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martes, julio 28, 2026

¿La maleta?

WINSTON dobló con cuidado La Tribuna, dio un sorbo de café mientras miraba al Sisimite que observaba cómo una hilera de hormigas cargaba hojas mucho más grandes que ellas. —Sisimite, ¿has visto que cada cierto tiempo aparecen trombas de reformadores prometiendo que ahora sí van a arreglarlo todo? —Es que reformar suena alebrestado. La palabra tiene cierta rimbombancia y buena prensa. El problema no es reformar; el problema sería ¿qué llevan escondido entre los pliegues, las iniciativas de reforma que presenten en el Congreso, o bien en esa patastera de propuestas oficiosas? -Para que no salgan con sorpresitas indeseables, la gente decente que apuesta al bienestar del país debe estar ojo al Cristo. En esos grupos hay de todo. Hay parlamentarios y gente decente que llega de buena fe, con preparación, mediano conocimiento y auténtico deseo de mejorar las instituciones. Su arduo trabajo, estudio y participación merecen respeto. Pero al bulto se suma uno que otro que no encarna su propio criterio, sino que se escurre de metiche cumpliendo mandados ajenos. Su encargo consiste en empujar discretamente aquello que favorece los pinches intereses de quienes los enviaron. Más que por convicción, actúan por mandato prestado en la maleta.

Winston movió las orejitas. —¿Y los anquilosados? —Esos también abundan. Anclados en otra época. Confunden la nostalgia de haber andado en el remoto pasado por esos olvidados rincones, con la viva realidad del presente, ignorando que el tiempo fluye, como dijese el inefable Heráclito, nadie puede bañarse en el mismo río sin que hayan cambiado las aguas. Son a los que se les antoja sugerir remedios para enfermedades que ya no existen o resucitar muertos que la historia ya había enterrado. —¿Y los que casi no hablan? -Podría ser por mucho saber y no burlarse de los disparates en la valija de ocurrencias o bien los que nada aportan, solo que ¿a dónde va Vicente? Dónde va toda la gente, a tomarse la fotografía. Winston soltó una risotada. —Pero lo más cómico son los que dan cátedra, aunque cuando les tocó su turno, apenas rindieron –si es que algo bueno hicieron– de aquello no queda nada rescatable. –Imagínate, a esos otros de dudosa solvencia que ahora aparecen dándose un lavado de cara. -¿No será de manos, como el Poncio aquel fingiendo inocencia? -El agua lava las manos, no reescribe la historia. —¿Ajá y algún infiltrado que aprovechándose de la democracia solo llegó a deshacerla desde adentro? -Bueno digamos que el pasado no condena para siempre a una persona, pero qué decís de aquella advertencia de la sabiduría popular: ¿“gallina que come huevos, aunque le quemen el pico”? El bosque permanecía tranquilo. Una ligera brisa agitó las ramas.

—Entonces, ¿cómo descifrar ese enjambre de reformadores? El Sisimite señalando el firmamento. —Lo mismo que hace un buen navegante cuando el cielo se oscurece: no entrega el timón a la primera voz que grita. Examina el mapa, conoce la experiencia del piloto y distingue quién señala el rumbo y quién solo aprovecha el viento que sopla para colarse en la embarcación. Winston tomó el último sorbo de café. —O sea… hay que andar ojo al Cristo. Que la buena fe de quienes sinceramente quieren fortalecer las instituciones no termine siendo utilizada por la astucia solapada de quienes solo buscan abrir la puerta a los turbios intereses ocultos. Bien puede ser que haya necesidad de una que otra reforma. A veces, resultaría mejor quitar trancas en vez de poner otras solo para que los pícaros busquen atajos y oportunidad de usarlas como casetas de peaje. No es necedad repetir. Es la cultura política lo que urge cambiar. Líderes en vez de remedos, estadistas en vez de improvisados, íntegros no bribones, hondureños auténticos en vez de farsantes, orientadores no fanfarrones, solvencia no disfraces.

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