Ya hablamos del síndrome de Estocolmo, aplicado en política, al enjambre de militantes atacando a compañeros del mismo partido por no alinearse a la postura del rival tradicional, rehusando inclinar el espinazo, reverente, a la voluntad caprichosa de quienes los mantienen cautivos –derivado del mayor odio que comparten contra el otro “enemigo”– impidiéndoles zafarse del enyugamiento que los ha tenido secuestrados por tanto tiempo. Desarrollan, los enjaulados, vínculos emocionales o de lealtad, complicidad, afecto o dependencia emocional hacia sus carceleros, como mecanismo inconsciente de supervivencia.” También se habló del espíritu de cuerpo, “la conciencia de pertenecer a una unidad superior en la que se comparte identidad, misión, destino y honor; un sentimiento de lealtad colectiva, cohesión interna y orgullo institucional, que evita el sálvese quien pueda.” “Una fuerza sin sentido de cuerpo – que en siniestros “chats” canibalescos se comen a sus mismos combatientes– es solo un montón de gente con intereses cruzados.”
Pero asómbrese el amable lector, de lo que es capaz el encarnizado odio del extremismo descuartizador en este coliseo político. Otro fenómeno que reverdece en la actualidad fertilizado por cierta sinuosa retórica dirigida a la trituración del buen nombre y de la imagen. El tratado sobre brujería que sistematizó y exacerbó la persecución de mujeres acusadas de herejía en Europa, durante la baja Edad Media (1486), fue el “Malleus Maleficarum” (El Martillo de las Brujas). Su autoría es atribuida a dos frailes dominicos. El texto se convirtió en un compendio influyente en la Inquisición. “Fue el manual de referencia para la caza de brujas durante casi tres siglos. Justificaba la brujería focalizada en mujeres argumentando su “debilidad mental” y mayor propensión a pactar con el diablo.” “Esto convirtió a mujeres independientes, en blancos frecuentes.” El libro “detallaba métodos para interrogar, torturar y sentenciar a las acusadas; permitía acusaciones anónimas y convertía la denuncia en prueba suficiente, facilitando la persecución arbitraria.” (Un centenar en España y 25 mil “brujas” fueron llevadas a la hoguera solo en Alemania.) “El panfleto transformó creencias populares sobre hechicería en un delito perseguible, vinculándolo a la herejía.” Su retórica –alentando una persecución de varios siglos– alimentó estereotipos que aún asociaban a mujeres rebeldes, con el mal, como ejemplo el libro “Las últimas brujas” (2023), que documenta casos de linchamientos por brujería en el siglo XXI. “El “Malleus Maleficarum” convirtió la brujería en “un crimen paneuropeo con rostro femenino, usando la religión para patologizar la autonomía de las mujeres.” “Su sombra se extendió hasta la Ilustración, cuando la Inquisición novohispana aún debatía su vigencia.”
La “chula” –quizás tomado de las lechuzas y los mitos de brujería– es una figura del folclore popular que se ha utilizado como personaje imaginario para asustar a los niños o para evitar que anden solos por la calle, especialmente de noche. No hay una descripción universalmente fija de “la chula”, pero acá “se asocia a una vieja bruja que se aparece en caminos oscuros o cerca de quebradas.” “Una mujer fantasmal o simplemente como una presencia invisible que se lleva a los niños que no obedecen.” ”¡Portate bien, que te va a salir la chula!” (¿Y cuál –pregunta el Sisimite—sería la chula en este fantasmagórico escenario político? -La chula –se rasca la cabeza Winston– haciendo volar la imaginación, sería ese peligro que el cazabrujismo advierte en cada cosa que no comulga a su interés particular, sectario o mezquino, lanzada como teoría conspirativa para sembrar el pánico en la masa temerosa. Digamos, la campaña contra la consejera “hereje”, si no se alinea por tal lado, porque se sabe que obedece al otro lado. Así que apúrense a encender la hoguera para quemarla viva. De lo contrario se los come “la chula”.
La reencarnación del inquisidor Torquemada –vuelve el Sisimite— anda con la chula azorando paranoicos, que la renuncia –no es porque la renunciante se hartó de las amenazas cobardes y las embestidas de las hienas—sino que es “una triquiñuela” para que aquel que dijimos asuma la presidencia del ente electoral en las generales. -¿Y no se desayunan –insiste Winston—que la provocación del caos como estrategia de quienes lo alimentan, es para hacer caer tontos útiles en la trampa? Y vaya que les está funcionando. Mientras, los inquisidores siguen echando baldes pestilentes de desconfianza al proceso electoral –ansiosos de comerse el queso de la ratonera que les han puesto—poniendo en práctica la pedagogía del miedo. “OCUS POCUS”, aterrando con “chulas”, a chigüines supersticiosos.)


