El fin de semana, el inusitado milagro fue magnífico, elocuente y evidente. Honduras caminó sobre los pies confiados de la esperanza. Las calles, tantas veces escenario de discordia y encono, –engalanadas por cientos de banderas del azul turquesa, con las cinco estrellas en su franja blanca– lucieron señoriales, repletas de almas animosas que, en silente canto, solo para regocijo interior, entonaban el épico himno a la Patria inmarcesible.
Tomadas por un río humano de fe: católicos y evangélicos, asidos de la mano, recorrieron decenas de ciudades bajo una sola consigna, la de la oración.
Allí no hubo colores partidarios ni insignias de intereses subalternos; hubo plegarias, al ritmo de corazones palpitando, de ruegos en murmullos y de pasos acompasados que, al unísono, pedían lo mismo: paz y democracia para el país.
Innegable, fue un acto multitudinario de camaradería colectiva, pero íntimo a la vez. Cada corazón llevó en silencio sus propias súplicas que, al confluir, en semejante demostración de propósito, dejó oír la autorizada voz de un pueblo que no se resigna a la desesperanza.
El clamor expresado fue claro: que las próximas elecciones no sean fuente de aflicción ni desconfianza, sino un cauce nítido de soberanía donde se refleje la voluntad de todos. Que el derecho a elegir no sea manchado por la duda, sino celebrado como un ejercicio pacífico de óptima excelencia. Lo ocurrido no es poca cosa.
En medio de angustias acumuladas —la pobreza que aprieta, la violencia que hiere, la corrupción que asfixia, el desencanto que agobia— los hondureños levantaron la mirada hacia la sublime majestad de lo más alto, como recordando que, antes de ser un país dividido por coyunturas, somos un pueblo con raíces en la fe.
Esa vocación religiosa, que en la vida diaria pareciera adormecida, –anestesiada por la urgencia de la prisa sin rumbo y sin sentido, por el ruido ensordecedor de los gritos estrepitosos de la política y del enfrentamiento, unos queriendo hacerse escuchar por encima de la estridencia de los otros, y de la monótona rutina contagiada de una insaciable sed de entretenimiento– despertó viviente y con fuerza vigorosa en la caminata.
Despertó para recordarnos que aún late en el hondureño esa indestructible fibra espiritual que lo ha sostenido –como el macizo roble entrañado en la tierra con sus profundas raíces que, azotado por ráfagas furiosas de las intermitentes tempestades, se mece, pero no se quiebra– en el accidentado vaivén de circunstancias vividas, sorteando encapotado las virulencias de la vorágine nacional.
Hermoso juramento. Saber, además, que la oración, más allá de credos, salmos y doctrina, se convirtió en un campo frutecido de valores, de encuentro y reconciliación. Fue una procesión laica y religiosa al mismo tiempo: la de la nación entera buscando luminoso amparo en lo eterno, sin descuidar el persistente reclamo diario de justicia en lo terrenal.
Y es que la fe, cuando se vuelve expresión universal, acción colectiva, no solo une, sino que inspira. Un pueblo arrodillado, pero con decisión de levantarse para exigir respeto, dignidad y verdad.
Cuánto quisiésemos que este despertar no fuese pasajero. Que la fuerza serena de la oración no se quede en el eco de un día, sino que sea compañía continua y duradera, en cada jornada que emprendamos, en cada decisión que tomemos, y en cada voto depositado en esta próxima elección.
Que la fe no solo consuele, sino que oriente, inspire y fortalezca el camino hacia esa Honduras más justa, más solidaria, más pacífica, más amable y más democrática que todos anhelamos.
El sábado, las calles lo comunicaron sin gritos inútiles, ni odiosas pancartas, ni notas discordantes. La paz no es un lujo, es un clamor, la democracia no es capricho, es necesidad, y la fe –evidenciado como enorme poder en las calles– no es adorno de corona alguna, es la joya de los espíritus devotos, el alma misma de un pueblo ennoblecido.
(Yo vi pasar –tercia el Sisimite– la procesión desde estas agrestes empinadas y se veía majestuosa. ¿Y vos fuiste? -No pude –admite Winston– pero, para compensar, la inspiración de este editorial).


