DECÍAMOS ayer, hay quienes quisieran que solo de esos temas – que los medios muelen, una y otra vez, hasta sacarle el zumo a la cáscara del limón– se hablara aquí en esta columna de opinión todos los días. Y no es por evadir nada, sino más bien convencimiento que mucha gente –atolondrada con esos asuntos de los que se habla y se habla, sin que en el horizonte asomen indicios de alguna solución– lo que ocupa es insumos para su paz interna, terapia del alma y alimento al espíritu.
Solo como muestra, estábamos abordando los temas políticos de todos los días, y asistidos por la IA, ni modo, hay que dar gusto a algunos lectores del colectivo: “Que continúe –mensaje de la leída amiga– la serie de la cizaña por favor”.
“Hay tanta mediocridad que solo destruyendo pueden sobresalir”. De un asiduo lector y amigo: “¡Excelente serie! Y el cierre no digamos. Te has pulido”. Alusivo a la conversación final: (“La metáfora del jardín –suspira Winston– nos enseña que la vida espiritual es orgánica, no mecánica. No se trata de apretar un botón para ser bueno, sino de un cuidado diario, paciente y a veces doloroso”.
“Tienes al mejor de los Jardineros de tu lado. Cada día es una oportunidad para desyerbar y plantar. La belleza de tu jardín no depende de su tamaño, sino de la calidad del fruto que produces para los demás”. “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. (Proverbios 4:23). “Guardar el corazón” es ser el “vigilante y colaborador activo del jardín más importante que posees: tu propio ser”).
“Cada persona lleva dentro un jardín oculto. Allí germinan semillas de bondad, verdad y amor, pero también pueden infiltrarse las malas hierbas: resentimientos, egoísmos, engaños y envidias”. “Como en la parábola de la cizaña, estas hierbas nocivas no siempre aparecen distintas a simple vista; a veces crecen entremezcladas con lo bueno, disimuladas en apariencia de verdor, pero en su raíz dañan la cosecha”.
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). “Guardar el corazón es ser jardinero vigilante de tu propio ser. No se trata de levantar muros de piedra, sino de saber distinguir qué brotes nutren tu vida y cuáles la intoxican”.
“No basta con sembrar buena semilla: hay que regarla con perseverancia, arrancar lo que asfixia, podar lo que roba luz y dar espacio al fruto que alimenta”. “La mala hierba –la cizaña– suele crecer rápido, fuerte y llamativa, como si quisiera arrebatar terreno a la buena hierba. Pero su fruto es vacío, amargo o venenoso”.
“La buena hierba, en cambio, crece con paciencia, sin alarde, y solo el tiempo demuestra su solidez. Así ocurre con el carácter: lo superficial deslumbra al principio, pero lo auténtico permanece y nutre”. “La belleza del jardín no depende de su extensión ni de cuántas flores aparentes tenga”.
“Su valor se mide por el fruto que ofrece a los demás: paz, bondad, la verdad, gratitud, decencia, respeto, solidaridad”. “El jardín que solo se embellece para sí mismo termina envanecido y seco”. “El jardín que se abre en dádiva se vuelve oasis para otros”.
(En otras palabras –tercia el Sisimite– “tu corazón es el terreno más sagrado que posees. Si lo descuidas, la cizaña se apodera de él. Si lo cuidas con celo y amor, florecerá en un vergel que no solo dará vida a ti, sino también sombra, frescura y alimento a quienes se acerquen”. -“Ser jardinero de uno mismo –suspira Winston– es la tarea diaria más espiritual, porque en ese cuidado discreto se juega el destino de toda tu existencia”.
Y es que los cizañeros de tanto disfrazarse de espiga, terminan creyendo que su veneno alimenta. ¿Y dónde dejan a los cizañeros voceros del mal urgiendo teorías políticas de conspiración? El que siembra cizaña de dudas, sospechas, y de intrigas, se engaña a sí mismo, –y a uno que otro ignorante, que no distingue el mal del bien– no puede esperar más que la cosecha de su propia maldad. Gálatas 6:7: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”).


