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Honduras
sábado, julio 18, 2026

¿Leyeron?

EXTRAORDINARIO editorial el de hoy, presidente –mensaje del buen amigo y político– Qué calidad de prosa. Se inspiró hoy. Me hizo sentir orgulloso de ser hondureño”. La amiga de los DD. HH.: “Una lección para todos los hondureños su editorial”. Como quisiera que todos los funcionarios y empleados y (as) públicas leyeran, “pero ni poniéndole el texto frente a los ojos leen”. “Triste, la mayoría no leen nada y nutren su mente de lo que causa morbo: los chismes baratos de algunos noticieros y redes sociales”.

De la amiga doctora: “Una verdadera pieza literaria bordada con el sabor del sentimiento patrio”. “Un mensaje sincero, sabio, humano y hasta glorioso”. Alusivo a “¿RAN-TAN-TAN?: Curiosos asomados a los balcones –de viviendas y edificios– saludando la imponente majestad de la marcha que pasa apresurada al compás binario de un ritmo repetido en ordenada sucesión de sonidos y silencios.

Abajo, la oleada alborozada de peatones agitando sus banderas azul turquesa, de las cinco estrellas. La multitud, apretujada en los cruces de concurridas avenidas o subida en los bordes de las aceras, contemplando el magnífico espectáculo callejero camino a los estadios. Los escolares, zapateando sobre el pavimento más parecieran flotar en un aire detenido por el “ran-tan-tan” sostenido del redoble interminable de los tambores.

Las bandas marciales, con sus metales bruñidos lanzando acrisolados destellos, arrancan armónicas notas musicales a sus instrumentos que, si acaso hacen vibrar los cristales de las ventanas, más estremecen los pechos de orgullosos padres, madres y abuelos.

El ambiente impregnado de la acre fragancia de las frituras improvisadas en las esquinas; y el olor a perfume obstinado de las gardenias que manos generosas ofrecen, como gesto reverente, a los erizados portadores de estandartes tremolantes, conducidos por las agraciadas bastoneras que embellecen la pomposa caravana.

Y así, entre banderas flameando a los vientos, cuales alas agitadas de aves vivas anunciando la histórica celebración de otro 15 de septiembre, y de uniformes –con fervores domingueros– planchados nítidamente por hábiles manos de madres cariñosas, la patria se encarna en júbilo compartido: una procesión pagana y sagrada a la vez, donde cada paso marcial –de estudiantes y militares– pareciera conjurar el pasado heroico para recordarle al presente su promesa incumplida de unidad y grandeza.

Este día, un fuego invisible vibra en el alma del pueblo que, al recordar a sus próceres y tributar solemne homenaje a sus fecundas vidas, se reconoce a sí mismo en los sagrados símbolos nacionales.

Cada paso, cada toque de corneta, cada pronunciada nota del clarín, cada bandera levantada en alto, sacudida por la suave brisa intermitente bajo un cielo despejado, es un diálogo con la memoria. Como si esta juventud, promesa del mañana, caminase erguida, con orgullo altivo y la frente muy en alto, en reminiscencia de la ubérrima heredad de nuestros ilustres antepasados.

Solo que no es imperceptible un doloroso contraste: Envuelto entre la música marcial del civismo, el ruido sordo del conflicto político que agita los tiempos, del grito estridente de la cerril escisión que ha suplantado al diálogo sereno, la falta de unidad que fractura la esperanza.

Pero hoy, por este único día, la fecha no está hecha para los desencuentros, sino para recordar que la patria es un sueño universal –una llama de luz que a todos ilumina– que exige sacrificio y grandeza, no mezquindad ni discordia.

Que el auténtico significado de la independencia no son solo desfiles ni ornamentos: es la lección viva de que los principios hondos de la patria –unidad, dignidad, decencia, libertad, justicia– deben inspirar también la campaña política en marcha de la elección general que se avecina.

Que los candidatos y partidos aprendan de los jóvenes que marchan en orden, del fervor sencillo de un pueblo que canta su himno con el corazón en la garganta, de la pureza de un símbolo que no admite manoseo.

(¿No te parece –tercia el Sisimite– que en este proceso electoral los suspirantes debiesen dar muestra que Honduras es más grande que sus desavenencias y más fuerte que sus divisiones? -Pues, ni modo –suspira Winston– si el verdadero triunfo de la independencia está en mantener vivo ese orgullo colectivo, esa partida de nacimiento común, la de hondureños, que a todos nos identifica.

En cada paso marcial de un desfilante, late la callada advertencia de que la patria espera de ellos no el insoportable ruido político que aturde, ni la odiosa deriva que operan en las redes sociales, sino diálogo y debate cívico en busca de solución de los terribles problemas que golpean, reconciliación que sane las heridas de las ancestrales angustias que laceran, y acuerdos en torno a los mayúsculos objetivos nacionales).

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