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domingo, julio 19, 2026

¿Entrar y salir?

HEMOS venido sacando fragmentos de una intervención del político y exjefe de Estado uruguayo Julio María Sanguinetti, ya citadas en editoriales anteriores, considerando que acá, en estos tiempos, pueden ser motivo de alguna reflexión: “En la democracia es más importante salir que entrar; bajar que subir”. “Porque la democracia se basa –como dice Felipe Gonzales– en una ética de la derrota”. “En asumir en lo interior la verdad del voto popular”. “Y el que conquista el poder democrático debe saber que su primera responsabilidad es el respeto a las minorías, y a los derechos del ciudadano”. “Y eso fue lo que perdimos una vez”. “Perdimos la libertad porque habíamos perdido la tolerancia”. Uno que otro juicio de valor –asistidos por la IA–sobre esas elucubraciones:

“Una hondura extraordinaria porque toca la fibra ética de la democracia, no solo su funcionamiento formal”. La “ética de la derrota”: “Cuando dice “en la democracia es más importante salir que entrar, bajar que subir”, nos recuerda que el verdadero examen democrático no está en ganar el poder, sino en aceptar perderlo”.

“La alternancia es la prueba ácida de cualquier sistema libre: quien llega al poder debe saber que no es dueño de él, sino depositario temporal de una confianza”. “En aceptar que el voto popular manda, que el adversario puede ganar legítimamente, que la rotación en el poder no destruye sino fortalece al sistema”.

“Solo cuando se asume interiormente esa verdad, sin resentimiento ni deslegitimación del adversario, puede existir cultura democrática”. La primera responsabilidad del poder:

“Gobernar no es aplastar ni humillar, sino administrar la pluralidad”. “Sin garantías para la minoría, –o respeto a la oposición– el poder deja de ser democrático y se convierte en mera aritmética de fuerza”. La pérdida de la tolerancia como preludio a la pérdida de la libertad: “Perdimos la libertad porque habíamos perdido la tolerancia”, encierra una lección histórica: “los quiebres democráticos no llegan de golpe, se incuban en la intolerancia cotidiana”.

“Cuando se deja de reconocer al adversario como legítimo, cuando se demoniza al otro, cuando la política se convierte en una guerra moral y no en un debate de proyectos, la libertad empieza a resquebrajarse”.

“De ahí que los regímenes autoritarios casi siempre nazcan de democracias degradadas: primero se pierde el respeto, luego se pierde la convivencia, finalmente se pierde la libertad”. “Esta idea es especialmente vigente en nuestro tiempo, donde la polarización y la lógica “amigo/enemigo” han sustituido muchas veces el lenguaje de la política por el de la guerra cultural”.

“La “ética de la derrota” se ve sustituida por la obsesión de nunca perder, de eternizarse, de no soltar el poder”. “Sanguinetti nos recuerda que la democracia madura no se mide por la ovación de la victoria, sino por la dignidad de la derrota; no por la arrogancia de la mayoría, sino por la protección de la minoría”.

(Y menos –tercia el Sisimite– cuando el poder, que dejó de ser mayoría, pasa a ser minoría, obstinado en eternizar. No quiere soltar la corona; y si robarse las elecciones es necesario, aunque con un poder ilegítimo, antes muerto que dejar el trono.

Esto en complicidad con sus socios uniformados y a sus generales pandos, a los que mantienen bien aceitados en la persecución de la oposición y el atropello del pueblo. ¿Cuál es ese antojo –inquiere Winston– de repetir y repetir? ¿Si obedece a que quien tiene lo que nunca ha tenido loco se puede volver? ¿O miedo de lo que pueda pasarle si lo entrega? Ya ves, ser demócrata es una virtud de la génesis ética de la política – como aquel que dijimos– el hondo convencimiento que el pueblo deposita en el ciudadano que elije una confianza pasajera, y jamás violar el juramento constitucional).

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