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sábado, marzo 2, 2024

El “Santo”, las momias y los liberales

Un 5 de febrero de 1984, a los 66, murió Rodolfo Guzmán Huerta. Seguramente casi todos ignoran quién fue este mexicano panzón, chaparro, pero muchos sí sabrán que era un luchador en calzones, pero enmascarado que, con el seudónimo de “Santo, El Enmascarado de Plata”, hizo el deleite de los ingenuos que miraron sus peleas o ven sus películas.

Fue famoso en la lucha libre y más en el cine en el que se convirtió en un héroe con películas como: “Santo contra los vampiros”, “Santo contra los zombis”, “Santo y la invasión de los marcianos”, “Santo y los cerebros infernales”, “El ataque de las brujas” y “Santo y las momias de Guanajuato”, entre más de cincuenta filmaciones.

No sé porqué, quizás pérfido que puedo ser, esos títulos, entre tantos del celuloide azteca, me recordaron a los dirigentes del Partido Liberal que, coincidentemente, en la misma fecha, resucitaron de su centenario sarcófago, para conmemorar, en Tegucigalpa, los 133 años de su fundación.

Fue el 5 de febrero de 1891 que Policarpo Bonilla, Miguel R. Dávila, Salvador Aguirre, Santiago Meza, Gonzalo Mejía Nolasco, Marcial Soto y Rómulo E. Durón constituyeron el Partido Liberal de Honduras, nutrido entonces de ideas reformistas, especialmente del liberalismo francés.

Soñaron ellos, o supusieron, que quienes les siguieran los pasos bajo el gonfalón rojo blanco rojo implementarían las ideas modernas (adelantadas a su época) de Dionisio de Herrera, Francisco Morazán y otros fundadores de la patria para construir al fin una nación fuerte, próspera y moderna.

Ideológicamente se nutrieron del liberalismo social (centro izquierda) que algunos confunden, como David Masso Hernández, su líder que, en 1932, lo declaró partido de izquierda democrática.

Se trataba con el surgimiento del nuevo instituto político de impulsar la Reforma Social que trajera bienestar a los ciudadanos y, además de alejarlo del oscurantismo heredado desde la colonia, modernizara la gestión pública para concretar ese estado de salubridad económica y social para la gente.

Poco de eso se ha visto, y aunque hubo líderes, que desde el Estado se esforzaron en promover ese pacto social entre gobierno y gobernados, otros hicieron migas con los adversos, transaron y lo siguen en el manejo de la cosa pública para su beneficio particular y no el bienestar colectivo.

Por eso miembros de su dirigencia, aún recuerdan, casi hasta el cansancio, algunas batallas electorales que posibilitaron pequeños cambios y que ahora en la memoria y en la realidad son poca cosa porque en lugar de avanzar y mejorar se ha ido para atrás para empeorar.

Ahora, y hasta hace poco también, el Partido Liberal ha sido tutelado por dirigentes (no líderes, nunca lo han sido, ni lo serán), volviéndose más conservadores incluso que sus adversarios de siempre, sin remozar o removerse, heredando los viejos a sus hijos la gestión del partido como parte de un cacicazgo que dispone a su antojo de una institución política cual si fuera su hacienda particular.

Por ello es que en el festivo recordatorio colorado destacó la misma dirigencia, con otras caras, pero los de siempre, los eternos mamadores de la ubre pública, confesos y otros por confesar, los que transan y negocian, los que siguen ahí para lo mismo, los que quieren quedarse y no quieren dejar a otros llegar.

Es una paradoja esa, especialmente en un partido de dirigentes momificados en una institución política en el que uno de sus recordados líderes, como José Ángel Zúñiga Huete, “el león del liberalismo”, lo llamara “el partido de las milicias eternamente jóvenes”.

Ahí, en su 133 aniversario, estuvieron los mismos que dicen querer unirlo, pero que con sus acciones lo dividen todavía más.

Los que lo tienen postrado, denostado y casi aniquilado. Momias les dicen unos, “bebesaurios” otros, pero, como sea que les llamen, son los que con su oscuro actuar y andar poco transparente hacen que en sus tumbas seguramente se revuelquen líderes como Huete, Céleo Arias Moncada, Ramón Villeda Morales, José Azcona del Hoyo, Carlos Roberto Reina y, quizás “el último de los mohicanos”, Rafael Pineda Ponce.

Nada tienen que celebrar y sí mucho que lamentar en la vetusta organización política, la misma que no da “ni un paso atrás, siempre adelante”, como decía Ramón Villeda Morales.

Es ese viejo partido, el que no se renueva, especialmente en su dirigencia, en la que son visibles los “mapaches”, los traidores de sus electores y los tránsfugas, matriculados con el poder o “en concubinato con el enemigo”, de mercaderes de conciencia o chiviadores de sus convicciones, como se acusan entre ellos.

Tres mandatarios, liberales -Flores, Zelaya y Micheletti- sobreviven al sueño grande y transformador de los fundadores del liberalismo, los tres, uno tras de otro, unos más y otros menos, resultan de escasa grata recordación como estadistas, y mayormente ese trío, como lo tres tristes tigres, son recuerdo amargo de la connivencia (complicidad) en el manejo del gobierno, antes con los conservadores azules o cachurecos, y ahora con los revolucionarios de nuevo cuño.

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