Por Mirna Isabel Rivera

Partiendo de la idea de que todas las personas somos valiosas, entendiendo que cada quien tiene sus propios talentos y puede aportar para construir comunidades más empáticas y resilientes, es importante destacar las victorias cotidianas, no solo los desafíos que se tienen que atravesar.
Entre más llenemos nuestro espíritu de esperanza y fe en el Eterno, más fácil es atravesar el desierto. Sustentar los círculos virtuosos en los pequeños logros individuales y colectivos, hace la diferencia en las personas de bien.
El logro de una compañera, un colega, un pariente, un miembro de la iglesia, aunque no sea nuestro puede nutrir y fortalecer nuestras propias ambiciones para alcanzar nuestros objetivos. La energía positiva, libre de envidia alimenta el alma, trae prosperidad y abundancia.
La prosperidad sostenida de una familia, de una comunidad, de una nación o del planeta, no se puede construir sobre la mezquindad, la avaricia y falta de empatía. Entre más se banalicen los valores y se infunda la idea de que lo importante es el resultado, sin importar la ética, más cerca estamos de que la barbarie gobierne nuestras vidas.
Una técnica muy común cuando se quiere destruir a una persona es, primero deshumanizarla, tratarla con indiferencia y empezar campañas para socavar la imagen y la reputación. Segundo, usar estratagema cargada de malicia y astucia, esto puede ocurrir en el mundo secular y en el eclesiástico (lo cual es más nocivo para el espíritu).
¿A quién le gustaría tener un mal vecino? Ese que hace ruido, bota la basura en la calle, no respeta el parqueo ajeno y el derecho de los demás. A nadie en su sano juicio, es molesto para la comunidad, nadie quiere vivir cerca de estas personas, por el irrespeto y la falta de convivencia pacífica.
Lo mismo ocurre en una familia, en un centro de trabajo, en un país y en el planeta. Entre más nos alejamos del respeto a nuestro prójimo, más cerca estamos de la ignominia. Entre más desarrollado es un país, hay más respeto a la ley, menos corrupción, mayor transparencia.
Si eso lo trasladamos a nuestras comunidades, entre mayor plusvalía tiene una zona, hay más orden y limpieza. No me vayan a mal interpretar, el desarrollo económico puede brindar un orden en apariencia y esconder grandes defectos, como el racismo, el clasismo, la falta de empatía por los que no pertenecen a ese ambiente.
La dignidad no se compra. La solidaridad y el compromiso social no se miden únicamente por el PIB, sino por la manera en como tratamos a los demás. En Centroamérica lo que más prevalece es el clasismo, con matices de racismo.
Lo más triste es que, en muchos casos la acumulación de fortuna es el resultado de la explotación laboral, la evasión de impuestos y otros negocios bajo la mesa. Esta columna está dedicada a los jóvenes que desean hacer las cosas bien, pero se desaniman al formar parte de una sociedad plagada de corrupción, maltrato e inequidad, hasta se cuestionan si vale la pena.
Tenemos libre albedrío, pero no todos los caminos nos llevan por las sendas del bien propio y el ajeno. Para iniciar este año 2026, dejo este verso de este gran poeta y ensayista hondureño: “Nadie envidie a nadie, que ninguno podrá regalarle el don ajeno ni restarle el propio. La envidia es una carcoma de las maderas podridas, nunca de los árboles lozanos”. Alfonso Guillén Zelaya (1887- 1947)



