CONVERSACIÓN de cierre: (Cuando el humo se disipe –tercia el Sisimite– despejará la ironía inmortal de El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. -Así es –ilustra Winston– “todo cambia para que nada cambie”. Cambian las leyes, los reglamentos, los sistemas, los nombres de las instituciones. Cambia el decorado, cambia el lenguaje, cambia la liturgia democrática.
Pero no cambia el vicio central: la clase política que vive de torcer el sistema mientras jura defenderlo. Entonces, ¿no les parecería que la solución al problema no sería cambiar leyes, sino amarrar unas dos docenas de estos virtuosos del estropicio para que las cosas empiecen a funcionar? Cambiar a los que lo arruinan). Pero El Gatopardo no está solo.
Veamos otros textos. El Príncipe de Nicolás Maquiavelo es quizás el manual más sintomático sobre cómo cambiar lo visible para conservar lo esencial: “A todos les está dado ver lo que tú aparentas; a pocos les es dado tocar lo que tú eres”. (Cap. XVIII): (La política no se gobierna por la verdad, sino por la percepción. El cambio más eficaz no es el real, sino el escenificado).
“No es necesario que un príncipe tenga todas las virtudes, pero es muy necesario que parezca tenerlas”. (Cap. XVIII): (La moral no es un fin, sino el espectáculo de teatralizarla. Reformas, leyes, discursos, símbolos: todo sirve si sostiene el poder). “Quien introduce un nuevo orden de cosas tiene por enemigos a todos los que se beneficiaban del antiguo, y defensores tibios a quienes se beneficiarían del nuevo”.
(Cap. VI): (El cambio auténtico es peligroso. Por eso, el gobernante astuto prefiere reformas superficiales, que no despierten enemigos poderosos). “Los males deben hacerse todos a la vez, para que se sientan menos; los beneficios se deben conceder poco a poco para que dure la esperanza”.
(Cap. VIII): (Los golpes estructurales se concentran; las concesiones se dosifican. Así se controla la percepción del cambio, sin ceder el control real). “El fin justifica los medios”. (Sería la idea sintetizada del tratado, aunque no formulada literalmente ya que eso nunca lo dijo. El fin es uno solo: la conservación del Estado y del poder. Todo cambio es instrumental; nada es inocente). “Un príncipe prudente debe respetar lo que le hace respetado”.
(Cap. XIX): (Apariencia de legalidad: Conservar las formas legales, aunque se vacíen de contenido. Cambiar reglamentos, nombres, procedimientos… sin alterar el control). Y un pensamiento de Karl Marx, para no excluir a los camaradas. Aunque la realidad es que la mayoría de ellos son “revolucionarios” en apariencia y “compañeros de viaje” de nombre, porque nunca leyeron a Marx.
“La historia ocurre dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”. (El cambio político se disfraza de novedad, pero repite viejas estructuras bajo otro nombre). O bien, otro que celebran pero que poco han leído: Gabriel García Márquez en El Otoño del Patriarca: “El dictador parece eterno porque el sistema que lo sostiene nunca se reforma de verdad: muere el hombre, no el poder”.
(Ya la sabiduría popular –tercia el Sisimite– lo anunciaba: “Cambian los nombres, pero no las mañas”. -La ironía – ilustra Winston– de “todo cambia para que nada cambie” –la paradoja del cambio aparente– la frase literal del libro: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
El Leopardo (uso conceptual moderno). En la ciencia política de la actualidad, “reforma gatopardista” designa cambios cosméticos diseñados para neutralizar presiones sociales sin alterar el fondo. En otras palabras, todo es paralaje. Y para que las cosas funcionen lo que debe cambiar el país son los pseudo liderazgos de esa nefasta clase política).


