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sábado, julio 18, 2026

¿El telón?

SEPTIEMBRE se abre como un telón solemne. Es el mes de la patria, de los símbolos bordados con sangre y esperanza, de los próceres que soñaron libertad cuando siquiera pensarlo, además de arriesgado, era cimera aspiración que parecía casi inalcanzable. Pero este año, hay otro espectáculo que arranca al mismo tiempo.

Rumbo a las elecciones generales, comienza la campaña proselitista, que hasta ahora ha sido más del mismo ruido estridente que ataranta, con consignas desteñidas y la vaciedad de discursos huecos que se evaporan en el aire.

El mes inicia izando la sacrosanta bandera nacional azul turquesa con sus cinco estrellas al centro de su franja blanca, mientras las calles engalanadas de civismo, se cubren de orgullo singular con el ímpetu acogedor de jóvenes uniformados en sus prácticas marciales para los desfiles de la independencia.

Y, mientras ello ocurre, crece la expectativa en torno de ambos acontecimientos. Sin embargo, la inquietud que este año palpita en el inquieto corazón de todo hondureño, es ¿cuántas de las promesas que hoy se gritan desde las tarimas, en los mítines políticos y en las manifestaciones, mañana no se vuelvan desaliento, que lastime la confianza popular en su democracia?

¿Cuántos problemas que verdaderamente angustian –la falta de empleo digno, la inseguridad que hiere, la desfasada educación de baja calidad que se imparte, la salud inasequible– seguirán sin debatirse –y más aún, sin la esperanza de solución visible a las urgencias– como si fueran la sola sombra de la realidad que golpea, pero que nadie quiere mirar de frente?

El mes patrio debería ser pausa de reflexión, no decorado para discursos mentirosos ni para la narrativa inflamable de los necios que levante sospechas y rieguen desconfianza. La tarea de todo el que modela opinión pública es orientar, y el quehacer de los políticos, para merecer alguna mínima credibilidad, es dar certezas, no multiplicar dudas, ni erosionar la fe ciudadana de alcanzar los horizontes de promesa que el país merece.

Así que, ante la bandera ondeante, mientras entonan el himno con la mano en el pecho, ante el recuerdo de los que dieron la vida por un sueño ennoblecido, estas son algunas de las preguntas que debiesen formularse que traspasen la rutina de otro septiembre cualquiera:

¿Qué significa honrar a la patria más allá de un desfile y de un discurso? ¿Qué trajo la independencia si sobre la actualidad sigue pesando esa deuda secular con el pueblo de no haberlo sacado de la pobreza y la ignorancia?

¿Qué herencia estamos dejando a las generaciones que hoy marchan en fila miliciana bajo el sol, con uniforme de escuela y ojos de futuro? ¿Es la bandera un adorno de campaña o el compromiso de velar por todos, incluso por los olvidados?

¿Y cuándo cantan el himno escuchan esa promesa de unidad, de justicia y de dignidad que en él resuena? ¿Qué lugar tienen los próceres en la conciencia de los dirigentes: inspiración viva o estatua polvorienta? ¿Entenderán que el concepto de la soberanía nacional enmarca el cuidado de los recursos patrimoniales, el respeto a cada voto, y la integridad de conciencia?

¿Cómo se mide el amor a la patria: en gritos de tarima o en silenciosos actos de honradez? ¿Quedará escrito qué esta generación de políticos, levantaron el país elevándolo a su altar superior de dignidad o que lo hundieron entre el ruido escandaloso y la vaciedad?

(¿Qué entenderán –tercia el Sisimite– por patria? -Ojalá sepan –ironiza Winston– que patria es lo que se construye con las manos y con la mente despejada, con las leyes justas, con la palabra que se honra, con la confianza que se imparte, libre de sospechas, con la decencia en los acuerdos y además con la honestidad y la capacidad con que se ejerce cualquier cargo público).

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