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domingo, julio 19, 2026

¿El patrón?

NAPOLEÓN III fue presidente de Francia de 1848 a 1852 y emperador de los franceses desde 1852 hasta que fue depuesto en 1870, siendo el último monarca francés. La humillación que siempre fue ajena: “Tras la derrota frente a Prusia en Sedan (1870), atribuyó el desastre a errores de sus generales, mala fortuna, falta de apoyo interno”.

“Jamás aceptó que su impericia militar y su ceguera política habían precipitado el colapso del Segundo Imperio francés”. Para su ego, el fracaso no era suyo: era de cualquier otra cosa menos de su falencia personal”.

Camino al precipicio de los últimos días, el Führer del Tercer Reich, “se negó a aceptar que sus decisiones militares erráticas habían llevado su país al desastre”. “Se refugió en la fantasía de la “Dolchstoßlegende” (leyenda de la puñalada por la espalda)”.

Culpó a generales “traidores”, a judíos, a civiles “débiles”. “La derrota nunca fue estratégica: siempre fue culpa de otros”. Un ejemplo de la negación como delirio destructivo. Pero esos son algunos ejemplos históricos.

Los más recientes: El fracaso económico de Nicolás Maduro explicado por fantasmas: “Jamás ha aceptado su mala gestión, la destrucción institucional que su desgobierno ha sometido al país, la evidente corrupción estructural”.

El relato oficial es un disco rayado: “Culpa de las sanciones económicas, de los empresarios “apátridas”, del imperio norteamericano y a conspiraciones imaginarias”. Una huida sistemática de la responsabilidad, donde la negación se convierte en política de Estado. Su compañero de viaje Evo Morales.

“Tras las elecciones del 2019 y su posterior salida del poder, nunca reconoció su intento de perpetuación, el desconocimiento del referendo que le negó la reelección”. Culpó a la OEA, a la derecha, al “imperio”, y a una supuesta conspiración”.

Alberto Fujimori nunca supo nada: “Tras revelarse la red de corrupción y violaciones de derechos humanos, sostuvo durante años que: él no ordenó, él no supo y que fue engañado por Montesinos”. “Un clásico caso del liderazgo que delega el crimen, pero nunca la culpa”.

(El poder se disfruta; la responsabilidad se externaliza). Pedro Castillo, tras su autogolpe fallido en 2022, se parapetó como víctima de una conspiración: el Congreso lo empujó, no tuvo otra salida”. Ya cuando lo capturaron, en la bartolina lloriqueó que lo que leyó en cadena disolviendo el Congreso no fue adrede, sino que mal aconsejado. “Nunca asumió que rompió el orden constitucional por incapacidad de gobernar”.

La culpa fue siempre de otros. Más próximo, aquí en la vecindad regional: El comandante Ortega, desde las protestas del 2018 “no admite el autoritarismo de su régimen, la represión sistemática, el colapso democrático, sus reelecciones sin opositores, inhabilitando o capturando a los líderes de la oposición”.

La narrativa oficial culpa a los “golpistas”, ONG, estudiantes, la Iglesia, Estados Unidos, y recientemente hasta a Lula”. (Es que –tercia el Sisimite– aceptar el error exige instituciones fuertes y carácter. Echar culpas prospera donde el poder se concibe como extensión del yo. -Como advertía Octavio Paz –ilustra Winston– cuando nadie se siente responsable, la culpa circula, pero nunca se asienta.

-¿Notaste el patrón –vuelve el Sisimite– el ego hipertrofiado, miedo a la autocrítica, relato victimista, traslado compulsivo de culpas? -Es que –filosofa Winston– aceptar el error humaniza, echar culpas preserva el mito de quien se juzga infalible.

Otra cita de Octavio Paz: “Cuando una sociedad normaliza esta conducta, la irresponsabilidad se vuelve cultura, y la culpa deja de ser un punto de llegada para convertirse en un arma arrojadiza”).

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