“ LA Calumnia”, –mandan del colectivo– versos de Rubén Darío que, de acuerdo con sus historiadores, publicó como defensa personal a las críticas literarias y políticas. Es de suponer que mandan el encargo, a raíz de las “chulas” que andan sueltas, con que espantan chigüines supersticiosos, al furor de la leña ardiente apilada en la achicharrante hoguera para purgar la “herejía”; a las sentencias de los Torquemada y de las magíster del cariísmo-estalinismo de la moderna Santa Inquisición –artífices de teorías conspirativas– dando fe de supuestos pactos de “brujería”:
“Puede una gota de lodo/ sobre un diamante caer;/ puede también de este modo/ su fulgor oscurecer;/ pero aunque el diamante todo/ se encuentre de fango lleno,/ el valor que lo hace bueno/ no perderá ni un instante,/ y ha de ser siempre diamante/ por más que lo manche el cieno”.
“Los Motivos del Lobo”: “El varón que tiene corazón de lis,/ alma de querube, lengua celestial,/ el mínimo y dulce Francisco de Asís,/ está con un rudo y torvo animal,/ bestia temerosa, de sangre y de robo,/ las fauces de furia, los ojos de mal:/ ¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!/ Rabioso, ha asolado los alrededores;/ cruel, ha deshecho todos los rebaños;/ devoró corderos, devoró pastores,/ y son incontables sus muertos y daños./ Fuertes cazadores armados de hierros/ fueron destrozados.
Los duros colmillos/ dieron cuenta de los más bravos perros,/ como de cabritos y de corderillos./ Francisco salió:/ al lobo buscó/ en su madriguera./ Cerca de la cueva encontró a la fiera/ enorme, que al verle se lanzó feroz/ contra él. Francisco, con su dulce voz,/ alzando la mano,/ al lobo furioso dijo: “¡Paz, hermano/ lobo!”.
El animal/ contempló al varón de tosco sayal;/ dejó su aire arisco,/ cerró las abiertas fauces agresivas,/ y dijo: “¡Está bien, hermano Francisco!”/ “¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas/ de horror y de muerte?/ ¿La sangre que vierte/ tu hocico diabólico, el duelo y espanto/ que esparces, el llanto/ de los campesinos, el grito, el dolor/ de tanta criatura de Nuestro Señor,/ no han de contener tu encono infernal?/
¿Vienes del infierno?/ ¿Te ha infundido acaso su rencor eterno/ Luzbel o Belial?”/ Y el gran lobo, humilde: “¡Es duro el invierno/, y es horrible el hambre! En el bosque helado/ no hallé qué comer; y busqué el ganado,/ y en veces comí ganado y pastor./ ¿La sangre? Yo vi más de un cazador/ sobre su caballo, llevando el azor/ al puño; o correr tras el jabalí,/ el oso o el ciervo; y a más de uno vi/ mancharse de sangre, herir, torturar,/ de las roncas trompas al sordo clamor,/ a los animales de Nuestro Señor./ ¡Y no era por hambre, que iban a cazar!”/
Francisco responde: “En el hombre existe/ mala levadura./ Cuando nace, viene con pecado. Es triste./ Mas el alma simple de la bestia es pura./ Tú vas a tener/ desde hoy qué comer./ Dejarás en paz/ rebaños y gente en este país./ ¡Que Dios melifique tu ser montaraz!”/ “Esta bien, hermano Francisco de Asís”./
“Ante el Señor, que todo ata y desata,/ en fe de promesa tiéndeme la pata”./ El lobo tendió la pata al hermano/ de Asís, que a su vez le alargó la mano./ Fueron a la aldea.
La gente veía/ y lo que miraba casi no creía./ Tras el religioso iba el lobo fiero,/ y, bajo la testa, quieto le seguía/ como un can de casa, o como un cordero”.
“Francisco llamó la gente a la plaza/ y allí predicó./ Y dijo: “He aquí una amable caza./ El hermano lobo se viene conmigo;/ me juró no ser ya vuestro enemigo,/ y no repetir su ataque sangriento./ Vosotros, en cambio, daréis su alimento/ a la pobre bestia de Dios”.
“¡Así sea!”,/ contestó la gente toda de la aldea./ Y luego, en señal/ de contentamiento,/ movió la testa y cola el buen animal,/ y entró con Francisco de Asís al convento./ Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo/ en el santo asilo./ Sus bastas orejas los salmos oían/ y los claros ojos se le humedecían./ Aprendió mil gracias y hacía mil juegos/ cuando a la cocina iba con los legos/.
Y cuando Francisco su oración hacía,/ el lobo las pobres sandalias lamía./ Salía a la calle,/ iba por el monte, descendía al valle,/ entraba a las casas y le daban algo/ de comer. Mirábanle como a un manso galgo./
Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo/ dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,/ desapareció, tornó a la montaña,/ y recomenzaron su aullido y su saña./ Otra vez sintióse el temor, la alarma,/ entre los vecinos y entre los pastores;/ colmaba el espanto en los alrededores,/ de nada servían el valor y el arma,/ pues la bestia fiera/ no dio treguas a su furor jamás,/ como si tuviera/ fuegos de Moloch y de Satanás./
Cuando volvió al pueblo el divino santo,/ todos lo buscaron con quejas y llanto,/ y con mil querellas dieron testimonio/ de lo que sufrían y perdían tanto/ por aquel infame lobo del demonio./ Francisco de Asís se puso severo./
Se fue a la montaña/ a buscar al falso lobo carnicero./ Y junto a su cueva halló a la alimaña./ “En nombre del Padre del sacro universo,/ conjúrote dijo, ¡oh lobo perverso!,/ a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?/ Contesta. Te escucho”./ Como en sorda lucha, habló el animal,/ la boca espumosa y el ojo fatal:/
“Hermano Francisco, no te acerques mucho…/ Yo estaba tranquilo allá en el convento;/ al pueblo salía,/ y si algo me daban estaba contento/ y manso comía./ Mas empecé a ver que en todas las casas/ estaban la Envidia, la Saña, la Ira,/ y en todos los rostros ardían las brasas/ de odio, de lujuria, de infamia y mentira./ Hermanos a hermanos hacían la guerra,/ perdían los débiles, ganaban los malos/, hembra y macho eran como perro y perra,/ y un buen día todos me dieron de palos./
Me vieron humilde, lamía las manos/ y los pies. Seguía tus sagradas leyes,/ todas las criaturas eran mis hermanos:/ los hermanos hombres, los hermanos bueyes,/ hermanas estrellas y hermanos gusanos./ Y así, me apalearon y me echaron fuera./
Y su risa fue como un agua hirviente,/ y entre mis entrañas revivió la fiera,/ y me sentí lobo malo de repente;/ más siempre mejor que esa mala gente./ Y recomencé a luchar aquí,/ a me defender y a me alimentar./
Como el oso hace, como el jabalí,/ que para vivir tienen que matar./ Déjame en el monte, déjame en el risco,/ déjame existir en mi libertad,/ vete a tu convento, hermano Francisco,/ sigue tu camino y tu santidad”./
El santo de Asís no le dijo nada./ Le miró con una profunda mirada,/ y partió con lágrimas y con desconsuelos,/ y habló al Dios eterno con su corazón./ El viento del bosque llevó su oración,/ que era: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”. (Otro poema –tercia el Sisimite– de Rubén Darío. -Sin duda –ironiza Winston– espejo para los de acá).


