YA hablamos del enjambre de militantes atacando a compañeros del mismo partido – que se atreven a actuar en aras del bien superior– por no alinearse a la postura del bando rival, derivado del mayor odio que comparten contra el otro “enemigo”. Y esa relación, casi filial –con el adversario tradicional– les impide zafarse del enyugamiento que los ha tenido secuestrados por tanto tiempo.
El trastorno de identificación con el opresor en su versión original describe el nexo afectivo que algunas víctimas encarceladas desarrollan con sus carceleros. Ocurrió en Suecia, durante un asalto bancario que terminó convirtiéndose en un secuestro prolongado: “El 23 de agosto de 1973, Jan-Erik Olsson, un criminal que se había fugado de la prisión, asaltó el banco Kreditbanken en Norrmalmstorg, una plaza en el centro de Estocolmo.
Durante el atraco, tomó como rehenes a cuatro empleados del banco (tres mujeres y un hombre), y exigió que le trajeran a su amigo y excompañero de celda, un conocido criminal sueco. Las autoridades accedieron y lo llevaron al banco”. “Los dos hombres mantuvieron a los rehenes encerrados en la bóveda del banco durante seis días, mientras negociaban con la policía.
Durante este tiempo, ocurrió algo muy inusual: los rehenes comenzaron a simpatizar con sus captores, defendieron su comportamiento, mostraron desconfianza hacia la policía, e incluso después de ser liberados, recaudaron dinero para la defensa legal de los secuestradores”. “Ninguno de los rehenes testificó en su contra”.
“El criminólogo y psiquiatra que colaboró con la autoridad policial durante el incidente, acuñó entonces el término “síndrome de Estocolmo” para describir el fenómeno por el cual las víctimas de secuestros –oprimidos y maltratados– desarrollan vínculos emocionales o de lealtad, complicidad, afecto o dependencia emocional hacia sus captores, como mecanismo inconsciente de supervivencia”.
Pasamos al otro fenómeno, el sentido de cuerpo. “Es lo que evita el sálvese quien pueda”. “Lo que mantiene la fuerza arrolladora en la avanzada y la columna erguida en la retirada y lo que impide que el pánico desintegre a la tropa”.
Ya en el mundo político, una agrupación plagada de canibalismo interno –digamos, por envidias matadoras, espectáculo de charlatanes, acrisolada ignorancia de iletrados, o bien esos inflados egos de pequeños que dan pábulo al ridículo– carece de lo esencial.
“Una fuerza sin sentido de cuerpo es solo un montón de gente con intereses cruzados”. La falta de espíritu de cuerpo –esa cohesión moral, sentido de pertenencia, disciplina compartida y compromiso recíproco– ha sido causa silenciosa de derrotas estruendosas en la historia militar. “Cuando el cuerpo se fragmenta desde dentro, ningún armamento ni estrategia basta”.
Unos ejemplos emblemáticos donde la ausencia de ese espíritu de unidad y lealtad interna fue decisiva en la derrota: La Batalla de Singapur (1942) del Imperio Británico vs. Japón. “Singapur, una fortaleza inexpugnable, cayó en apenas una semana ante los japoneses.
Los soldados británicos, australianos e indios carecían de cohesión y motivación común. Los mandos coloniales subestimaban a los japoneses y no inspiraban respeto ni lealtad entre las tropas nativas.
El resultado fue una rendición masiva sin lucha decisiva, una de las más humillantes de la historia militar británica”. La Batalla de Cannae (216 a. C.). “Los romanos perdieron esta batalla por la astucia táctica de Aníbal”, pero según relato de historiadores “porque el ejército romano carecía de unidad real entre sus comandantes, Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varrón, quienes tenían estrategias divergentes y poca coordinación”.
“Ciertas unidades aliadas combatieron sin convicción, más por obligación que por lealtad. La falta de espíritu común favoreció el cerco mortal de Aníbal.
Fue una de las derrotas más humillantes de Roma”. (Decíamos ayer –tercia el Sisimite– que la defensa de lo justo puede ser una gesta en solitario. Como el alférez, solo entre el tumulto, retando las fatalidades del destino, mantiene en alto la bandera distintiva en la batalla, que no alcanza ver si la tropa va detrás suyo a la ofensiva o en retirada.
-El tiempo –reflexiona Winston– suele hacer justicia a los que resisten por convicción y se oponen a la cómoda ceguera del montón.
Como el roble vivo que –mientras la ventisca arrastra la hojarasca seca del chirivisco– no cruje ni se quiebra, resiste, estoico e inmutable, las tempestades más violentas. Digamos, el escritor Emile Zola, en su “J’accuse”, desafiando solo, la tendencia prejuiciada de la obnubilada opinión pública, al Estado y al ejército. Rehusando someter su honor y la verdad al capricho pasajero de lo que lucía popular.
¿Y dónde dejás al otro Winston –inquiere el Sisimite– la voz solitaria de Churchill en el Parlamento británico previniendo el peligro del ascenso nazi y exigiendo rearmar al Reino Unido, orillada como alarmista y anacrónica? Al estallar la Segunda Guerra Mundial, fue el líder indispensable y símbolo de la resistencia contra la tiranía. Un referente mundial de visión y coraje).


