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viernes, junio 26, 2026

¿Musepo?

La tarde se había vestido de cobre. Winston encontró al Sisimite extasiado en un viejo cedro que dejaba caer sus hojas secas sin el menor gesto de resistencia. -Decime una cosa, ¿por qué hay gobernantes que parecen sufrir una alergia incurable a dejar el poder? -Porque el poder es como el guaro: tomado con moderación puede animar; consumido sin límites embriaga. – ¿Y esa borrachera produce goma? -Claro, pero la democracia necesita alternancia. Winston ladeó la cabeza. – ¿Y lo que hacen muchos, echarle el poder encima a las instituciones electorales, para quedarse indefinidamente? O se empecinan en dejar un sucesor obediente que les cuide el asiento imaginando mangonear el poder desde las sombras. -Es una tentación antigua. Desde los emperadores hasta los caciques de aldea, se ha confundido el cargo con la propiedad. – ¿Y ese miedo insuperable a marcharse? -Es que quisieran que la pata que agarran durara para siempre. Otros, verdugos de opositores temen que les apliquen la misma vara y una cuarta más. Y los traviesos del caos, “Après moi, le déluge” (después de mí el diluvio).

Winston irónico: -Como el gallo que cree que el sol sale porque él canta. -Bien dicho. Cuando en realidad el sol ha salido desde siempre, antes de que empollaran el primer gallo. -¿Y esa es urticaria latinoamericana? El Sisimite respiró hondo. -Nuestra historia está repleta de una fuerte tradición de personalismos y caudillismos. Durante siglos, muchas sociedades depositaron más confianza en el líder providencial que en las instituciones. El viejo cacique del pueblo cambió de sombrero y de discurso, pero conservó la idea de que el mando era una prolongación de su persona y no una función temporal al servicio de la comunidad. -Son resabios también culturales. Cuando las instituciones son débiles, el líder ocupa su lugar. Y cuando el líder se cree irremplazable, comienza a mirar la alternancia como una amenaza en vez de verla como una prueba de salud democrática. Winston susurró. – ¿Duele tanto la derrota –ejemplo, el colombiano, por no aludir a otros– al grado de inventar disparates para no legitimar el resultado, mientras el candidato acepta decentemente y no sufre esa angustia? El Sisimite cauteloso: -Puede ser negación frente a la imputación de un voto de castigo. O temor a la vara y la cuarta más. O el musepo a soltar el poder que se tuvo. Winston hurgando: – ¿Y cuándo un político nunca acepta la posibilidad de haber perdido legítimamente? -Hace el ridículo. Porque una democracia vive de la confianza en sus reglas. Si la derrota se explica únicamente por conspiraciones y jamás por errores propios o por decisiones del soberano, la autocrítica desaparece y las instituciones empiezan a erosionarse. -Entonces ¿la ética de la derrota es virtud de líderes auténticos, no en apariencia, ya que, por encima del “yo”, lo honorable es proteger el sistema y corresponderle dignamente al país?

El viento meció las ramas de los árboles. -Mirá ese cedro –dijo el Sisimite señalándolo–. Cada otoño deja caer sus hojas sin actitud neneque contra el cambio de estación. Sabe que desprenderse de ellas es la condición para volver a florecer. Winston sonrió. -Qué curioso. La naturaleza enseña lo que algunos políticos ignoran. -La montaña lleva siglos repitiendo la misma lección que nada es permanente. El río entrega sus aguas al mar, el día cede su lugar a la noche y las estaciones se suceden sin aferrarse unas a otras. Solo la pequeñez humana, –los casos son evidentes– pretende convencer al tiempo de que haga una excepción con él. Winston levantó la mirada hacia el cielo: -El verdadero liderazgo no es quedarse sino irse cuando llega la hora. La democracia funciona porque nadie es insustituible, opera por el fortalecimiento de instituciones que sostienen la continuidad, que no es necesariamente de personas. -Y el verdadero estadista es aquel que entiende que el poder es un préstamo del pueblo, no una herencia familiar ni un patrimonio personal. Lo recibe con gratitud, lo ejerce con prudencia y lo devuelve con dignidad cuando llega la hora de partir.

 

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