Por Héctor A. Martínez

Si hubiese que hacer un manual sobre cómo perder las elecciones, el caso del Partido Libertad y Refundación sería una referencia obligada. Libre comenzó a perderlas desde el inicio de su mandato, justamente cuando se impuso a la fuerza al presidente del Congreso Nacional, una decisión que erosionó tempranamente su legitimidad.
Desde sus inicios, el Gobierno del PLR jugó dos papeles simultáneos: el de refundar la sociedad y el de gobernar con los mismos instrumentos del pasado al que juró borrar a punta de moralidad revolucionaria. Ese contrasentido minó su credibilidad sin que sus cuadros principales lo notaran.
Con el paso del tiempo, y pese a la propaganda oficial y el uso intensivo de agencias especializadas en contenido, la gente se dio cuenta de que la política del Gobierno aterrizaba en un desierto de contradicciones y de ineficacia institucional.
El país no parecía caminar hacia adelante. No olvidemos que el electorado no le concedió al PLR un cheque en blanco, sino un mandato para conciliar la sociedad y entrelazar el tejido de las relaciones rotas por el gobierno anterior. Sin embargo, se optó por el camino opuesto: se aplicó una estrategia de polarización para dejar en claro de que el país se dividía en un “nosotros” moralmente superior y políticamente correcto y un “ellos”, corrupto y prescindible.
La retórica terminó sustituyendo la realidad. El discurso antiimperialista y antioligárquico, lejos de entusiasmar, resultó ajeno a las expectativas de varios sectores que esperaban soluciones concretas, moderación y amistad generalizada. Pero poco importaban las críticas y el malestar.
En realidad, el discurso desafiante era una señal de que se gobernaba para la militancia, no para el pueblo. Las reiteradas protestas institucionales, el desabastecimiento de medicamentos y la salida de los inversionistas extranjeros, fueron señales claras de que el país se estaba quedando sin rumbo.
Lo del nepotismo comenzó a menoscabar la confianza. El Estado se llenó de militantes y familiares, una práctica de difícil desarraigo en América Latina, pero detestable en un entorno de desempleo y malos salarios.
El nepotismo, como sabemos, provoca un vacío de eficiencia y erosiona la credibilidad de cualquier régimen. Otro grave error fue el intento de acallar a la prensa, una señal desafortunada, no solo porque pone en peligro la libertad de pensamiento, sino porque la intolerancia es uno de los caminos que conduce hacia el control totalitario de la sociedad En conclusión, la derrota electoral del PLR debe servir de ejemplo para mostrar que, cuando la teoría –como la refundación— y la práctica se desvinculan, los efectos políticos son devastadores.
Y debe servirle al propio partido para remozar sus cuadros ideologizados, su doctrina y estrategia. Es como decía el excomandante guerrillero, Joaquín Villalobos: hay que hacer explotar “una revolución en la izquierda para una revolución democrática”. Sin esa autocrítica, el PLR seguirá probando el sabor amargo de la derrota.



