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Honduras
martes, febrero 27, 2024

La resistencia cual pálpito

Hacia la década de 1950 el sentido de hondureñidad estaba deprimido. Finalizaba la imposición dictatorial del Partido Nacional de Tiburcio Carías (aquel era juguete de éste) y la sensación era que el pueblo jamás volvería a rebelarse, como había hecho múltiples ocasiones previo a 1936, con o sin razón democrática. Se probaba que el hondureño había sido castrado, como a gato o perro, para reducirle agresividad, proceso que culminó cuando se exilió al candidato liberal Zúñiga Huete a México en un avión con carne congelada y tomó el poder Gálvez que, pese a ser acólito del azul sátrapa, jugó regular papel.

Desde entonces, cayó sobre la personalidad catracha horrible y falsa definición: que era cobarde, “aguantatodo”, se le monta quien quiere, olvidando que, como en el resto del istmo, su pasado beligerante había humillado a castellanos, ingleses e incluso norteamericanos. Doblaban lomos sus cobardes políticos, no el pueblo.

Precioso documento que rebate aquello es la segunda Carta de Relación enviada por don Pedro de Alvarado a Hernán Cortés, donde le informa lo difícil de conquistar Cuzcatlán (El Salvador), territorio poblado por nahuas, lencas, mayas chortís, mayas pokomames, xincas, cacaoperas y chorotegas. Tal lucha empezó en 1524 y acabó en la década de 1540 con la pacificación del señorío potón o de lencas salvadoreños de la zona oriental (la rebelión de Lempira duró 12 años). Por servir a Su Majestad, redacta Alvarado, “partí a un pueblo Atiépar, donde fui recibido por los señores y naturales del lugar”. Pero “a la puesta del sol, sin motivo ni propósito (…)  remanesció todo despoblado y la gente alzada hacia el monte”. Siguió a Tacuilula y luego a Taxisco y Nacendalán, donde sucedió lo mismo: hola, adiós, excepto que ahora traía tras sí “mucha gente de guerra golpeando la retaguardia, que me había matado muchos indios amigos”.

Ordena su hermano negociar y fracasa; sus mensajeros indios tampoco regresan. En Pazaco hay “caminos cerrados y muchas flechas hincadas en tierra” más indios que descuartizan un perro como sacrificio a los dioses. En Tacuxcalco ve tantos guerreros esperando que “era para espantar” por “sus lanzas enarboladas de 30 palmos”. Los Señores de Cuzcatlán le remiten mensajeros “para dar (…) obediencia a Sus Majestades, que querían ser vasallos y ser buenos” pero al arribar todos se van a la sierra”. Les reclama son felones (mentirosos) y que vuelvan pero contestan que “si para algo los quería allí estaban en la sierra con sus armas”…

Advierte que los herrará como esclavos y les cobrará once caballos que le habían palmado más los gastos de guerra (algo acá suena muy similar a Gaza) pero como no retornan “por más entradas al monte que mandé hacer” y porque llegaba el invierno “mejor mándeme volver a Guatemala…”

Miles de documentos narran que tal hálito de resistencia contra la opresión se alonga por la colonia, el gobierno federal y los Estados nacionales desde el siglo XVI al XXI: naciones en apariencia dormidas que despiertan a la batalla cívica o física, como atendiendo el pensamiento de Mandela: “Ser libre no es sólo romper tus cadenas sino vivir respetando y mejorando la libertad de los demás…” pues quien ignora la historia jamás comprende el presente.

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