Por Herbert Rivera

-Licenciado no me regañe en público, dijo ella.
-Y yo que le he dicho, respondí.
-Es que yo no soy experta ni abogada, como usted, ripostó.
– Pero no soy ninguno de lo que supone, solo le diré que lleva años cubriendo la fuente y se les han proporcionado libros para que se instruyan.
– Sí, prosiguió, yo tengo libros…pero no los leo.
– Sanjé (concluí) el asunto restregándole que el peor analfabeta es aquél que sabiendo leer y teniendo libros no los lee.
Recién ocurrió eso que, más que un diálogo ameno pareció una discusión distendida, en el Día del Periodista una novel colega me increpó delante de sus compañeros, porque según ella la irrespeté al manejar el término “recalco, repito” ante la reiteración de una respuesta antes dada a ella que insistió con la misma pregunta porque evidentemente no estaba atenta a la atención que di a su interrogante.
En su texto “Los Analfabetos de Hoy”, hace más de 40 años, Jesús Quintero, periodista, escritor, director y presentador de programas de radio que lo llevaron a ser un fenómeno televisivo de fama internacional, proclamó un fuerte y tajante mensaje a su audiencia.
“Los analfabetos de hoy son los peores porque en la mayoría de los casos han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, pero no lo ejercen. Cada día son más y cada día el mercado los cuida más, piensa más en ellos y la televisión cada vez se hace más a su medida, arremetió. “Las parrillas de los distintos canales compiten en ofrecer programas pensados para una gente que no lee, que no entiende, que pasa la cultura que quiere, que la diviertan o que la distraigan, aunque sea con los crímenes más brutales o con los más sucios trapos “, embistió Quinteros.
Dicha proclama fue premonitoria pues predijo la llegada de un mundo con contenido cada vez más simple, distorsionado, banal y en ocasiones vulgar o procaz.
Con esa óptica, se observa el avance acelerado de esa no tan nueva realidad con la llegada de plataformas digitales y toda la fecalidad y el estiércol que en ellas se expende, distribuye o expele.
Con esas prácticas comunicacionales, nunca serias, formales y menos periodísticas, están creando a la medida de esta nueva mayoría para la que todo es superficial, frívolo, elemental o primario.
Aquí, infortunadamente, abunda mucho de eso, se compite por ello, y hay unos que se destacan incluso por practicar la coprofilia (afición, simpatía o inclinación hacia algo) que, en psicología y psiquiatría, es la excitación y placer sexual a partir del olor, el tacto, la manipulación o la ingesta de heces, y hasta las reparten.
Para esa gente, más allá de las formas, pero si en el fondo, abundan los sinónimos: imbécil · idiota, retrasado, deficiente, subnormal, anormal · estúpido, tonto, lelo, memo, majadero, cretino, necio, insensato, y estúpido, entre muchos calificativos.
Y esos son socialmente la nueva clase dominante, aunque siempre será la clase dominada, precisamente por su analfabetismo y su incultura, la que impone su falta de gusto, sus morbosas reglas y su precariedad profesional.



