Recientemente ha surgido en los medios de comunicación una creciente preocupación por parte de los sectores empresarial y político, así como de muchas familias hondureñas. Se ha generado un ambiente bastante negativo respecto a si las elecciones generales, que definirán al próximo presidente o presidenta de Honduras, serán verdaderamente transparentes o, incluso, si llegarán a celebrarse.
No sabemos con certeza si contaremos con unas elecciones que respeten la vocación democrática del pueblo hondureño. Esto no es algo nuevo. En elecciones pasadas ocurrió algo similar. El grupo que actualmente está en el poder estaba entonces preocupado de que el presidente, quien había ejercido dos mandatos consecutivos de manera cuestionable, realmente dejara el cargo.
Hubo una preocupación legítima al respecto y la ciudadanía, en su mayoría, estaba molesta e incómoda, tal como ocurre ahora. Pero bueno, eso también forma parte del ejercicio democrático de un país en desarrollo.
En contextos como el nuestro, la Iglesia (católica y evangélica) han jugado un papel importante como mediadora cada vez que se presenta un conflicto político.
Su intervención se ha vuelto recurrente ante la debilidad y la frágil institucionalidad que caracterizan al país.
Hoy se buscan personas y organizaciones independientes, con criterio a favor del bien común. Sin embargo, esta búsqueda también puede provocar más división si quienes son llamados a mediar no están a favor de la democracia, sino de intereses particulares.
Esto ya ha ocurrido en el pasado. No afirmamos que esta vez vaya a pasar lo mismo. De hecho, percibimos voluntad de apoyo por parte de algunas organizaciones.
No obstante, somos un Estado laico y, en ese sentido, todas las iglesias deberían centrarse en su labor espiritual. Sin embargo, dada la debilidad institucional, no queda más que recurrir a ellas con la esperanza de que ayuden a encauzar el proceso democrático y establezcan criterios adecuados de cara a las elecciones generales previstas para noviembre de 2025.
La percepción de muchos hondureños es que el actual gobierno desea perpetuarse en el poder. Esto, por desgracia, no sorprende. Todos los gobiernos, en mayor o menor medida, tienden a buscar su continuidad.
Tanto en Honduras como en otros países se observa el fenómeno reeleccionista (no quieren dejar el poder). A veces, esto puede responder a intereses legítimos del país, pero otras veces (la mayoría) no.
En el contexto actual, observamos una sociedad civil fragmentada. De alguna manera, se ha cooptado a ciertos sectores, lo cual complica aún más el panorama preelectoral.
Hay grupos que desean acceder al poder para hacer un cambio positivo, y otros que ven la democracia como un negocio: un negocio próspero para unos pocos, pero nefasto para la mayoría.
Esta no es una afirmación emocional, sino respaldada por datos: la pobreza persiste. Aunque se reconocen algunas obras y mejoras puntuales, la situación estructural del país sigue siendo compleja.
Así que no hay certeza de que las elecciones sean libres. Tampoco tenemos garantías de que se respete la voluntad popular. No está claro que las personas electas trabajen por los intereses de Honduras. Como suele ocurrir, la incertidumbre parece ser la gran ganadora.



