“LA partidocracia” –citamos la tesis del exjefe de Estado uruguayo Julio María Sanguinetti, ya utilizada en otros editoriales– “suele tomarse como un elemento negativo”. “La partidocracia es lo que le ha dado consistencia a la vida democrática”. “La opinión pública es diversa”.
“La opinión de los ciudadanos es veleidosa”. “Los partidos políticos son los que encauzan, los que orientan, los que vertebran, los que articulan”. “Y eso es fundamental sobre todo en estos tiempos, en que las burbujas publicitarias y la magia de las redes puede entronizar –como desgraciadamente ha hecho en países muy importantes– figuras que no representan y valores que no dan la seguridad de la continuidad institucional de los países; porque son gente que no se siente atada”.
“Los miembros de los partidos estamos atados. Nos atan los retratos. (Se refiere al legado y a los líderes emblemáticos de los institutos políticos).
Divaguemos –asistidos por la IA– sobre estas reflexiones: “La frase tiene un trasfondo muy rico porque proviene de alguien que ha vivido, defendido y reflexionado desde dentro la democracia representativa en un país como Uruguay, donde los partidos políticos no son simples vehículos electorales, sino auténticas instituciones históricas”.
El valor de la partidocracia: “Cuando afirma que “la partidocracia es lo que le ha dado consistencia a la vida democrática”, está reivindicando una palabra que suele usarse con tono peyorativo”. “La crítica a la partidocracia viene de la percepción de que los partidos se convierten en cotos cerrados, jerárquicos, distantes de la gente”.
“Pero él la resignifica: para él, son los partidos los que cumplen la tarea de canalizar la opinión pública –volátil, fragmentada, emocional– y traducirla en continuidad institucional”. “La metáfora de “estar atados por los retratos” es muy ilustrativa: alude a esa obligación de quienes militan en un partido de reconocer una herencia, unos principios, una tradición encarnada en los fundadores o líderes históricos”.
“Esa atadura, lejos de ser un lastre, da cohesión y sentido de pertenencia”. “Evita que la política sea solo un concurso de popularidad momentánea donde cualquiera, virtud a la magia algorítmica de las redes, ascienda al poder sin compromisos duraderos ni arraigo ideológico”.
Ahora, una inquietud objeto de alerta para no caer en el vacío: ¿Qué ocurre cuando un partido pierde identidad y espíritu de cuerpo? “Cuando un partido se diluye en personalismos, en pragmatismos inmediatos o en contradicciones internas, se producen varias consecuencias graves: “Debilitamiento de la representación: “La ciudadanía deja de reconocer en el partido una brújula coherente y lo percibe como un cascarón hueco”.
“Entonces, en lugar de canalizar la diversidad, los partidos reflejan el ruido caótico de la sociedad”. “Sin espíritu de cuerpo, cada miembro busca su sobrevivencia personal”. “Se multiplican las facciones, las traiciones y los cálculos individuales”.
“Lo que debía ser un proyecto colectivo se convierte en una suma de ambiciones dispersas”. El vació puede ser llenado por “populismo antisistema” ajeno a la tradición institucional”. “Se rompe el equilibrio entre continuidad democrática y renovación”. “La erosión de la confianza ciudadana cuando la gente percibe que ya no existe un referente sólido donde depositar su voto”.
“Crece el desencanto, la abstención o, en el extremo, el voto de protesta”. (Así que ojo –tercia el Sisimite– a esas cizañas que se les antoja protagonismo personal a costa de denigrar a los propios valores de su mismo partido. -Tenés razón –ilustra Winston– los partidos con todo y sus defectos son una especia de “memoria institucionalizada”.
Cuando reniegan a su espíritu de cuerpo, la política se vuelve líquida, frágil, susceptible a ser capturada por burbujas emocionales pasajeras. “Un partido sin espíritu de cuerpo es como un ejército sin bandera ni escudo; podrá tener soldados, pero carece del alma que los une y del horizonte que los guía”).


