada erguida.
-Estuve cavilando qué diría el noble escritor español, caballero de la Orden de Santiago –y te pregunto porque vos lo conociste– ¿si de repente despertara de su sueño eterno alborotado por el ruido infernal de estas redes vociferantes, las bocinas vocingleras y los necios repetidores? Otra vez –horas después que el pueblo en multitudes categóricas votó por que lo dejen vivir en paz– el surtidor de rumores, especulaciones y falacias. -Una muestra, Winston –pontificó el Sisimite– del sarcasmo del Siglo de Oro.
“¡Necedad sembráis! Vosotros, que con lenguas de humo sopláis tempestades sobre un país que apenas aprende a respirar en paz, ¿no veis que vuestra industria es fabricar ruido en una sociedad que implora sosiego? ¿Ignoráis que no basta tapar el sol con el dedo para no ver su luz? Si la patria madruga para reconciliarse, ¿será de almas cristianas que desveléis al pueblo con cuentos de aparecidos? ¿No veis que el pueblo, harto de vuestro teatro, salió a votar para callar vuestros tambores viejos? Y a quienes padecen del síndrome ansioso de figuración: “¿no sería mejor que comenzarais figurando en el silencio; que allí, al menos, no hacéis daño?”.
-A esa paráfrasis quevediana tuya Sisimite, –ilustra Winston– te ofrezco un contraste opuesto al ruido que perturba: la obra silenciosa de los que construyen: Los soldados anónimos civiles de la construcción democrática, con sus chalecos sin bronceadas insignias, o apenas un distintivo de letras bordadas; los verde olivo de uniformes planchados, todos con el pecho imbuido del rigor de un juramento. Sus nombres no resonarían en las plazas de reconocimiento, ni en las filas formadas de regimientos condecorados, o en los actos ceremoniales de exaltación.
Sencillamente yacen inmersos en la autoestima propia para disolverse en alientos de orgullo personal al deber cumplido. Si bien, centinelas de un íntimo anhelo aspiracional, cumplen una responsabilidad cimera: igual son guardianes de todo sueño ajeno. El de todos los demás. Y así ha sido.
En horario interminable sin descanso de día, horas en vela, sin reposo, de noche, para que el pueblo, al fin, pudiera dormir en paz. Sus sombras, alargadas por la luz de lámparas fluorescentes, proyectadas en las paredes de oficinas transformadas en trincheras; custodias de un tesoro más valioso que el oro: la voluntad popular, frágil como un pétalo de flor, pero con fuerza viva como ninguna.
De esos sacrificios, con lágrimas que ruedan espontáneas de los ojos, de las noches robadas al descanso y a los abrazos familiares, comenzó a brotar un dulzor azucarado. No era el dulce que se puede paladear con la lengua, sino con el alma entera, con cada palpitar del corazón agradecido de la gente.
Un muchas gracias por facilitarnos la paz. No la paz del silencio vacío, sino –esa sigue siendo la esperanza– la paz que concite al diálogo respetuoso, que trace rumbo de futuro abierto como un camino recién amanecido.


