19 C
Honduras
jueves, julio 9, 2026

¿Pequeñez?

Hay episodios en la vida de las naciones en los que la verdad se abre paso, desafiando el cotidiano ruido ensordecedor de la política, y no como expresión retórica, sino como testimonio vivo, doliente y luminoso a la vez. Y si algo quedó nítidamente revelado en los relatos y comparecencias de los juicios políticos —más allá de la culpabilidad o no de quienes intentaron torcer el curso de los acontecimientos— fue la atmósfera densa, casi irrespirable, de acoso y hostigamiento sistemático a la que fueron sometidas las consejeras del Consejo Nacional Electoral y aquella magistrada del Tribunal de Justicia Electoral, hoy ausente, cuya memoria se eleva como estandarte de dignidad. No se trató de simples diferencias políticas ni de los naturales roces del poder. Fue, más bien, el despliegue persistente de una estructura maledicente, obstinada en interrumpir el proceso electoral, en sembrar la zozobra, en erosionar la institucionalidad con la mirada fija en el espejismo del continuismo. Se quiso convertir la legalidad en campo de batalla y la incertidumbre en herramienta de dominio. Se pretendió que el miedo doblegara la ley.

Y, sin embargo, frente a ese vendaval oscuro, se alzó una resistencia serena a veces, sonora, otras, pero siempre firme. Aquellas mujeres —blanco de presiones, de amenazas veladas y abiertas, con su libertad en vilo y su vida expuesta— no cedieron al cálculo ni al temor. Obraron con la entereza de quien entiende que hay momentos en los que la función pública deja de ser cargo y se convierte en destino. Y cumplieron. Dieron al país unas elecciones que, en medio de la tormenta, alcanzaron la limpieza de lo ejemplar. Resistieron el sabotaje, sortearon la perfidia, y cuando llegó la hora decisiva, emitieron la declaratoria –desmontando vaticinios pesimistas y la furia bestial de la necedad– con la firmeza de quien no negocia con la historia. Lo que para algunos era un trámite, para ellas fue un acto de defensa de la democracia. Y en ese gesto, no menor ni circunstancial, devolvieron al país algo más que un resultado electoral: le devolvieron paz, le ofrecieron esperanza, le restituyeron la confianza en que, aun en la adversidad, la institucionalidad puede y debe prevalecer. La observación internacional lo vio. La comunidad de naciones lo reconoció. El país lo sintió en el alivio profundo de haber cruzado el abismo sin caer en él. Y, sin embargo —he ahí la sombra persistente—, no faltan hoy quienes, beneficiarios directos o indirectos de aquella gesta, se empeñan en practicar el mezquino arte de la disminución. Como si la magnitud de lo logrado les resultara incómoda, como si la altura moral de aquellas decisiones les pesara en la conciencia, se dedican a restar, a relativizar, a diluir lo que fue extraordinario. Se habla con ligereza de lo que costó tanto; se intenta reducir a episodio menor lo que evitó una crisis mayor; se pretende convertir en anecdótico lo que fue decisivo.

No es la obra la que se cuestiona, sino la incapacidad de algunos para convivir con su grandeza. Porque reconocer plenamente ese mérito implicaría, para muchos, aceptar que hubo coraje donde otros ofrecieron cálculo, que hubo servicio donde abundaba el interés, que hubo firmeza donde reinaba la vacilación. ¡Qué pobre resulta entonces esa voluntad de escamotear el crédito! ¡Qué estrecha esa mirada que, ante el bien evidente, prefiere el regateo antes que la gratitud! Como si disminuir a quienes sostuvieron la institucionalidad fuera una forma de aliviar la propia pequeñez. Pero hay verdades que no se empequeñecen por la omisión ni se desgastan por la ingratitud. La obra realizada —ese proceso electoral salvado contra la adversidad, esa declaratoria emitida en medio de la presión, esa democracia resguardada en horas críticas— permanece, intacta en su significado, ajena a las voces que intentan rebajarla. Porque al final, no será la palabra mezquina la que dicte sentencia, sino la memoria del país y el juicio sereno del tiempo. Y allí, donde todo se decanta, quedará claro que hubo quienes, a riesgo de todo, sostuvieron la República; y otros que, incapaces de reconocerlo, apenas alcanzaron a murmurar desde la orilla de su propia ingratitud. (¿A qué obedecerá –tercia el Sisimite—esa pequeñez? Bien dijiste –suspira Winston—no creo que sea la actitud de gente digna, que sin reservas da crédito a lo grande, es el tamaño chiquito, diminuto, de los pequeños).

Más Noticias de El País