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martes, agosto 11, 2026

¿El próximo amanecer?

«LA ventisca que azotaba la mayúscula extensión de la vida silvestre el día anterior, dejó de ser una ráfaga para convertirse en un susurro, llevando consigo el perfume de la resina y de la tierra húmeda, como si la montaña exhalara lentamente después de una larga jornada. El Sisimite recibe a Winston con su acostumbrado sentido del humor: -Hoy venís peinado, me imagino a que concluyamos la plática de ayer, o mejor dicho la reseña a vuelo de pájaro que hacíamos de la obra “Les dieux ont soif”, de Anatole France». -Cuando Robespierre cae en julio de 1794, quienes habían administrado el Terror se convierten rápidamente en sospechosos. Gamelin es detenido, juzgado y enviado a la guillotina. La maquinaria que él ayudó a sostener termina volviéndose contra él. Pero lo más revelador es que no muere verdaderamente arrepentido. Continúa creyendo en la pureza de su causa y llega a lamentar no haber sido suficientemente severo. Su fracaso no le sirve para revisar sus principios; lo interpreta como consecuencia de una insuficiente radicalidad».

“Es que ese es uno de los retratos más penetrantes del fanatismo: cuando la realidad contradice la doctrina, el fanático rara vez culpa a la doctrina, concluyendo que faltó aplicarla con mayor dureza. -Tras su muerte, la vida continúa. Cambian las consignas, los vencedores y las lealtades. Algunos personajes se acomodan al nuevo clima con sorprendente rapidez. La multitud que había celebrado a Robespierre celebra ahora su caída. -Anatole France muestra la fragilidad de las convicciones colectivas y la facilidad con que el lenguaje público cambia sin que cambien necesariamente los impulsos humanos. ¿Qué te dice del título del libro? –Los dioses tienen sed– alude a una frase asociada con Camille Desmoulins, revolucionario que terminó denunciando los excesos del Terror y fue guillotinado junto con Danton. La sed es, desde luego, sed de sangre: los nuevos dioses políticos exigen sacrificios humanos, como antes los exigían las divinidades antiguas. El título contiene una maravillosa ironía. La Revolución había combatido la superstición, el fanatismo religioso y los sacrificios del pasado, pero acaba creando nuevos dogmas; nuevos sacerdotes políticos; nuevos herejes; nuevos rituales; nuevos altares; nuevas víctimas. La razón revolucionaria se vuelve una religión secular. Robespierre ocupa para Gamelin el lugar de un profeta de la virtud; el Tribunal funciona como tribunal de ortodoxia; la guillotina se convierte en instrumento de purificación. Los “dioses” no son necesariamente Robespierre o los dirigentes. Son también las abstracciones convertidas en absolutos: la Patria, el Pueblo, la Virtud, la República, la Historia. Cuando esas palabras dejan de estar al servicio del ser humano y comienzan a exigir vidas en nombre de un futuro perfecto, se transforman en ídolos».

“En realidad la novela no condena la revolución. El autor conocía las injusticias y no presenta a la monarquía o a la aristocracia como un orden moralmente perfecto. Su crítica es más bien a la conversión de una revolución emancipadora en un sistema de persecución. Una diáfana distinción “entre la aspiración legítima de transformar una sociedad injusta, y la pretensión de imponer la felicidad mediante la violencia ilimitada”. No afirma que todo cambio sea peligroso, sino que “el cambio se vuelve destructivo cuando renuncia a la legalidad, la prudencia, la duda, la proporcionalidad y la dignidad de la persona”. -O sea, ¿estás haciendo un paralelo con el Gatopardo y la maleta? -Ambas novelas examinan fracasos distintos del cambio político. El italiano señala el peligro del cambio cosmético; modificar las apariencias para conservar los intereses y las conductas de siempre. El francés, el “peligro del cambio fanático, de destruir todas las limitaciones en nombre de una sociedad perfecta”. “Uno muestra la reforma que no transforma nada esencial; el otro, la transformación que pretende rehacerlo todo y termina destruyendo la justicia. Ambos llegan, desde caminos opuestos, a una enseñanza común: Las instituciones no mejoran solo porque cambien sus nombres, sus leyes o sus dirigentes. Necesitan integridad, prudencia, límites al poder, respeto por la persona y conciencia de que ningún gobernante ni movimiento posee toda la verdad”. Winston emprendió camino. En ese instante suspendido entre la luz y la oscuridad, el tiempo pareció detenerse. El bosque no se despedía del día, sino que lo guardaba con delicadeza en la memoria de sus árboles, como un secreto que solo volvería a revelarse con el próximo amanecer».

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