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sábado, julio 18, 2026

La izquierda latinoamericana a examen

Por Héctor A. Martínez
Sociólogo.

El 3 de enero del 2026 marcó un hito histórico para la izquierda latinoamericana. La captura de Nicolás Maduro, el depositario del legado de Hugo Chávez, ponía fin a más de 30 años de belicosidad hacia Washington y de amenazas para las democracias del continente. El peligro era doble: Caracas no solo fue el principal exportador de la lucha antimperialista del siglo XXI –junto al régimen dictatorial de La Habana— sino también del crimen transnacional, principalmente del narcotráfico.

La Revolución bolivariana se convirtió en la fuente rejuvenecedora de las izquierdas de América Latina, y Chávez, en el símbolo de la resistencia revolucionaria; el reemplazo ideológico de Fidel Castro y el Che Guevara juntos. Tras la caída de los socialismos clásicos, se necesitaba un nuevo faro ideológico para quienes se habían resignado a un mundo dominado por la democracia liberal y el mercado. En ese contexto, el bolivarianismo funcionaba como una izquierda 2.0 que hizo germinar las simientes ideológicas enterradas desde el fin de la Guerra Fría.

Mientras las élites conservadoras celebraban la caída del socialismo como su triunfo, siguieron operando como si nada hubiese pasado, controlando los partidos y al Estado y desatendiendo los problemas principales: el crecimiento económico limitado y un Estado neocorporativista diseñado para favorecer a los amigos y aliados. La frustración popular no tardó en llegar y con ella, la demagogia neopopulista utilizada por Chávez y sus albaceas. Puestos en el poder, los regímenes de izquierda, de carácter fundacionalmente estatista, no encontraron otra salida para gobernar que echar mano del autoritarismo y la dictadura al mejor estilo estalinista. El problema fue que no encontraron en el socialismo el modelo económico para generar la riqueza y, por tanto, la justicia social que tanto pregonan.

Con la caída de Maduro, la izquierda latinoamericana perdió su última fuente de inspiración. La inminente caída de los regímenes de La Habana y Managua llegará en un momento oportuno para que la izquierda pueda replantear sus fundamentos políticos; lo que significa que ya no hay lugar para los modelos clásicos de acción política que incluían la polarización social y la retórica antiimperalista.

Por ahora, a las izquierdas solo les queda reagruparse y redefinir su papel en un escenario geoestratégico que está cambiando en la región. Puesto que América Latina ya no es el patio trasero olvidado por los Estados Unidos, los desafíos del continente exigen modernización ideológica y pragmática. Esto implica reconocer que se moverán en una atmósfera de crecimiento económico, comercio fluido, mercados libres y más democracia liberal. En otras palabras, ya no habrá lugar para los discursos salvadores y el engaño refundacional que solo dejan pobreza y regímenes represivos, como en Cuba y Nicaragua.

Cualquier movimiento de izquierdas del futuro se verá obligado a reconectarse con una población que no quiere saber nada de odios de clases y que mantiene expectativas económicas para mejorar sus vidas. Nuevas formas de participación les esperan: reinventar sus principios morales, adaptando sus propuestas a los cambios tecnológicos y de mercados. En suma: solo una izquierda revitalizada, flexible y cercana a la ciudadanía podrá sobrevivir; la otra opción es seguir aferrada a los viejos modelos y desaparecer en la oscuridad de la noche política de América Latina.

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