Por: Rodolfo Dumas Castillo

Durante décadas, los países han competido por petróleo, minerales, rutas comerciales o acceso a mercados. En un futuro no muy distante la competencia será por el agua. Ya no es únicamente una discusión ambiental, sino economía, estabilidad, energía, agricultura, seguridad alimentaria y supervivencia urbana. El agua dejó de ser un recurso abundante para convertirse en un activo estratégico. Por mucho tiempo asumimos que la abundancia de lluvias resolvía nuestro problema hídrico. Pero la verdadera diferencia entre países no será quién recibe más agua, sino quién logra almacenarla, administrarla y protegerla. La abundancia sin gestión termina produciendo escasez. Las señales están por todas partes. Sequías más prolongadas, lluvias más intensas, crecimiento urbano desordenado, deforestación de cuencas y sistemas de distribución obsoletos. Esto provoca que países con grandes recursos hídricos enfrenten crisis de agua potable. Es evidente que las ciudades crecen más rápido que su capacidad para abastecerlas. Muchas infraestructuras hídricas de América Latina fueron diseñadas para poblaciones mucho más pequeñas y para patrones climáticos que ya no existen. En algún momento, las limitaciones de agua comenzarán a limitar también el crecimiento económico. Las industrias que más consumen agua, como la agricultura, manufactura, energía, minería, procesamiento de alimentos e incluso centros de datos, empezarán a evaluar no solo costos laborales o incentivos fiscales, sino estabilidad hídrica. La capacidad de abrir un grifo con regularidad terminará siendo un indicador de competitividad nacional. En otras palabras, la infraestructura hídrica podría convertirse en el nuevo equivalente de las carreteras, los puertos o la electricidad confiable. Los países que entiendan esto antes tendrán una ventaja importante. En San Pedro Sula la discusión estratégica no es abstracta, se llama Merendón. Esta cordillera no es solo un pulmón verde, es la infraestructura natural que sostiene el acuífero de la ciudad y garantiza el caudal para el consumo humano y la actividad manufacturera. Protegerlo dejó de ser una causa conservacionista para convertirse en un imperativo de viabilidad económica. Sin embargo, la presión del crecimiento urbano, las actividades agrícolas no reguladas y la debilidad en la aplicación de las normativas de la zona de reserva plantean la pregunta inevitable: ¿Quién controlará el Merendón? La gobernanza de este recurso estratégico no puede quedar a merced de la fragmentación institucional, ni de la colisión de competencias entre el gobierno central, la administración municipal y el sector privado. Si la gestión de la cuenca se atomiza o se debilita frente a intereses particulares, el motor industrial del país perderá su ventaja más crítica. Definir un modelo técnico, transparente y con estricta seguridad jurídica para la administración y vigilancia del Merendón determinará si San Pedro Sula sigue siendo un polo de atracción de inversiones o si se convierte en el vivo ejemplo de cómo la parálisis institucional agota su propia riqueza hídrica. Porque almacenar agua no consiste solo en construir represas, significa proteger cuencas, modernizar redes de distribución, reducir fugas, reutilizar aguas tratadas, ordenar el crecimiento urbano y convertir la administración hídrica en política de Estado, no en reacción improvisada a cada verano. Incluso la geopolítica regional podría transformarse. Muchos países comparten ríos, sistemas hidroeléctricos y reservas subterráneas. A medida que aumente la presión sobre el recurso, el agua dejará de ser un asunto exclusivamente técnico y pasará a formar parte de las discusiones sobre seguridad y estabilidad regional. Honduras todavía tiene una ventaja significativa. Posee recursos hídricos relevantes, capacidad hidroeléctrica y una densidad poblacional relativamente menor que otros países de la región. Pero las ventajas naturales no son eternas. Los países no pierden competitividad únicamente por falta de recursos; muchas veces la pierden por administrar mal los que ya tienen. Y ahí está el verdadero riesgo. La historia demuestra que las grandes crisis rara vez aparecen de golpe. Normalmente se acumulan lentamente mientras parecen problemas aislados; un racionamiento aquí, una represa sedimentada allá, una ciudad creciendo sin planificación, una cuenca destruida por deforestación, una red de distribución perdiendo millones de litros diariamente. Hasta que un día el problema deja de ser técnico y se convierte en económico y político. Entonces, ¿quién controlará el agua? La respuesta correcta no es un actor, sino un modelo. Los países que sobrevivan no serán los que tengan más agua, sino los que construyan gobernanza técnica, transparente e inclusiva para administrarla. El Merendón es el laboratorio. Si fallamos aquí, estaremos eligiendo la vulnerabilidad. Si lo hacemos bien, seremos el ejemplo de que es posible convertir un reto existencial en una ventaja competitiva duradera.



