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jueves, junio 4, 2026

¿El retrato?

WINSTON, cerró los ojos un instante imaginándose el preciso momento que, sentado sobre una piedra tibia, mirando el raudo vuelo de un quetzal surcando el amplio cielo que pintaba un arcoíris en el aire conjeturaba: -¿Lo viste Sisimite?, ese es un buen augurio. Y es que aun en la víspera comicial la atmósfera electoral estaba tan densamente cargada, como si las nubes se detenían a escuchar los rumores.

Desde las catacumbas, en su callada eternidad, llegaban ecos roncos de los mismos presagios sombríos –“viene el caos”; “la gente miedosa no saldrá”– que corrían asolando pueblos y ciudades. Sin embargo, el día que amenazaba borrasca de telúricas palpitaciones, el país despertó con un brío inusitado.

El sol, testigo silencioso de las contradicciones mundanas, se alzó de su guarida con inusual fulgor. Corrió de boca en boca la sensación de un amanecer atemperado, quizás, porque la gente se despertó sin miedo”. Y así fue: contra premoniciones mezquinas que ahumaban el aire, salió el gentío. Salieron los hondureños, en oleadas mansas pero resueltas; salieron los padres de familia con sus hijos de la mano, con los ancianos abuelos apoyados en bastones temblorosos.

Salieron los muchachos y las muchachas que, si alguna vez dudaron sobre si valía la pena votar, al verse en el espejo descubrieron el nítido reflejo de responsabilidad cívica que ignoraban tener. Cada voto un conjuro contra la resignación. Los centros de votación abarrotados desde temprano, y las filas –largas, serpenteantes, entre conversaciones y pausados silencios– se convirtieron en una súbita procesión patriótica.

Una vehemente muestra del deber a veces, otras, una quieta demostración de voluntad, pero ante todo un instinto inmutable de resistencia silenciosa frente a los intentos de desestímulo que conspiraban contra la motivación a lo largo del pedregoso recorrido.

Más que justo –si durante el trayecto fue objeto de hostigamiento y descrédito inicuo– reconocer el papel histórico que jugó el árbitro electoral. El mundo entero –curioso por no perderse el espectáculo– se apareció. Llegaron como pájaros de otra estación, cientos de observadores.

Venían, muchos de ellos, sugestionados por lo que afuera leían, que el país era un nudo ciego de tensiones, un volcán chorreando lava. Y en su inspección de aquí para allá, de allá para acá –barrios, colonias, aldeas, escuelas y demás centros de votación– viendo con sus propios ojos lo que veían, encontraron cosa diferente de la que escuchaban.

Un retrato distinto a la desfigurada caricatura que hacían del país: orden, participación, armonía, civismo. Ese día, para la autoestima interna del hondureño, no fue uno cualquiera. Hombres y mujeres sintieron que nadie debía arrebatarles la gracia de decidir por sí mismos.

Que el voto no solo es un derecho sino una poderosa voz; que no hay ruido, amenaza o pronóstico que pueda apagarla. (Y los convidados que llegaron de afuera –tercia el Sisimite– vieron una nación, no como otras desbordadas en la violencia por diferencias, sino una que se reconoce en las urnas, que discute, se inquieta, que a veces se impacienta, pero que no rehúye a la solución de sus asuntos en paz.

– Si en otras latitudes hemisféricas – Ilustra Winston– el salvajismo político-electoral ha dejado cicatrices, el ejemplo de este pequeño país –a veces incomprendido, a veces subestimado– a propios y extraños, fue que la voluntad colectiva de un pueblo, ejercida sin fobias, es muchísimo más vibrante que los fantasmas que la acechan. Ahora solo falta que las mezquindades políticas no vayan a aguarle a la gente su cristiano sentimiento de esperanza).

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