“HE disfrutado –mensaje de la leída abogada– los últimos editoriales llenos de poesía que llega al alma”. “Muchas gracias por el agasajo” “De acuerdo con su amiga, que Winston no interprete “La casada infiel», ja ja ja.”
“Y si de flores se trata, que tal que se le ocurra interpretar una sobre Jazmines: ¿Por qué causas misteriosas/ la música de un violín/ o el perfume de un jazmín/ nos recuerdan muchas cosas?/ Sortijas de aguas preciosas,/ pañuelos de raso y tul,/ cartas dentro de un baúl,/ valses del tiempo pasado,/ y lo del cuento azulado:/“Este era un príncipe azul.”/ “O quizás, “Setenta balcones y ninguna flor”.
(Winston ilustra que ese es del mexicano Manuel Gutiérrez Nájera. Y el otro Setenta balcones y ninguna flor, del argentino Baldomero Fernández Moreno: “Setenta balcones hay en esta casa,/ setenta balcones y ninguna flor./
A sus habitantes, Señor, ¿qué les pasa?/ ¿Odian el perfume, odian el color?/ La piedra desnuda de tristeza agobia./ Dan una tristeza los negros balcones./ ¿No hay en esta casa una niña novia?/ ¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?/ ¿Ninguno desea ver tras los cristales/ la cabeza rubia de alguna mujer,/ o la tibia mano blanca que les sale/ entre los jazmines para sorprender?/ ¡Si no hay una flor en siete balcones,/ en cien balcones, no hay amor!/”).
(El Sisimite le responde que “ya nos van a poner a releer esos versos a ver como contrastan. Y ella responde: “Ja,ja,ja… dígale a Winston”. –“Ese es haragán –le contestan– ya subió a dormir donde Sofía”).
El poema “Setenta balcones y ninguna flor”, comparte con “Jazmines” una sensibilidad estética y simbólica, aunque con distinto enfoque: En “Jazmines”, la flor y el aroma evocan lo vivido, lo sentimental.
En “Setenta balcones…”, la ausencia de flores denuncia la pérdida del alma, la falta de sensibilidad y de belleza en la vida moderna. “Ambos poemas forman un contrapunto simbólico: El primero celebra el poder evocador del perfume del jazmín; el segundo lamenta su ausencia como signo de un mundo sin poesía”.
En “Jazmines” el perfume y la música despiertan la memoria, evocan lo vivido; hay todavía alma, ternura, nostalgia. En “Setenta balcones” la ausencia de flor revela un mundo que ha perdido la capacidad de recordar y de sentir. “Ambos poemas forman un díptico del alma moderna: uno canta la presencia evocadora del pasado (el aroma que despierta la emoción), y el otro lamenta la ausencia de toda emoción en el presente”.
(Te estaba esperando –tercia el Sisimite– ¿ves a lo que hay que atenerse por andar interpretando versos? Traete al poeta del colectivo que venga a ayudar con los simbolismos y las interpretaciones. -¿Y no fuiste a chismear –reclama Winston– que era haragán, solo porque me fui un rato a mis horas de descanso? Como vos vivís encuevado no sabes lo fatigado que uno viene de los paseos matutinos, dándole vuelta a todo el barrio.
Además, la magia más pura de la poesía consiste en que cada lector la hace suya, la recrea dentro de sí, y en ese acto íntimo de lectura –más que en la tinta o en la métrica– es donde la poesía vive de verdad. “No hay una única interpretación, porque los versos son espejos del alma: cada quién se mira en ellos y ve reflejado algo distinto, según su sensibilidad, sus heridas, sus nostalgias o sus esperanzas”.
-Pues ya veo –vuelve el Sisimite– que regresaste con mente fresca del descanso. -De eso se trata –suspira Winston– junto a Octavio Paz pienso que “la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono”; no porque revele una sola verdad, sino porque abre múltiples caminos de sentido”. Un mismo verso puede ser bálsamo para uno, y abismo para otro.
“La palabra poética no impone, sugiere; no explica, invita”. “El poeta lanza una semilla –el poema– y cada lector, con su propia tierra interior, la hace florecer de modo distinto. En eso consiste su grandeza: en que no termina cuando se escribe, sino cuando alguien la siente”).


