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sábado, julio 18, 2026

¡Qué mundo tan maravilloso!

Por Mirna Isabel Rivera

¡Qué mundo tan maravilloso! (What a wonderful world!), es una canción que irónicamente fue interpretada en una época plagada por la guerra del Vietnam y la lucha de los derechos civiles en los Estados Unidos, se mantenía divida la opinión pública, parecía un conflicto que nunca terminaría.

En medio de todo eso un cantante cuyos inicios fueron difíciles, un niño en riesgo social, prácticamente abandonado a su suerte, pero este triste inicio no definió su exitosa carrera musical que fue brillante, el gran Louis Armstrog, fue escogido en 1967 por los compositores Bob Thiele y George David Weiss, para que interpretara esta gran melodía.

Al igual que ahora, en ese tiempo las noticias que se presentaban estaban llenas de violencia, pérdidas humanas, protestas a favor y en contra, en contraste esta melodía narraba cielos azules, la belleza de la naturaleza y sobre todo daba esperanza a las nuevas generaciones.

Uno de los productores de esta canción, pensó que sería un total fracaso, que no podría competir con los famosos Beatles, por ser muy ingenua, en los Estados Unidos no recibió el apoyo de la casa disquera, pero en Europa fue un boom, inmediatamente destronó a los inalcanzables y mundialmente fue entonada esta canción como un himno a la paz.

La adversidad no debe marcarnos para el fracaso, desde la orfandad, la guerra y la violencia se puede construir una ruta para escapar y construir una vida mejor, pero se ocupa del deseo, la resiliencia y la fe, de que se pueden hacer cambios a nivel individual, en la comunidad, en el país y en el mundo.

Estamos en un momento de tensión global que pone en alerta a todos los países sobre la posibilidad de que escale en un momento dado a una tercera guerra mundial. Los conflictos bélicos no solo se dan en los campos de batalla, en las redes sociales, la semilla del odio ocupa mucho espacio, al punto que lugares considerados sagrados son utilizados para esparcir la división entre hermanos y hermanas.

El amor al prójimo queda reducido al ego de las personas y su deseo de ser más que otros de manera antagónica, olvidando que la fortaleza de una familia, de una empresa, de una iglesia, de un país, del planeta dependen de la sana convivencia y la empatía.

La palabra odio, tiene un gran peso en estos días, esto nos invita a la reflexión. Según la Real Academia Española, significa “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea,” hasta el punto de querer borrarlo del mapa.

El ser humano, tiene la capacidad de albergar en su corazón tanto odio como el amor, pero dependerá que sentimientos se cultiven más para en su momento se den frutos buenos o malos. Si desde la infancia se inculca que quitar la vida a un infiel los hace merecedores del cielo, seguro que cuando estén grandes al menos desearan hacerlo.

Si, en cambio desde la niñez se aprende a amar la vida y respetar a las personas independientemente su credo religioso, sexo o grupo étnico, seguro que será más fácil en la adultez practicar respeto y solidaridad.

Cuando vemos en las redes sociales como se difunden fácilmente mensajes de odio contra una persona, un país o un grupo étnico o religioso, debemos tomar un respiro y ver porque la apología al odio tiene tantos seguidores.

La desinformación es como una plaga para una persona que no tiene pensamiento crítico, que repite lo que otros dicen sin pensar por sí mismos. ¿Por qué no atrevernos a construir, en medio de todo este caos, melodías que todavía no reflejan la realidad, pero infunden la esperanza de tener respeto a la vida humana y el entorno que nos rodea? No se trata de quién tiene la razón, sino de crear espacios para replantearse una sociedad más compasiva y empática.

Empecemos por nuestro entorno cercano: con la familia, las amistades, los compañeros de trabajo, en nuestra empresa. Se debe extender a las iglesias para que sean los primeros en crear comunidades cristianas que fomenten el amor, no la división ni el odio.

Es necesario que bajemos ese ímpetu de rechazar al otro solo porque “me cae mal”, o por “tener algo que no tengo”. El cambio empieza por cada uno de nosotros. Si no transformamos nuestro yo interior y seguimos nutriendo lo negativo, es más difícil sanar nuestro entorno. En la medida de lo posible, seamos más caritativos, más empáticos, menos egoístas. Como dice el lema de los Alcohólicos Anónimos: “solo por hoy”.

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