LE pasamos conversaciones de hondureños con extranjeros a la IA con el encargo de simular una conversación en la RAE sobre las expresiones coloquiales criollas: (Gran sesión extraordinaria de la Real Academia, Día del Idioma —Unos cuantos “viejitos” de la lengua, con levita, diccionario en mano y oído curioso, han sido expuestos –para su asombro– a grabaciones de conversaciones hondureñas). Don Severino (golpeando suavemente la mesa): — Señores… lo que acabamos de oír… ¿es español? Doña Clotilde (ajustándose los lentes): —Es español… pero con alma tropical y licencia poética inagotable. Don Prudencio (con tono docto): —He anotado expresiones alarmantes: “se le subió el indio”, “anda con los cables pelados”, “orinita vuelvo”… “se bajó el canasto”, “qué mula de cola”, “vergazo de trabajo”… Don Jacinto (entusiasmado): —¡Maravillosas! Son metáforas vivas. ¡Y todas perfectamente comprensibles en su contexto! El idioma respirando fuera del corsé. Don Severino: — Señores… después de oír todo esto… propongo una pregunta fundamental: ¿el idioma español sigue siendo una lengua… o ya es una aventura? Doña Clotilde (sonriendo): —Es ambas cosas. Lo que ustedes llaman desorden… es creatividad organizada.
Don Severino: —También escuché: “Ahorita voy”, “ya salgo”, “ando cerca”… y ninguno significaba lo mismo. Doña Clotilde: —Porque el tiempo, en ese dialecto, no se mide… se sugiere. Don Prudencio: —“Ahorita” parece abarcar desde lo inmediato hasta lo eternamente aplazado. Don Jacinto: —Una palabra elástica. Don Severino: —Pero… “beviernes”… ¿qué es eso? ¡Un atentado al calendario! Doña Clotilde: —Al contrario. Es evolución lingüística con sentido recreativo. Don Prudencio: —Y “cambiarle el agua a las aceitunas”… ¿Es esto un tratado agrícola o una urgencia fisiológica? Don Jacinto (riendo): —Es elegancia popular en la urgencia. El pueblo ennoblece lo inevitable. Don Severino (revisando notas): —También escuché que alguien “botó un chorrito al suelo para el difunto”. —¿Superstición? Doña Clotilde: —Memoria cultural. Don Jacinto: —El idioma también honra a sus muertos. ¡Lengua y rito! El idioma también se bebe, señores. Don Severino (pasando páginas): —Caso del aeropuerto: un caballero regresa del extranjero y no lo recibe nadie. Antes había caravanas… ahora, ausencia. Doña Clotilde: —El idioma ahí no solo describe…, rememora, lamenta. Don Jacinto: —“Antes no sabían a qué hora llegabas, pero allí estaban. Hoy saben todo… información al instante y no llega nadie”. Evolución cautelosa de las costumbres y de la lengua. Don Severino (escandalizado): –Luego, en la cantina: “orines de macho”, “chicha envasada”, “tapirulazo”, “orinita vuelvo”… ¡Eufemismos desbordados! Doña Clotilde: —Al contrario: refinamiento popular. Don Jacinto: —El pueblo no vulgariza… poetiza la necesidad.
Don Severino: —En el mercado: gritos, música, frases amorosas… y una extranjera concluye: “Qué desorden… pero funciona”. Doña Clotilde: —He ahí el secreto: el desorden de uno es el orden del otro. El orden no siempre es visible. Don Jacinto: —El lenguaje tampoco. Don Prudencio (intrigado): —En transporte: cables colgando, vacas cruzando carreteras, camiones con ladrillos desafiando la gravedad… Don Severino: —¿Y eso cómo se describe lingüísticamente? Don Jacinto: —Con resignación creativa: “normal no… frecuente sí”. Don Prudencio: —En burocracia: filas sin fila, ventanas que cierran cuando al cliente le llega el turno, jefes que nunca firman… Don Severino: —Un laberinto administrativo. Doña Clotilde: —Y el idioma lo resume en una sola expresión: “regrese otro día”. Don Jacinto:—Síntesis magistral del tiempo perdido. Don Prudencio: —Y “qué tuanis”… ¿anglicismo? Doña Clotilde: —Probablemente de “too nice”. Don Severino: —¡Infiltración extranjera! Don Jacinto: —No, mestizaje feliz. Don Severino (cerrando el diccionario resignado): —He llegado a una conclusión incómoda… Hemos pasado siglos tratando de normar el idioma… y el idioma sigue haciendo lo que le da la gana. Don Jacinto (riendo): —Porque no es propiedad de la Academia… sino del hablante. Don Prudencio: —Entonces, ¿qué hacemos con todo este caliche? Doña Clotilde: —Escucharlo. Estudiarlo. Aprender de él. Porque ahí está la vida: en el habla cotidiana, en la ironía, en la invención. Don Jacinto: —Y celebrar que el español no es uno… sino muchos. Don Severino: —Tal vez hemos pasado siglos tratando de ordenar lo que nació para ser libre. —¿Moraleja para este Día del Idioma? Doña Clotilde: —Que la lengua vive en la calle, no solo en los libros. Don Jacinto: —Que mientras alguien diga “ahorita”… el idioma sigue su parsimoniosa marcha. Don Prudencio: —¿Y cuánto tardará en fijarse todo esto? Don Jacinto: —Ahorita. (Silencio. Todos asienten. Afuera, alguien grita: “¡Hágale gancho!”, “¡Apriétela”! Los académicos no lo entienden del todo… pero asienten con un gesto soñoliento). (El Sisimite: Nada dijeron de “dormir la cruda… levantarse de goma….” Winston: Creo que se “fondearon” debatiendo y cuando despertaron, se fueron a sus casas, todos, a echarse el “pestañazo” “macanudo” de la tarde).


