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jueves, junio 18, 2026

¿Hoja a hoja?

WINSTON encontró al Sisimite echado sobre un tronco caído. -Decime una cosa –preguntó–. Si una sociedad deja de leer, de escribir y de conversar, ¿su decadencia sucede de golpe? El Sisimite arrancó una hoja seca y la dejó caer sobre el arroyo. -No. Ocurre como el otoño. Ningún árbol amanece desnudo de un día para otro. Primero cae una hoja y luego otra. Y cuando uno menos acuerda, el bosque entero ha cambiado de estación. -Ajá… ¿cuál sería la primera hoja que cae? -La curiosidad. Los niños dejan de preguntar “¿por qué?”. En lugar de un cuento antes de dormir, reciben un aparato que los entretiene sin exigirles imaginar. -¿Y después? -Después se empobrece el lenguaje. Cuando la persona conoce pocas palabras, también dispone de menos herramientas para pensar. Todo se reduce a “me gusta”, “no me gusta”, “bueno”, “malo”. Los matices desaparecen y con ellos la capacidad de comprender al otro. -¿Qué sigue? -La conversación cara a cara se va extinguiendo. Las familias se sientan juntas, pero cada quien mira una pantalla distinta. Los amigos ya no se cuentan historias; apenas intercambian enlaces y pichingos. Los abuelos dejan de transmitir anécdotas y los nietos dejan de hacer preguntas. La memoria familiar empieza a evaporarse.

 

-Qué triste. -Luego disminuye la capacidad de atención. Leer siquiera dos páginas parece una tarea insoportable; escuchar una explicación larga resulta agotador. Fallece la capacidad de concentración. Se esperan respuestas instantáneas a preguntas que requerían tiempo de reflexión. Winston levantó una bellota del suelo. -Como querer sembrar un bosque lanzando una sola semilla y exigiendo sombra al día siguiente. -Y aparece otro síntoma –continuó el Sisimite–. Las personas comienzan a reaccionar más de lo que razonan. La emoción vence al argumento. Un titular sustituye al análisis; una consigna reemplaza al diálogo; un rumor pesa más que un argumento. Y se afecta a la convivencia. Quien no sabe escuchar termina creyendo que discutir es gritar pegando alaridos. Quien no sabe escribir con claridad tiene dificultades en ordenar sus propias ideas. Y quien nunca aprendió a narrar su historia deja que otros la cuenten por él. El río parecía asentir golpeando suavemente las piedras. -¿Y cuáles son las carencias que se empiezan a notar? -Disminuye la empatía, porque leer historias nos enseña a vivir vidas ajenas. Se debilita la memoria colectiva: ya nadie recuerda de dónde viene ni por qué existen ciertas costumbres. Más tarde se deteriora el pensamiento crítico, porque pocos comparan fuentes o distinguen entre evidencia y opinión. Finalmente se empobrece la creatividad: la gente consume sin cesar lo que otros producen, pero produce cada vez menos. -Los jóvenes leen algo insignificante pero no lo comprenden. Los adultos no pueden redactar un telegrama menos una carta sencilla. En reuniones todos hablan y nadie escucha. En hogares los hijos conocen mejor a los personajes de una aplicación que las historias de sus antepasados. Se reacciona con furia a un titular, sin nunca leer el contenido completo.

Hay otra señal que pocos advierten: el deterioro del liderazgo. Cuando una sociedad deja de leer y de escribir con hondura, también deja de formar hombres y mujeres capaces de pensar con perspectiva. Los grandes conductores de ayer solían alimentarse de bibliotecas, de cartas, de largas conversaciones, del debate ilustrado y del estudio constante de la historia, la filosofía y las artes. Comprendían que gobernar, enseñar o dirigir exigía primero aprender. En cambio, cuando la cultura se marchita, el prestigio del saber cede su lugar al brillo fugaz de un disparate; la erudición es reemplazada por la improvisación y el argumento por el eslogan. Poco a poco disminuye el calibre intelectual de quienes ocupan posiciones de influencia, no por falta de talento, sino por escaso interés de cultivarlo. Así, la ignorancia deja de avergonzar y hasta presume de sí misma; la sabiduría se vuelve una voz discreta que lucha por hacerse oír en medio del estruendoso ruido. Una nación puede momentáneamente sobrevivir a la pobreza material, pero difícilmente resiste mucho cuando empobrece la calidad de sus ideas y de quienes están llamados a orientarla. El bosque susurró entre sus ramas una verdad antigua: “La decadencia nunca comienza con el derrumbe de los muros, sino con el silencioso abandono de las bibliotecas, de las sobremesas y de los cuentos narrados al calor del hogar”.

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