Por Irazema Ramos

Durante décadas, la psicología tradicional centró gran parte de sus esfuerzos en el estudio de trastornos como la depresión, la ansiedad, las fobias y la ira. Si bien estos aportes han sido fundamentales para comprender el sufrimiento humano, también dejaron en segundo plano fenómenos igualmente relevantes como la felicidad, el humor, la creatividad y el bienestar subjetivo. Con el surgimiento de la psicología positiva, impulsada por autores como Martin Seligman, se abrió un nuevo campo de investigación enfocado en estudiar aquello que hace que la vida valga la pena. Dentro de este enfoque, la risa y el humor han demostrado ser herramientas poderosas para la salud mental y física.
Diversas investigaciones han evidenciado que la risa no solo es una respuesta emocional, sino también un proceso biológico complejo. Al reír, el cuerpo libera endorfinas, conocidas como “hormonas del bienestar”, que generan sensaciones de placer y reducen la percepción del dolor. Además, se ha comprobado que la risa disminuye los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés, contribuyendo a la regulación emocional y al fortalecimiento del sistema inmunológico. El médico Patch Adams popularizó el uso terapéutico de la risa, demostrando que el humor puede ser un complemento significativo en procesos de recuperación y acompañamiento emocional. Asimismo, estudios en neurociencia han identificado que la risa activa múltiples áreas cerebrales, incluyendo aquellas relacionadas con la cognición, la emoción y la interacción social, lo que la convierte en una experiencia integral.
La risa, entonces, no es simplemente un lenguaje o una reacción espontánea: es una forma de conexión humana. Es libertad emocional, es aceptación del otro, es una vía de perdón, es tolerancia, es sentido de pertenencia, es amor, es juego y, en definitiva, es vida. Por ello, más allá de comprender su importancia, es fundamental aprender a incorporarla de manera intencional en nuestra vida cotidiana. A continuación, se presentan algunos ejercicios prácticos basados en principios de la psicología positiva y la activación conductual:
1. Inicia tu día con estímulos positivos, ya que la activación emocional matutina puede influir significativamente en el resto del día. Escuchar contenido humorístico, como rutinas de comedia, ver videos divertidos o recordar experiencias agradables, puede predisponer tu cerebro hacia estados emocionales positivos desde temprano.
2. Practica la sonrisa consciente, elige un día en la semana para sonreír de manera intencional. La hipótesis de la retroalimentación facial sugiere que la expresión facial puede influir en la emoción que experimentamos. Sonreír, incluso de forma voluntaria, puede inducir sensaciones reales de bienestar.
3. Desarrolla un estilo personal de interacción, puedes crear una forma particular y positiva de saludar fortalece la identidad social y promueve vínculos cercanos. El humor social facilita la conexión interpersonal y reduce barreras comunicativas, favoreciendo la empatía y la confianza.
4. Institucionaliza el humor en la familia, establece espacios familiares para compartir chistes o anécdotas divertidas fomenta la cohesión grupal. Según estudios en psicología familiar, las experiencias compartidas de alegría fortalecen los vínculos afectivos y mejoran la comunicación.
5. Juega desde la reciprocidad positiva, ya que el juego del “genio de los tres deseos” promueve conductas prosociales y refuerza la reciprocidad. Desde la teoría del intercambio social, las interacciones positivas tienden a generar respuestas igualmente positivas, creando ciclos virtuosos en las relaciones.
6. Practica la amabilidad deliberada, dedica un día a realizar actos de amabilidad sin esperar recompensa activa circuitos neuronales asociados con la satisfacción y el sentido de propósito. Como afirmaba Johann Wolfgang von Goethe: “La amabilidad es la cadena de oro que mantiene unida la sociedad”. Este “virus de la amabilidad” no solo beneficia a quienes lo reciben, sino también a quien lo practica.
Incorporar el humor y la risa en la vida diaria no implica ignorar las dificultades, sino desarrollar recursos internos para afrontarlas con mayor resiliencia. La risa no elimina los problemas, pero sí transforma la manera en que los enfrentamos. En un mundo donde el estrés y la exigencia son constantes, aprender a reír se convierte en un acto de autocuidado y, al mismo tiempo, en una herramienta de transformación social. Porque, como bien señaló Richard Whately, cuando dijo que LA FELICIDAD NO ES BROMA.
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