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domingo, julio 19, 2026

¿La trampa?

TIRAN el anzuelo para que piquen los voraces escamosos. Les ponen el queso y se atropellan por ir a comérselo de la ratonera. ¿No se les ocurre pensar –si es que piensan– que como ingenuas criaturas están precipitándose a la trampa de un discurso cuyo fin precisamente es azuzarlos para que caigan? Y los que caen por inocentes, además de la terquedad de repetir hasta la saciedad –cuantas veces lo estiman necesario sin capacidad alguna de reflexión inteligente– la idea equivocada que han expuesto, lo que en realidad están haciendo es desatar el llamado efecto Pigmalión. Ello es, como ya lo explicamos en escritos anteriores, la profecía que se cumple influenciada por el convencimiento colectivo.

Porque es lo que se espera, consecuencia de tanto repetir con suficiente convicción y se actúa como si ello fuese ya un hecho dado, hasta hacerlo creencia generalizada, que ese algo malo vaya a pasar. La expectativa hace que ocurra.

No solo por el poder de la voluntad, sino porque las conductas se alinean con la profecía que se repite. Digamos, ese negativismo regado por necios, farsantes, embusteros y chantajistas. Con el surtidor de la manguera rociando chorros de desconfianza al proceso electoral: “Ya tienen todo listo para burlar la voluntad popular”.

“Es una farsa este proceso, el fraude viene y nadie lo detiene”. “No importa lo que hagamos, lo van a montar”. “Ya todo está consumado, ni vale la pena ir a probar”. ¿Y no razonan que repetir y repetir que todo está amañado no desalienta al tramposo, sino al ciudadano que podría impedirlo?

¿No se les ocurre dilucidar que todo ello obedezca a una estrategia sigilosa para desmotivar la concurrencia masiva a las urnas? ¿Y usar el miedo como expectativa, azorando electores –que viene la chula a llevarse a los chigüines supersticiosos– no es alentar la misma tónica de la desconfianza para que indecisos, jóvenes, independientes se desanimen y no vayan a votar?

¿Y eso a quien favorece y a quién perjudica? O sea, que los que podrían inclinar la balanza se queden en casa convencidos de que su voto no cuenta. ¿No les parecería entonces, que en ese mismo instante de la desmotivación y del abstencionismo, el fraude más eficaz ya ocurrió; sin necesidad de abrir una sola urna?

El efecto Pigmalión es doble filo: si se predica que todo está perdido, la gente se comportará como si así fuera, y el resultado será precisamente ese. La profecía se cumplirá, porque se la creyó y se actuó en consecuencia.

Repetir que el proceso está condenado al fracaso es como soplar sobre una llama para que se apague. Puede que quien lo diga crea que advierte; en realidad, coopera gratis con la narrativa que el “enemigo” quiere imponer.

¿Qué tanta inocencia puede explicar la majadera estupidez de caer en la trampa de dispersión del miedo y el desánimo, sirviendo de tonto útil del rival? El voto, lejos de ser un acto ingenuo, es un gesto de resistencia activa.

Y una votación masiva, la fuerza inatajable de la voluntad popular –como río embravecido que arrasa con cualquier cosa que se lo ponga enfrente– es lo que desarticula el efecto Pigmalión de la profecía negativa. A contrario sensu –como consejo a novicios en el arte de la política– el efecto Pigmalión, de una expectativa positiva, ello es, que la votación será contundente, el proceso electoral confiable, estimularía la consciencia colectiva, que la esperanza democrática del pueblo hondureño va segura y a toda velocidad, como tren sobre rieles.

(El miedo prestado –tercia el Sisimite– es la cuerda con la que el ingenuo se guinda. -Es que en política –ironiza Winston– hay tontos útiles, pero también inútiles. Y sobre el efecto Pigmalión, el triunfo parte de la convicción que se va a ganar, la derrota de la resignación que se va a perder).

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