DECÍAMOS ayer que el Nobel de la Paz al tico lo dieron los suecos más por el ruido y la campaña bulliciosa emprendida por Costa Rica en procura de colocarse una medalla– que por algún logro concreto –que no lo hubo en el contexto de Esquipulas II– en la pacificación regional.
Aparte de ello, que acá no había ninguna guerra entre países, sino conflictos internos en naciones empobrecidas –guerrillas armadas intentando tomar el poder, como en El Salvador; dictaduras violadoras de los derechos humanos en Guatemala; largos períodos de ocaso democrático bajo el mando militar, como en Honduras– y una revolución sandinista en Nicaragua que al haber derrocado el somocismo intentaba sovietizar la toma violenta del poder regándola por toda Centro América.
La oposición, ejercida más en la prensa (La Tribuna y otros medios al frente de la lucha) y sectores empresariales (de la que nosotros fuimos actores en sus distintas etapas cuando algunos ruidosos “mesías” políticos de hoy brillaban por su escurridiza ausencia) al prolongado período de gobiernos militares de espaldas al Estado de Derecho, más la influencia de Washington presionando sobre los uniformados a soltar el poder –desembocó en una convocatoria a elecciones a una Asamblea Nacional Constituyente–. Honduras –con los resucitados partidos políticos tradicionales (que durante la parte neurálgica de las presiones para llegar al punto de inflexión democrática poca oposición hicieron) metidos ya de lleno en la carrera electoral, censando simpatizantes de los colores banderizos– fue el primero en arrancar.
El ejemplo hondureño, todo un éxito, con elecciones presidenciales después de poner en vigencia la nueva Constitución de 1982, fue un hito. Marcó la salida del control militar sin guerra civil. Demostró que la transición política era posible, incluso en el contexto de la Guerra Fría. Con ello se rompió el argumento de la “inevitabilidad” de la lucha armada.
Partiendo de ese ejemplo hubo elecciones en El Salvador, en medio de una guerra civil. Sin embargo, el resultado de ciudadanos acudiendo a las urnas, capeando las balas, fue convencimiento suficiente a la guerrilla de desmontar su lucha fratricida y buscar el poder en los campos civiles y políticos.
(Transformación de guerrillas en partidos políticos (FSLN, FMLN, URNG), su participación en elecciones y, en algunos casos, llegada al poder por vías democráticas). Washington hizo lo propio presionando al sandinismo militarmente con grupos armados irregulares.
El gobierno firmó los Acuerdos de Sapoá con la Contra en 1988, comprometiéndose a un cese al fuego y elecciones adelantadas. (Washington apoyó abiertamente a la oposición, incluyendo a Violeta Chamorro y su coalición UNO. Sin la enorme presión de EE. UU. que destruyó la economía y desgastó al gobierno sandinista, es poco probable que el sandinismo hubiera aceptado unas elecciones que perdió).
El verdadero quiebre regional fue el de Nicaragua cuando el sandinismo –Violeta Barrios derrota a Ortega en la urnas– pierde las elecciones 1990. El conflicto regional se desinfla de golpe, porque Nicaragua era el epicentro ideológico y geopolítico.
(Su gobierno logró la firma de un acuerdo de paz, desmovilizó a la Contra, redujo y reformó el ejército, y abolió el servicio militar obligatorio, lo que permitió la transición a la paz). Lo de Guatemala vino después y culminó con los acuerdos de paz en 1996. (Ello con intervención de la comunidad internacional y de la ONU, pero nada de eso consecuencia del tal plan del Nobel).
La paz centroamericana –o mejor dicho, la solución de los conflictos internos por la ruta de las elecciones, y la mejor relación bilateral y multilateral de los vecinos– fue una construcción colectiva y escalonada, donde el mérito no es de una sola persona o evento, sino de un proceso complejo.
(No hay que olvidar –tercia el Sisimite– que la legitimización de la vía electoral en Centroamérica durante los años 80 tuvo un claro origen y respaldo de Washington. En marzo de 1987, el presidente Reagan solicitó al Congreso 300 millones de dólares adicionales en asistencia económica para Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Honduras con el objetivo declarado de contrarrestar la influencia de Nicaragua y “ayudar a las democracias centroamericanas a preservar su arduo progreso”. Esta ayuda económica buscaba demostrar que la democracia era un modelo socioeconómico viable frente al bloque comunista. -Así que ese Nobel de la Paz al tico –ironiza Winston– fue solo por el ruido de las cáscaras y nada de nueces. Pero no hay que menospreciar la habilidad de los “tiquillos” para venderse mejor que sus vecinos “las cenicientas”, en el exterior).


