YA en dos ocasiones, para la instalación del Congreso Nacional y en los actos de toma de posesión, aparecieron banderas a la vieja usanza, con el color de las franjas y las estrellas, distinto al color oficial –si es que aquí hubiese celo patriótico de cumplir las leyes– de acuerdo a lo que ordena el Decreto Legislativo No. 29 –en tiempos de Juan Manuel Gálvez– publicado en La Gaceta (No. 13716) el 26 de enero de 1949, que reformó el Decreto No. 7 de 1866 (Tono definido: «Azul», sin especificar matiz): “Art. 1º.
La Bandera Nacional de Honduras constará de tres franjas iguales y horizontales, la superior y la inferior de color azul turquesa, la del centro blanca y llevará en medio cinco estrellas de cinco ángulos salientes del mismo color azul…”. (Una investigación histórica de la UNAH, que analizó documentos como una orden de compra de tela «azul celeste» de 1853, dio el «Azul turquesa» (código aproximado: #3F888F), como tono definido.
Pese a lo mandado en el decreto de 1949 la confusión de colores fue más debido a la tela, azul marino (un tono oscuro), que se había venido utilizando en la producción de banderas. (La administración anterior, –si se tratase de sectarismo de llevar en todo la contraria– no hizo otra cosa que ordenar la confección de banderas con su color turquesa legal).
El sentido histórico y de unidad en el color oficial: “Representa el vínculo con la antigua Federación Centroamericana, cuya bandera tenía un tono azul claro. Las cinco estrellas azules simbolizan a los cinco países que la integraron”. Esta conexión con el ideal unionista es categórica. Súmele el significado natural y poético.
“Este tono se asocia al cielo, el mar Caribe y el océano Pacífico que bañan las costas del país”. Esta idea se refuerza en la letra del Himno Nacional, que habla de «un lampo de cielo» y «cinco estrellas de pálido azul». (Durante el siglo XX, el azul marino se asoció a los gobiernos del Partido Nacional –quizás porque el color era más parecido al azul “cachureco” de la bandera partidaria– se tomó como tradición visual.
En contraste, el azul turquesa, en el siglo XXI reivindica el retorno a la legalidad histórica y, para algunos, simboliza esperanza, renovación y una ruptura con etapas políticas anteriores. (El azul turquesa es el color legal de la Bandera de Honduras. Su simbolismo abarca la unión centroamericana, la riqueza natural del país (cielo y océanos) y, en el plano político contemporáneo, representa para muchos el cumplimiento de la ley y la reconexión con un origen histórico específico).
Pero está además lo autóctono, el respeto a los orígenes y a nuestra propia identidad. Religión y cosmovisión: El azul maya (pigmento turquesa) estaba cargado de significado ritual. Los mayas lo asociaban con el agua, el cielo, la fertilidad y la divinidad. Su uso en ceremonias para invocar a Chaac (dios de la lluvia) y su presencia en contextos sagrados como tumbas reales, lo vinculaban estrechamente con lo divino y el ciclo de la vida.
“Este color, creado a partir de la mezcla de índigo y arcilla (paligorskita), es famoso por ser uno de los pigmentos más resistentes del mundo. Su hallazgo en códices auténticos, como el Códice Maya de México, es prueba irrefutable de su autenticidad y antigüedad.
Es un símbolo del alto conocimiento tecnológico y artístico de la civilización maya”. Vínculo con lo autóctono: Si bien no es conjunción oficial, sí existe un paralelismo simbólico. Algunas interpretaciones señalan que el azul celeste o turquesa elegido originalmente por figuras como José Trinidad Cabañas (1853) podría haber tenido un «profundo significado cultural, relacionado con las culturas mesoamericanas».
Esto sugiere que, “desde el siglo XIX, pudo existir una intención de conectar la identidad nacional moderna con el sustrato cultural precolombino, utilizando un tono que evoca al cielo y al agua, elementos también sagrados para los mayas”.
(LA TRIBUNA –tercia el Sisimite– para la conmemoración del bicentenario de la independencia, se vistió de gala, cambiando el color de sus logotipos de su página digital, al azul turquesa, e inició una campaña periodística orientada a devolverle al pabellón nacional su color auténtico. -El azul turquesa –ilustra Winston– al evocar el cielo y los océanos, resuena inconscientemente con el simbolismo sagrado que los pueblos originarios de la región (no solo mayas, sino también mexicas, con deidades como Chalchiuhtlicue, diosa del agua) otorgaban a esos mismos elementos.
Esto permite a los hondureños sentirse vinculados a un territorio y una cosmovisión ancestral. El azul turquesa de Honduras comparte con el azul maya una misma identidad.
Uno la define desde la ley y la unión política moderna; el otro, desde la sacralidad y la cosmovisión antigua. Juntos, en la mirada del pueblo, tejen un símbolo más rico y profundo de lo que significa ser hondureño. Dicho lo anterior, déjense ya de pichingadas, y no vuelvan a izar trapos de distinto tinte irrespetando el color auténtico del pabellón nacional).


