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miércoles, julio 22, 2026

¿La licencia?

-DECIME, Winston –murmuró el Sisimite, acomodando su sombra entre la frondosa arboleda boscosa–, ¿qué nombre tiene esa flaqueza del alma que, habiendo recibido tanto, se niega a reconocer lo que la salvó? Winston, con la mirada serena y la cola apenas en vaivén, respondió sin prisa: -Se llama mezquindad, mi viejo amigo. Esa que no solo olvida, sino que se incomoda ante la grandeza ajena, como si el mérito de otros fuese monumento de gigantesco tamaño que asusta el amilanamiento de su pequeñez personal. El Sisimite dejó ir un suspiro largo, como reviviendo el recuerdo de la tormenta reciente. -Porque lo que vimos no fue cosa menor –prosiguió–. Hubo mujeres que, en medio de un vendaval de hostigamiento oficial, con la amenaza pendiendo sobre sus cabezas como espada invisible, sostuvieron la institucionalidad cuando otros querían quebrarla. Un poder insolente, empeñado en perpetuarse, quiso torcer el rumbo de la República, sembrando crisis, alentando sabotajes –contando con complicidad de algún sector de otro partido– urdiendo alianzas malignas para impedir la declaratoria. Y aun así… resistieron.

-Resistieron y cumplieron –asintió Winston–. No solo dieron elecciones limpias, impecables –ejemplares fue el criterio de la observación internacional– de esas que devuelven al país el sosiego perdido, sino que defendieron la democracia aun desde el exilio momentáneo de resguardos diplomáticos, donde tuvieron que proteger su libertad y su vida de la amenaza torrencial. Allí, ausentes de sus oficinas, pero más cerca que nunca del deber, sostuvieron la alternancia, la ley, la esperanza. No salvaron un trámite; salvaron al país. El Sisimite con su mirada oteando el horizonte. -Y ahora –dijo con amargura–, aparecen voces que, sin haber enfrentado la furia tempestuosa de ese mar embravecido –quizás hasta sin una ligera pizca de valentía cuando otros ponían sus pechos en la primera línea del frente en esa heroica batalla, más bien bocinas del ruido empedernido rociando desconfianza– pretenden ningunear el prestigio ganado en la lucha, desde su acomodaticia orilla de irrelevante menudencia. Ahora, uno que otro, disfrutando canonjías inmerecidas que les cayeron como regalo del cielo, con frescura insolente sugieren renuncias, que no les den licencia, como si el reconocimiento fuese un lujo indebido y no una deuda moral. Como si apartarse temporalmente de este ambiente tóxico, de este aire enrarecido que casi asfixió la institucionalidad, no fuese un derecho mínimo para quienes han dado tanto. Winston ladeó la cabeza, con un brillo de ironía en los ojos. -Curioso, ¿no? replicó–. Que quienes hoy se escandalizan por una licencia, ignoran quizás que los mismos diputados –con la naturalidad de lo habitual– pueden por ley ausentarse de su curul para asumir cargos en el Ejecutivo o en embajadas, con la garantía intacta de volver cuando cesen en esos destinos. A ellos sí se les concede el privilegio –como algo que tampoco agradecen a quien tuvo la gentileza de introducir ese generoso artículo en la Constitución– sin aspavientos. Pero a quienes defendieron la democracia en sus horas más críticas –en los peligrosos momentos, cuando los que se sirven de la democracia para desbaratarla desde adentro sacaban las uñas, pelaban los dientes y desenfundaban las armas del poder para volverlo a hacer– pretenden regatearles el mismo derecho.

-Es la lógica torcida de la ingratitud –resuella el Sisimite–. Porque reconocerlas implicaría aceptar que hubo coraje donde otros calculaban acomodo, que hubo servicio donde abundaba la conveniencia. Y eso incomoda. Winston –lamentando el desagradecimiento de gente mezquina, no solo en esto, sino en muchas otras instancias, hacia los que han salvado a Honduras cuando cayó en abismos sin fondo: -La licencia no es un premio caprichoso. Es un acto de justicia. Es reconocer que quienes prestaron un servicio excepcional a la patria no solo merecen trato digno, sino también la posibilidad –como cualquier otro funcionario en similares condiciones– de asumir un nuevo destino sin perder el derecho a volver a la función que la ley les confirió por un periodo determinado. No es privilegio: es coherencia institucional. (¿Y qué pasa si mañana cambia el panorama y las separan de ese cargo? ¿Se quedarían silbando en la loma?). El Sisimite apretó los labios, sin extrañarse de cómo la historia se repite. -Y sin embargo –dijo–, hasta campañas de manos invisibles en redes y en medios de audiencia clandestina que implorando auditorio escandalizan en amarillismo; o bien susurradas en pasillos y amplificadas bajo el sigilo de las tinieblas, promovidas por quienes no han dejado ni un testimonio decoroso, ni un gesto, ni un sacrificio comparable por el país. Voces sin obra, pero con apetito de despojo. Gentes que jamás enfrentaron el riesgo, pero se sienten con derecho a descalificar la valentía. Winston miró al cielo, como buscando en su claridad una respuesta más alta. -Así ha sido siempre –agachó otra vez la cabeza en muestra de pesar–. Los que sostienen el mundo rara vez son los que lo narran después. Pero el tiempo, ese juez que no se deja engañar, termina poniendo cada cosa en su sitio. El Sisimite asintió, con grave serenidad. -Y entonces –dijo, casi en susurro–, quedará claro que hubo quienes, sin pedir nada más que respeto a su nombre acrisolado hecho a lo largo de toda una vida, defendieron la democracia hasta con su propia seguridad; y otros que, sin haberla defendido, quisieron luego negarles incluso el derecho a seguir sirviendo con dignidad. Winston sonrió apenas, como quien ya conoce el final de la historia. -Porque la mezquindad –añadió– podrá hacer ruido perturbador… pero nunca podrá borrar la nobleza inmensa de actuaciones extraordinarias.

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