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domingo, julio 19, 2026

¿Las cinco en punto?

“ERA un viejo jardinero –acuse de recibo, con buen humor, de la vieja amiga de los jardines alusivo al editorial “¿La Rosa?”– que cuidaba su vergel/ y era la rosa un tesoro/ Más preciado que el oro para él./ A la orilla de la fuente un caballero pasó…”.

“Ha sido mi poesía favorita desde siempre. Pero nunca supe interpretarla y darle su merecido sentido filosófico”. “Que interpretación más bella, más ilustrativa”. “Me acabas de dar un gran regalo”. “Además es un ejercicio mental”.

“Ahorita la recité mentalmente y que lindo darme cuenta que la recuerdo enterita”. “Decile a Winston que no vaya a interpretar “La casada infiel”. “Esa me la aprendí a los 11 años y a escondidas”.

Para que el colectivo en su trance onírico con la literatura, sopese que la poesía, –como decíamos ayer– son palabras mayores, aquí una muestra de lo que se pierde aquel que “vino al mundo y no probó vino –la frase de la nena de los cuentos– que a nada vino”; interpretado como que quien no lee, ni encuentra el aterciopelado sabor a la lectura, pues tampoco, a nada vino.

Propone Winston que mejor este otro de Federico García Lorca: “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, escrito en 1935 tras la muerte de su amigo, el torero y escritor Ignacio Sánchez Mejías, corneado por un toro llamado “Granadino” en la plaza de Manzanares.

El poema se compone de cuatro partes y pertenece a la última etapa de Lorca, donde el simbolismo andaluz, la muerte, el tiempo y la tragedia alcanzan su máxima expresión.

El famoso estribillo “Eran las cinco en punto de la tarde” recorre la primera parte, titulada “La cogida y la muerte”: La cogida y la muerte:

“A las cinco de la tarde./ Eran las cinco en punto de la tarde./ Un niño trajo la blanca sábana/ a las cinco de la tarde./ Una espuerta de cal ya prevenida/ a las cinco de la tarde./ Lo demás era muerte y sólo muerte/ a las cinco de la tarde./ El viento se llevó los algodones/ a las cinco de la tarde./

Y el óxido sembró cristal y níquel/ a las cinco de la tarde./ Ya luchan la paloma y el leopardo/ a las cinco de la tarde./ Y un muslo con un asta desolada/ a las cinco de la tarde./ Comenzaron los sones de bordón/ a las cinco de la tarde./

Las campanas de arsénico y el humo/ a las cinco de la tarde./ En las esquinas grupos de silencio/ a las cinco de la tarde./ ¡Y el toro solo corazón arriba!/ a las cinco de la tarde./

Cuando el sudor de nieve fue llegando/ a las cinco de la tarde,/ cuando la plaza se cubrió de yodo/ a las cinco de la tarde,/ la muerte puso huevos en la herida/ a las cinco de la tarde./ A las cinco de la tarde./

¡Ay qué terribles cinco de la tarde!/ ¡Eran las cinco en todos los relojes!/ ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!”

II. La sangre derramada: “Quiero ver aquí los hombres de voz dura./ Los que doman caballos y dominan los ríos;/ los hombres que les suena el esqueleto/ y cantan con una boca llena de sol./ Aquí quiero verlos. Delante de la piedra./ Delante de este cuerpo con las riendas rotas./

Quiero verlos. Mostrarles el corazón./ Este corazón que revienta de amor./ Ignacio el bien nacido,/ Ignacio el de voz clara,/ el amigo de todos los niños,/ el enemigo de los malos./ Tú eres ya una leyenda entre los hombres./ El toro te dio la muerte,/ pero no te quitó el nombre./”

III. Cuerpo presente: “La piedra es una frente donde los sueños gimen/ sin tener agua curva ni ciprés helado;/ la piedra es una espalda para llevar el tiempo/ con árboles de lágrimas y cintas y planetas./

Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas/ levantando sus tiernas faldas por las piernas,/ sin buscar el cristal ni la oscura geometría,/ simplemente blandas por el rostro de piedra./ Ignacio, el de voz firme,/ el de la piel morena,/ ha vuelto, lleno de muerte y polvo,/ con la forma del alma estremecida./”

IV. Alma ausente: “No te conoce el toro ni la higuera,/ ni caballos ni hormigas de tu casa./ No te conoce el niño ni la tarde/ porque te has muerto para siempre./ No te conoce el lomo duro de la piedra,/ ni el negro silencio donde te destrozan./ No te conoce tu recuerdo mudo/ porque te has muerto para siempre./

Como todos los muertos de la Tierra,/ como todos los muertos olvidados,/ en un montón de perros apagados,/ ¡te has muerto para siempre!/ Pero yo te recuerdo./ Siempre en mi sangre habrá lágrimas./ Y seguirás vivo en la arena,/ en la música, en la palabra/, mientras haya en el mundo un hombre que llore.”

(La simbología –tercia el Sisimite– en el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” es una de las más ricas y profundas del siglo XX. – Otro día –anticipa Winston– vamos a ofrecer al colectivo una versión interpretativa de la naturaleza simbólica de una de las elegías (poemas de lamento) más grandes de la literatura española.

El estribillo de “a las cinco de la tarde” se repite a lo largo de la primera parte, actuando como un martilleo fúnebre que va mucho más allá de solo indicar el instante exacto en que todo ocurrió).

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