Por Héctor A. Martínez

La soberbia parece formar parte consustancial del ciclo vital del ser humano. Casi todos hacemos alarde de ella, principalmente en la pubertad, cuando, rebosantes de salud y potencia, creemos ser los amos y señores del universo.
Solo el paso del tiempo y los golpes de la vida logran atemperar los ímpetus desmesurados de juventud. Sin embargo, hay quienes persisten en exhibir ese sentimiento de superioridad y altivez bien adentrados en años.
Yo sostengo que el soberbio que peina canas, por motivos muy íntimos, no ha podido dar el salto hacia la madurez mental. Pocas cosas resultan más insufribles que lidiar con una persona que, ostentando algún grado de autoridad o exhibiendo ciertas facultades técnicas o intelectuales, se comporta como si estuviera por encima de los demás, manifestando un insoportable egocentrismo.
La soberbia resulta psicológicamente peligrosa cuando un arrogante ocupa un alto puesto de decisión empresarial, o llega al poder político de una nación creyendo que su nombre ya estaba escrito en el Cielo.
Hitler se creía a sí mismo un instrumento de la historia y la raza, ignorando que las constituciones están hechas para ponerle frenos a los excesos personales. Cuando los aliados le pusieron límites a ese “instrumento” histórico-racial, era demasiado tarde: millones de personas habían sido asesinadas en toda Europa.
Para evitar la soberbia despótica o las locuras de los príncipes, la preocupación principal de los clásicos como Locke, Montesquieu y los primeros políticos norteamericanos, fue ponerle cercos al absolutismo monárquico.
Los contrapesos existen precisamente para impedir que los déspotas proyecten sus frustraciones de infancia y juventud, convirtiendo el poder en un instrumento de venganza personal. Si a esto se le suma la creencia en una misión predestinada –pensemos en Fidel Castro, Hugo Chávez y Daniel Ortega—, el resultado es un individuo que desprecia los linderos constitucionales y ejerce su autoridad de manera personal.
Y he aquí que la soberbia del poderoso se demuestra precisamente en el aborrecimiento a la ley que impone la democracia como una forma consensuada de coexistencia social. En realidad, el autoritarismo exhibido por Daniel Ortega y Nayib Bukele no es más que una forma de involución humana en la edificación de un sistema ordenado, como es la democracia, basado en la alternancia en el poder y la separación de los podres.
En El Salvador se aplaude esta involución solo porque el supremo ha resuelto el problema delincuencial. Lo demás no importa. En otras palabras, los soberbios dictan sus propias reglas y se erigen en la máxima autoridad terrenal, mientras les pegan una patada a las cartas magnas.
Sin embargo, quien gobierna sin límites no escapa al juicio inevitable de sus excesos. Tarde o temprano, el escarmiento será la cárcel o la muerte. Es decir, la misma desgracia que condenó a Hitler terminará por alcanzar a Maduro y a sus partidarios dispersos por toda la América Latina.
En un mundo de falsas certezas, el soberbio en el poder ignora lo que sobreviene mientras se parapeta en búnkeres rodeado de sus escoltas personales. Un día cualquiera, su némesis le pasará factura y el precio que deberá pagar será la vergüenza, la humillación o la vida. Los griegos tenían razón. También Jesús en Lucas en 14:11.



