REALMENTE le quedan: –mensajes de la mamá de la nena de los cuentos– “¡Mundiales sus editoriales! -¿Cómo te cae Fulana? -¡No me gusta! -¿Y eso? -Juega con Mengana y seguro son iguales.
-¿No te parece que antes de tomar un juicio sobre alguien, puedes tratar de conocerla? -¡No! Si Fulana y Mengana son amigas, seguro son muy parecidas y no me interesa ese tipo de gente a mi lado”. “Ni deja ver qué florece más en Fulana, ya decidió que es cizaña como Mengana”. Como quien dice: «Dime con quién andas y te diré quién eres”.
De un amigo intelectual: “Como usted es contador de historias, cuéntenos una sobre las malas hierbas”. Bueno, saca Winston papel y pluma, ahí les va. “La Cosecha”: En la plaza mayor del pueblo la plática acostumbrada se soltaba como sabroso grano desprendiéndose de la mazorca.
A la hora en punto de la mañana, con el repique de las campanas – al llamado de la oración del Ángelus– en la espadaña de la humilde iglesita, los aldeanos salían de sus blancas casitas de bajareque a cuidar de sus milpas; contemplando la cosecha de maíz en plena floración y el verdor de los ejotes del frijolar.
El lienzo pueblerino en aquellos campos abigarrados se coloreaba de la lozana plenitud de los huertos frutecidos. Mientras los lugareños, atareados en su quehacer cotidiano atendían su faena matutina, pasó casi desapercibido que, bajando por una estrecha vereda de procedencia desconocida, aparecieron unos forasteros.
El semblante delataba que se trataba de sembradores de oficio extraño. No traían arado ni azadón. En lugar de sacos con semilla de trigo, guindados a sus espaldas, acarreaban costales colmados de otra sementera. Llevaban colgados los matates repletos de lo que pensaban plantar en los surcos de la senara. Y no era otra cosa que alforjas pesadas de una carga maledicente.
En las percudidas talegas portaban legajos de papeles y libretas con sus apuntes: fardos de palabras retorcidas, amontonadas como fruto de sus rencores acumulados, dispuestas a salir en el momento menos esperado de sus atragantadas gargantas. Confundidos sigilosamente entre los humildes pobladores del caserío, recorrían cada día, con disimulo, por las angostas calles polvorientas del vecindario, esparciendo intrigas, como quien unta la costra de sus manos sobre un terso paño limpio.
Decían que los “enemigos” habían pactado con fantasmas y demonios. Sus almas marchitas, ya que en vez del agua bendita regaban torrentes de sospechas con las que urdían sus teorías conspirativas, no buscaban cosecha de lo cierto o la verdad, sino echar tierra de revancha contra los devotos demócratas –que alimentaban la convicción de elecciones limpias como vía de salida a las angustias– ya que ellos eran quienes les dolían como espinas en la piel.
El pueblo, confundido, veía crecer las matas de cizaña invadiendo el espacio de la buena hierba. Parecían verdes de sabiduría, pero su sola toxicidad enrarecía el aire envenenando las conciencias. Los niños preguntaban a sus padres si aún valía la pena soñar, y los ancianos, con la memoria cansada, trastabillaban al responder.
Durante la labranza, en el proceso de regar y fertilizar el suelo de la árida campaña electoral, la expectativa era que, abonando la tierra con confianza, asomarían los brotes de cultivo naciente anunciando una cosecha de esperanza. Pero el día de la recolección, en los canastos no encontraron más que paja hueca (teorías sin sustento, mustios discursos, promesas que al tocarlas se desmoronaban como hojas secas).
(Entonces los inocentes lugareños se percataron –cuenta el Sisimite– de la ruinosa influencia de los sembradores de cizaña. -Recordaron –pero ya era tarde– la sabia claridad de la Escritura: “El que siembra viento, torbellino segará”: (Oseas 8:7). -Desde aquel día, –Winston con sus moralejas– los más viejos del pueblo repiten la enseñanza: “Quien siembra confianza recoge futuro; quien siembra sospecha, cosecha desgracia”).


