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sábado, julio 18, 2026

Pirata de un tesoro emocional

Por Irazema Ramos

En la mayoría de los consultorios de psicología, hay un rincón o espacio que, aunque invisible a simple vista, se guarda uno de los tesoros más valiosos. El tesoro que tengo, no está hecho de oro ni de objetos costosos, sino de recuerdos, símbolos, pequeños fragmentos del alma que los pacientes han decidido dejar como parte de sus procesos de sanación.

Son cartas, dibujos, instrumentos, fotografías, pulseras y otros elementos que llegaron cargados de dolor, y que hoy reposan con silencio, respeto y confidencialidad en este espacio que se ha convertido en un santuario de memorias.

Cada uno de estos objetos fue entregado con intención, en momentos de profunda vulnerabilidad, confianza y deseo de transformación. Son cartas de dolor, escritas desde un lugar tan profundo que no podían ser leídas en voz alta, pero que necesitaban salir del cuerpo, algunas son cartas de despedida: palabras escritas en los bordes de una idea de muerte, que no llegaron a convertirse en un acto.

Son pequeños gestos simbólicos de cierre, de vida. Sinceramente es invaluable cuando en alguna sesión un adolescente te da un cutter, envuelto con cuidado en papel. Lo pone sobre la mesa y diga: “Ya no lo necesito”.

Aquel objeto, que antes fue una herramienta para expresar un dolor indescriptible, se transformó en un símbolo de algo que se quiere dejar atrás. Hay también dibujos, que representan mundos internos, corazones partidos, ojos que lloran, cuerpos invisibles, monstruos, heridas y también, con el tiempo, casas con ventanas abiertas y luz.

Hay pruebas de embarazo que salieron negativas, cuando lo que se anhela es un resultado positivo, han traído fotografías que decidieron dejar como un acto simbólico, hay una llave de una casa, que me regalaron después de decidir un divorcio.

Hay pulseras o amuletos que deciden dejar como símbolo de cambio, hay frascos con notas de gratitud, sueños o metas, hay listas de adicciones, miedo y cosas que quieren dejar, hay piedras pintadas o figuras de arcilla hechas en sesiones creativas, hay paginas o fragmentos de diarios personales.

Guardo notas que se escribieron para madres, padres o figuras significativas, cartas de reclamo, de duelo, de un posible odio, escritas desde la herida, con la esperanza de sanar, aun cuando el otro nunca las lea.

Estos elementos, lejos de ser simples “cosas”, son huellas tangibles del recorrido terapéutico. Porque el ser humano necesita ciertos rituales, necesita dejar evidencia de lo que ha soltado, de lo que ha enfrentado.

A veces escribir, entregar, guardar o destruir algo, se vuelve el único lenguaje posible cuando las palabras ya no alcanzan. En mi rol como terapeuta, me siento profundamente honrada de ser depositario de esa confianza. Sé que cada objeto que queda en el consultorio ha sido entregado como parte de un acto sagrado: el de la transformación.

Nunca lo exhibo, no lo muestro y hoy después de muchos años hablo de ello porque alguien me lo ha pedido, tuve la visita de una madre que perdió por muerte accidental a su hijo, él fue mi paciente, hace dos años busco ayuda psicológica por un proceso doloroso que atravesó, ella no sabía dónde era el consultorio donde su hijo fue atendido, pero como un precioso acto de su duelo maternal, investigo, le llevo un buen tiempo dar conmigo, pero lo logro.

Esa tarde me entrego en gratitud una pulsera, que como acto simbólico se le había regalado a su hijo al final del proceso de terapia, la cual desde ese tiempo portaba a diario, me llevo también un arrugado recorte de periódico, donde salía la noticia de la muerte de su hijo, me pidió enaltecer de alguna manera esa vida y en honor a ese amor de madre y en distinción a él, dedico este artículo.

Extiendo este relato también reconociendo a todos los pacientes que han entregado algo valioso. Ese tesoro aún está escondido y hoy hablo de él, porque lleva historias que merecen ser honradas, habla de personas que, aun en medio del dolor, eligieron buscar nuevas formas de vivir.

Personas que encontraron en la terapia no solo un espacio de escucha, sino un lugar donde podían dejar algo atrás y empezar de nuevo. El consultorio no es solo un lugar donde se habla. Es un espacio simbólico donde se cierran ciclos, donde la memoria del alma también encuentra su forma física.

Es un santuario de memorias porque acoge lo que ya no se quiere cargar, pero tampoco se quiere borrar la evidencia de lo que paso. Y a veces me siento como un pirata, pero no de los que saquean o roban.

Soy una pirata que cuida tesoros que le han sido entregados, porque también soy parte de esa historia. Tesoros que no valen oro, sino que valen humanidad. Y yo los guardo como lo que son: reliquias vivas del poder sanar.

¡Gracias! Si tienes algo por compartir con nosotros escríbenos a [email protected] o búscanos en Facebook, Irazema Ramos- Psicología.

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