LA vieja amiga menciona haber leído a los hermanos Álvarez Quintero. Apasionada de los jardines, adivinamos: “La Rosa del Jardinero” –un delicado poema en prosa, de tono casi místico y universal– de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, dos escritores sevillanos que brillaron entre fines del siglo XIX y la primera mitad del XX: “Un jardinero de una casa rica tenía entre sus flores una rosa bellísima.
El jardinero la cuidaba con cariño, regándola todos los días, quitándole los gusanos, apartando de ella las hojas secas, y levantando con palitos las ramas que, por el peso de la flor, se inclinaban demasiado. Y la rosa crecía cada día más hermosa, más fresca, más lozana. Pasó por el jardín el hijo del amo y, al verla, exclamó: –¡Qué rosa tan preciosa! ¡Córtala, jardinero, y dámela! El jardinero la cortó, con dolor, y se la dio.
El joven la puso en su ojal y se fue al paseo. Todos admiraban la belleza de la flor y el buen gusto del caballero. Al caer la tarde, la rosa estaba marchita. El joven la tiró al arroyo, y el agua se la llevó.
Al otro día, el jardinero fue al arroyo y, viendo la rosa entre las aguas, exclamó: -¡Ay! ¡Rosa mía, quién te viera otra vez en tu rosal! Y el agua murmuraba: -¡No! ¡No puede ser!”.
Para que entienda el lector lo que afirmábamos, que eso de la poesía son palabras mayores. El escrito tiene una aparente sencillez que encubre una filosofía de ternura y melancolía. Parece un cuento ingenuo, pero en realidad está llena de símbolos delicadamente tejidos, casi como una parábola:
“El jardinero simboliza el alma cuidadora, el ser que cultiva con amor, paciencia y dedicación aquello que considera sagrado. Puede ser un padre, un maestro, un amigo fiel, o incluso la conciencia humana que vela por la virtud interior.”
“La rosa representa lo bello y lo amado, aquello que florece gracias al cuidado: la inocencia, la bondad, el ideal, el amor puro”. “La casa rica es el mundo externo, material, indiferente; su riqueza no garantiza sensibilidad ni gratitud”.
“La frase inicial encierra una ironía suave: en medio del esplendor material, lo más valioso no es el oro, sino la flor que alguien ama y protege silenciosamente”. El acto del amor desinteresado.
“El jardinero no cuida la rosa por utilidad ni recompensa, sino por placer de verla viva. En su gesto hay ternura humilde, la misma que tienen los que aman sin poseer: los que entregan tiempo, atención y alma”.
El verbo “crecía” tiene valor simbólico: “la belleza florece donde hay cuidado, constancia y afecto”. “La rosa es la consecuencia del amor sostenido, no de la prisa ni la ostentación”. “Pasó por el jardín el hijo del amo y exclamó: ¡Qué rosa tan preciosa! ¡Córtala, jardinero, y dámela!”:
“Aquí entra el contraste moral: “El hijo del amo encarna la superficialidad del poder, la mirada que confunde belleza con objeto de uso. Él no cuida: posee. Donde el jardinero veía vida, él ve adorno”. “Es la clásica oposición entre quien ama por contemplación y quien ama por vanidad. El gesto de cortar la rosa es simbólico: es el instante en que el deseo mata la belleza.
Lo que se arranca del alma para lucirlo pierde raíz. El verbo “córtala” tiene el peso de una sentencia”. “El jardinero la cortó, con dolor, y se la dio.”: “Aquí aparece la resignación del que ama. El jardinero obedece, aunque su corazón protesta. Sabe que la rosa morirá al separarse del rosal, pero no puede impedirlo.
Esa mezcla de obediencia y tristeza es el reflejo de quienes, en la vida, ven cómo lo que cuidaron se entrega a un destino ingrato: los padres que ven partir a los hijos, los pueblos que ven desperdiciarse sus valores, los maestros que ven diluirse su enseñanza”. El adjetivo “con dolor” basta para revelar toda la profundidad ética del texto”.
(“El joven la puso en su ojal y se fue al paseo.” –tercia el Sisimite– “Este gesto transforma la flor viva en adorno social. La rosa, que era belleza natural, se vuelve símbolo de vanidad, exhibición efímera”. Una crítica con suavidad “al culto a las apariencias, esa costumbre humana de lucir lo bello sin comprenderlo”.
“El joven no es malvado: es vacío, y por eso su gesto resulta trágico sin ser cruel”. -“Al caer la tarde, la rosa estaba marchita. El joven la tiró al arroyo.”: “La rosa marchita es la metáfora de lo efímero, de lo que muere al ser arrancado de su raíz. Simboliza todo aquello que, usado con frivolidad, pierde su esencia: el amor sin respeto, la amistad sin lealtad, la patria sin ideales, la fe sin alma”.
“El joven tira la rosa como quien desecha un sentimiento agotado: el gesto resume la tragedia de una sociedad que consume belleza sin entenderla”. “¡Ay! ¡Rosa mía, – exclama el jardinero– quién te viera otra vez en tu rosal!”: “Aquí reaparece el dolor del alma contemplativa. El jardinero encarna la voz del recuerdo: sabe que lo perdido no vuelve, pero lo llama igual, movido por un amor fiel”.
“Su exclamación es un lamento universal: el de quien ama lo que ya no puede salvar. En esa frase vibra la nostalgia, la ternura y el reconocimiento de la irreversibilidad del tiempo”. Y el agua, “es el elemento final, representa el destino, la ley natural del ciclo”.
“La corriente simboliza el tiempo que no retrocede, la vida que sigue su curso sin devolver lo arrancado. Su respuesta es definitiva: lo que se pierde por vanidad, no se rescata con lágrimas”. “Es la voz de la realidad corrigiendo al corazón”.
“La rosa del jardinero” no es solo una historia sobre una flor; es una parábola sobre el alma que cultiva y el mundo que consume. La rosa, una vez cortada, muere”. Así mueren también la pureza, la fe, la bondad o la patria, cuando se arrancan del jardín donde nacieron: el corazón humano”).


