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jueves, junio 25, 2026

¿El hábito?

Me acaban de obsequiar el libro al que hacía referencia en editorial anterior. Lectura cautivadora. En “El Infinito en un Junco”, Irene Vallejo no sostiene que las nuevas tecnologías vayan a destruir inevitablemente los libros. Su tesis es, en realidad, más esperanzadora y la matiza de esta manera: “La historia del libro es una historia de supervivencia y adaptación”. En su obra desarrolla la tesis: “Leer y escribir son actos profundamente humanos. No son solo mecanismos para transmitir información, sino formas de preservar la memoria, imaginar otros mundos, desarrollar empatía y mantener un diálogo con personas de otras épocas”. “Los libros han sobrevivido a innumerables revoluciones tecnológicas. Antes fueron los rollos de papiro, luego el códice, después la imprenta y más tarde el libro electrónico. El soporte cambia, pero la necesidad de contar y conservar historias permanece”.

“La tradición oral y la escritura son aliados, no son enemigos. Convivieron durante siglos. Primero las historias se contaban alrededor del fuego y luego alguien las fijaba por escrito para que viajaran más lejos y duraran más tiempo”. “Cada generación debe volver a conquistar el hábito de la lectura. Los lectores no nacen espontáneamente; suelen formarse gracias a familias, maestros, bibliotecas y comunidades que despiertan la curiosidad”. Sobre las pantallas y la inteligencia artificial, aunque el libro fue escrito antes del auge actual de la IA generativa, el mensaje de la autora ofrece una especie de augurio: “La cuestión decisiva no es si aparecerán nuevas herramientas, gracias a los avances tecnológicos. Lo relevante es si seguiremos cultivando la atención, la imaginación y el deseo de comprender”. “Una pantalla puede contener una biblioteca entera; lo que ninguna tecnología garantiza es la disposición interior para leerla”. Ahora bien, en cuanto a la preocupación de que las nuevas tecnologías sustituyan la lectura profunda, Vallejo ha expresado en entrevistas y conferencias su inquietud “por la fragmentación de la atención y por una cultura de la inmediatez, pero no defiende una visión fatalista”. “Más bien insiste en que los libros poseen una cualidad difícil de reemplazar: exigen tiempo, concentración y una conversación silenciosa entre el autor y el lector”.

(“Mirá, –tercia el Sisimite– el peligro no está en que los muchachos lleven una biblioteca en el bolsillo, sino en que nunca abran ninguno de sus libros. Una inteligencia artificial puede redactar una carta, corregir una coma o resumir una novela, pero no puede vivir por ellos la lenta transformación que ocurre cuando una persona se sienta a leer durante horas, lucha con una idea difícil, imagina un mundo inexistente y descubre, casi sin darse cuenta, que también está escribiendo su propio carácter. Los libros no sobreviven porque estén hechos de papel; sobreviven porque siguen siendo uno de los mejores lugares donde el ser humano aprende a pensar”- -La fregada –cuestiona Winston– es que esa sed insaciable de los cipotes y adultos, por el frívolo entretenimiento, en esta era espumosa de la vaciedad, los ha hecho adictos de las pantallas digitales. Y ojalá fuese para asimilar información u obtener cultura. Lo que prefieren es la basura y la changoneta. Y si se meten a las redes de socialización, es para matarse unos a otros con groserías. O a las aplicaciones de mensajería en sus chunches, para intercambiar pichingos. Y poco a poco se ha ido secando la pasión por la lectura y la habilidad de escribir bien. Este hábito adictivo de ahora, afecta las redes neurológicas de la lectura y la escritura: El deslizamiento rápido por pantallas (“scroll”) fragmenta la atención y entrena al cerebro en la lectura superficial. Fomenta una neuroplasticidad que prioriza el consumo rápido de estímulos visuales, perjudicando la comprensión profunda, la concentración sostenida y la expresión escrita).

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