Por: Otto Martín Wolf

Solo cambiamos el escenario. Y, sin embargo, nuestra reacción moral cambia por completo.
Aquí no se trata de comparar especies, ni de discutir dietas, ni de exigir pureza moral —esa forma elegante de hipocresía que todos practicamos con cierta disciplina—. Se trata de algo más incómodo: la escala tiene el poder de absolver.
Lo que en pequeño nos horroriza, en grande se vuelve abstracto. Y lo abstracto, por definición, no duele. Usted no podría matar a su propio gato. Pero puede participar, sin demasiada incomodidad, en sistemas que hacen cosas mucho peores a una escala mucho mayor.
No directamente, claro. Eso sería intolerable. Por eso existen intermediarios. Empresas, cadenas de suministro, empaques al vacío. Distancia. Mucha distancia.
La suficiente como para que la acción no parezca suya. Y así, sin darnos cuenta, dejamos de ver gatos, peces o venados.
Vemos números. Toneladas. Producción. Rendimiento por hectárea. Eficiencia logística. El lenguaje ayuda.
Nunca se “mata”: se procesa. Nunca se “destruye”: se aprovecha. Nunca se “sufre”: se gestiona. En lugar de gula, hablamos de proteínas. Las palabras hacen su trabajo: suavizan lo que, dicho de otra forma, sería difícil de tragar.
Y sin embargo, el hecho sigue ahí, intacto, debajo del vocabulario.
Quizá el problema no sea lo que hacemos, sino cuánto necesitamos hacerlo para dejar de sentirlo. Porque hay una cantidad a partir de la cual la conciencia se rinde.
No por maldad, sino por saturación. Demasiado grande para imaginar. Demasiado lejano para doler. Y entonces aparece la justificación más cómoda de todas:
“Así funcionan las cosas.” Una frase breve, elegante, y profundamente inútil. Porque explica todo sin cuestionar nada.
Tal vez la diferencia entre un criminal y una industria no esté en el acto, sino en la cantidad.
Y en la organización. Y en lo bien que logramos repartir la responsabilidad hasta que ya no pesa en ninguna parte. Usted no mató a ese animal. Usted solo compró el resultado. Una transacción limpia. Sin sangre visible. Sin ruido. Como debe ser.
Después de todo, siempre hay que cenar. Se atribuye al dictador ruso Joseph Stalin la frase: “Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística.



