25.5 C
Honduras
domingo, julio 19, 2026

¿Espíritu de cuerpo?

YA hablamos del síndrome de Estocolmo, referido al enjambre de militantes atacando a compañeros del mismo partido por no alinearse a la postura del bando rival, derivado del mayor odio que comparten contra el otro “enemigo”.

En las redes, en los mensajes agresivos de los chats comunitarios, en declaraciones públicas a la prensa, hacen pedazos a los suyos –a los combatientes de su misma legión– que no inclinan el espinazo reverente a la voluntad caprichosa de quienes por años los han tenido cautivos. Se trata del trauma psicológico –de adoración de secuestrados a sus secuestradores– en que los cautivos desarrollan vínculos emocionales positivos hacia sus captores.

Y esa relación, casi filial, les impide zafarse del enyugamiento que los ha tenido secuestrados por tanto tiempo. Pero ello se traduce en otro mal equivalente.

“La falta de identidad o espíritu de cuerpo político –cuando un grupo ataca lo propio, no defiende lo que debería ser causa común, y cae en el canibalismo interno– que obedece a factores tanto psicológicos como estructurales”.

El espíritu de cuerpo en los ejércitos es un principio toral que consiste en “la conciencia de pertenecer a una unidad superior en la que se comparte identidad, misión, destino y honor”.

“Es un sentimiento de lealtad colectiva, cohesión interna y orgullo institucional que trasciende las diferencias personales para sostener el espíritu y la eficacia del conjunto”.

“Se inculca el orgullo por pertenecer a una unidad con historia, símbolos, méritos y sacrificios”.

“El uniforme no es solo vestimenta: es una insignia de honor”. ¿Pero qué sucede cuando parte de la militancia de una agrupación política –aparte de la suerte circunstancial de ubicarse en una casilla aspiracional, colocada en el lugar desde donde calcula que podría conquistarse– muy poco sabe de sus glorias históricas, ni afinca nexo de identidad con sus embrionarias raíces ideológicas o doctrinarias, ni percibe entrañable lo suyo –los preciados valores emblemáticos, reconocibles y simbólicos de su propia institución– de lo que debiere sentirse orgullosa? ¿Por qué se inculca al combatiente ese sentido de cuerpo? Porque en el combate, la supervivencia depende de la cohesión: “Un ejército desunido se desmorona.

Solo la fidelidad al cuerpo permite que una tropa resista bajo fuego, avance pese al miedo, y no desista de la marcha al frente, de ser preciso hasta el último sacrificio, cuantas veces caigan los portaestandartes que altivos sostienen la bandera guía en el combate, acribillados por las balas enemigas”.

Porque “forma carácter y sentido de misión: El sentido de cuerpo convierte al recluta en soldado”. (Contrario a esos grupos donde el recluta, raras veces con suficiente formación, capacidad o inteligencia, no entiende que está siendo utilizado de tonto útil, como solícito aliado de la causa del adversario tradicional).

“Ese espíritu de cuerpo se transforma en moral de combate, en resiliencia ante la adversidad, en júbilo en la victoria y en honor ante la derrota”. “Desde la falange griega hasta las legiones romanas, desde los Tercios españoles hasta los ejércitos aliados que desafiaron la tiranía en la Segunda Guerra Mundial, y hoy en los modernos cuerpos de élite; el sentido de cuerpo ha sido lo que distingue a una fuerza militar como institución de una mera banda empistolada”.

Y claro, la defensa de lo justo puede ser una gesta en solitario. Como el alférez, solo entre el montón, retando las fatalidades del destino, mantiene en alto la enseña distintiva en la batalla, que no alcanza a ver si la tropa va detrás suyo a la ofensiva o en retirada.

Lo que trae a la memoria un librito, entre varios más, que mi papá guardaba en un desarreglado estante de su dormitorio: En 1898, el escritor Émile Zola, publicó su carta abierta, “Yo acuso” en defensa de un oficial judío falsamente acusado de traición.

El periodista y novelista, solo, contra la tendencia dominante de la opinión pública, desafió al Estado y al ejército publicando su carta abierta “J’accuse” en la prensa. Fue perseguido judicialmente, obligado al exilio.

No olvidamos su testimonio: “Por el prestigio que mis obras han dado a Francia, por el honor de mi nombre, que ha sido para mí y para mi país lo más sagrado, por el respeto que profeso a la verdad y a la justicia, juro aquí que Dreyfus es inocente. Y me someto a que me procesen por haber dicho esto, si miento.”

Con los años, “Dreyfus fue exonerado, y Zola quedó como modelo de intelectual comprometido con la verdad”.

(“Cuando un cuerpo – tercia el Sisimite– no se reconoce a sí mismo, se auto devora. Y cuando una causa no se defiende por sus propios hijos, no hace falta que el enemigo la destruya”. -A propósito de Zola –reflexiona Winston– ¿de dónde sacan que, si al roble no lo inmuta la ventisca, –en este caso que nos ocupa– vaya a perturbarse que lo sacuda una brisa pasajera? Arrastra la hojarasca seca del chirivisco, pero el roble vivo ni cruje ni se quiebra, resiste, estoico e inmutable, las tempestades más violentas).

Más Noticias de El País