La luz del día descendía sobre los pinares con la lentitud de una página bien leída. Winston caminaba junto al Sisimite mientras el viento deshojaba viejas acículas que caían sobre el sendero como si fueran palabras olvidadas. -Decime, vos que sos historiador – preguntó Winston–. ¿Qué pasa con una generación que ya casi no escribe, ni telegramas? ¿Su socialización consiste de pulgares levantados, corazones y otros pichingos para transmitir sus estados de ánimo? El Sisimite sonrió con tristeza. -Los emojis son útiles, si en la era rupestre los cavernícolas se comunicaban con dibujos pintados o signos cincelados sobre las piedras. El problema aparece cuando sustituyen las palabras en lugar de acompañarlas. Un rostro dibujado puede expresar contento, pero jamás contará el motivo de esa alegría; una lágrima amarilla no puede narrar una despedida ni una ansiedad. -Antes, para decir “te extraño”, la correspondencia era otra. Una carta, escrita a mano, con caligrafía de letra hermosa, llena de recuerdos. Hoy en la prisa que llevan la vida, como alma que se la lleva el diablo, mandan un ícono o una fotografía.
Winston inclinó la cabeza. -¿Y qué hay de esos muchachos de ahora que nunca desarrollaron el gusto por los libros? -Corren el riesgo de ejercitar menos la paciencia intelectual. Un libro obliga a imaginar rostros, paisajes y voces; exige seguir una idea hasta el final y convivir con la duda antes de encontrar una respuesta. Sin esa gimnasia, cuesta más sostener una reflexión larga, comprender argumentos complejos o ponerse en el lugar de otra persona. Es una habilidad que conviene cultivar. La escasa capacidad de concentración incide en la inteligencia. -Pero el virus es contagioso. Veo adultos que no han vuelto a abrir un libro en años y ahora cuando necesitan escribir algo dependen por completo de la inteligencia artificial. -Las herramientas nunca son el enemigo. Una pluma no vuelve poeta a quien la sostiene, ni una imprenta convierte a nadie en filósofo. La inteligencia artificial puede ayudar a revisar, ordenar o inspirar, del mismo modo que un diccionario ayuda a quien desea expresarse mejor. Pero cuando reemplaza por completo el esfuerzo de pensar y redactar, la red neuronal de la escritura se atrofia por falta de uso. -Quien delega siempre la redacción y el don de escribir, termina perdiendo confianza en su propia voz. Poco a poco olvida cómo construir un argumento, enlazar una idea con otra o elegir la palabra justa. Antes la discusión, el debate, eran elegantes. Ahora es un ruido empedernido que vergonzosamente exhibe esa pobreza de palabra. Y al empequeñecerse el lenguaje, también puede empobrecerse la capacidad de razonar y persuadir. -¿Y qué culpa tienen los padres y los maestros? -Alguna, pero se trata de oportunidades perdidas. Cuando un padre le cuenta un cuento a su hijo, no solo lo entretiene: le enseña que existen mundos invisibles hechos de palabras. Cuando una madre lee en voz alta, despierta preguntas, curiosidad y asombro. Esas noches compartidas suelen sembrar el deseo de leer por cuenta propia. Si esa costumbre desaparece, muchos niños quizá nunca descubran los libros con el mismo entusiasmo.
-¿Y cómo afecta el liderazgo en la sociedad? -Las comunidades necesitan guías capaces de escuchar, comprender textos complejos, comunicar ideas con claridad y aprender de la historia. Cuando disminuye el hábito de la lectura profunda y de la conversación pausada, también se reduce el número de personas dispuestas a dedicar tiempo al estudio, al análisis y al perfeccionamiento de su juicio. Entonces proliferan los mensajes instantáneos, los disparates sustituyen a los argumentos y la figuración puede confundirse con la preparación. -Se nota cuando las reuniones producen más consignas que soluciones; cuando los debates generan más ruido que entendimiento; cuando las decisiones se toman sin contexto histórico ni reflexión; cuando los discursos apelan solo a la emoción y olvidan la evidencia; cuando las instituciones encuentran cada vez menos personas capaces de escribir con precisión, negociar con serenidad o explicar asuntos difíciles con sencillez. El viento cruzó los pinares llevando consigo el aroma de la resina. -Una sociedad no pierde su grandeza el día que inventa una máquina que escribe por ella. La pierde cuando olvida que ninguna máquina puede reemplazar la imaginación de un niño al escuchar un cuento, la emoción de una conversación sincera o la disciplina silenciosa de una persona que, libro en mano, aprende a pensar por sí misma.


