En las espesuras húmedas del bosque, donde las raíces parecían abrazar la tierra con memoria milenaria a medida que la temperatura nocturna descendía hasta el punto de rocío y la neblina bajaba lentamente entre los árboles como un pensamiento cansado, el Sisimite avivaba una pequeña fogata de ramas secas. Frente a él, Winston observaba el ascenso errático del humo, como si en aquellas espirales se dibujara otra vez el laberinto político del país. -¿Escuchaste una propuesta –inició el Sisimite la conversación– de ampliar el órgano electoral y el tribunal electoral a cinco miembros, tres de partidos mayoritarios y dos de sociedad civil, dizque así habría más confianza y se evitarían los vicios del pasado? Winston soltó una sonrisa, casi melancólica. -Curioso cómo las palabras “más confianza” suelen aparecer de repente como si hubiese intención de cambiar las conductas chuecas que en realidad son el problema, no las normas. ¿No crees que lo que en el fondo se busca –como si acá no se intuye el agazapado conjuro– sea otra cosa? El bosque quedó en silencio. -Y además, la pregunta partía de una premisa equivocada. Porque las decisiones no se toman hoy por unanimidad, como sugiere el diputado, a modo de inducción, que la pretensión sea arreglar; algo que no ocupa arreglo. Se toman por mayoría. Lo que ocurre es que se procura el consenso para darle mayor legitimidad y tranquilidad pública a las resoluciones.
El Sisimite asintió lentamente: -La ley lo que exige es otra cosa: que el órgano esté debidamente integrado por sus tres propietarios… y si falta uno, entra el suplente. El problema nunca fue la regla de votación. El problema fue la conducta de quienes llegaron con ánimo de sabotaje, no de deliberación ni de respeto a la ley. El fuego chisporroteó entre la leña húmeda. -Entonces –preguntó el Sisimite–, ¿cuál es la solución verdadera a los impasses? Winston sin titubear un segundo: -Sencilla en teoría, difícil en la práctica: elegir personas íntegras. No activistas mandaderos enviados a imponer caprichos ni obedientes operadores, ni arrodillados que hagan genuflexiones ante el interés del mandamás. Y escoger suplentes que no respondan al silbato del poder ni a instrucciones partidarias, sino a la Constitución y a la ley. El Sisimite resoplando: -Huy, pero qué tristeza que hoy resulte hasta raro, como una virtud perdida, sencillamente pedir honorabilidad. Winston, ilustrando: -Y por eso tuvo tanto peso aquella respuesta de la auto nominada. Porque fue brutalmente honesta. El bosque pareció acercarse a escuchar. -Cuando dijo: “Automáticamente me está excluyendo”… “no pertenezco a ninguno de esos partidos mayoritarios, ni tampoco soy puramente de la sociedad civil porque todos conocen mi militancia”… reconocía algo que todos saben y pocos admiten: que en Honduras casi nadie es completamente “apolítico” ni desprovisto de corazón banderizo. Y aun así reivindicó su derecho a aspirar, no escondiendo sus inclinaciones, sino defendiendo su capacidad, su formación y su compromiso con el bien común.
El Sisimite miró fijamente el fuego: -No fingió pureza. -No – respondió Winston–. Y ahí estuvo la dignidad de sus palabras. Porque sugirió el remedio: que la verdadera reforma debía enfocarse en nombrar a los mejores, a quienes tengan idoneidad y capacidad probadas. El viento movió las ramas altas como si aprobara aquella sinceridad poco común. -Pero lo más curioso –añadió Winston con ironía socrática– ¿y es que ya no hay memoria que esta idea de ampliar a cinco miembros no es cosa nueva? ¿Y no la propuso antes el partido de gobierno de incorporar otro representante bajo apariencia de apertura, mientras se calculaba cuidadosamente dónde quedaría realmente el control? El Sisimite rascándose la cabeza: -¿El viejo truco de sumar piezas para inclinar sigilosamente la balanza? -¿Y es que aquí piensan que nos chupamos el dedo? –dijo Winston–. ¿Qué papo se va a tragar que cuando ya se cuenta con simpatías previamente alineadas –o que se enfilan al estruendo de los cañonazos de gratificación– la llevada y traída “apoliticidad” no es más que discurso aceitando la treta? ¿El nuevo asiento busca equilibrio o consolidación? -Y entonces –preguntó el Sisimite–, ¿qué es lo que olfateás de la propuesta? Winston cauteloso antes de responder: -¿No será que la tentación sigue siendo la misma, la de siempre, controlar la cosa esa bajo nuevas apariencias? ¿Y no es el pecado original precisamente el causante de las crisis políticas profundas, barajada entre el resabio del que se encarama de no querer soltar el poder? El Sisimite peló los ojos: -Como si la historia no hubiera dejado suficientes cicatrices. Winston con mirada perspicaz: -Ahí es donde uno recuerda al filósofo griego: el hombre es un animal político. Pero, quizás se quedó corto en ontología… ya que también es el único animal capaz de caer nuevamente en el mismo hoyo donde antes tropezó. El bosque quedó inmóvil. -Porque el venado aprende del cazador… el ave del incendio… incluso la bestia recuerda la trampa –continuó Winston–. Es el instinto animal, sobre lo cual los otros animales, “el político”, por lo menos debiesen tener memoria. El Sisimite levantó lentamente la vista hacia la umbría penumbrosa: ¿Reforma o viveza de calca del mismo error? El fuego comenzó a extinguirse lentamente. -¿El equilibrio, lo que salvó a Honduras de la furia del remolino que la azotó, fue cosa de sillas o de la integridad y claridad moral de quienes se sentaban en ellas? Y el bosque, antiguo testigo de las necedades humanas, dejó caer sobre ambos un cuajado silencio… como advertencia premonitoria que venía de lo lejos.


