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jueves, junio 4, 2026

¿El pálpito?

LOS fantasmas que sueltan para espantar, el énfasis en el escándalo, un surtidor de impertinencias –hasta de ciertas pitoretas que no quieren que le vaya bien al país– regando chorros de desconfianza, y la propensión a augurios apocalípticos nos mueve a repetir un cuento (que en ocasión anterior compartimos con el colectivo), sobre el efecto Pigmalión.

Ello es de la profecía que se cumple influenciada por un convencimiento generalizado. Porque es algo que se espera, consecuencia de tanto repetir con suficiente convicción y se actúa como si aquello fuese ya un hecho dado; hasta hacer creencia popular que ese algo malo vaya a suceder.

La expectativa hace que ocurra. No solo por el poder de la voluntad, sino porque las conductas se alinean con la profecía que se corre de boca en boca. Un cuento ilustrativo: “Imagínese usted, en un pequeño pueblo hay una señora que tiene un hijo adolescente”.

“Está sirviéndole el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Su hijo le pregunta qué le pasa y ella responde: -“No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo”.

“El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola fácil, el otro jugador le dice: -“Te apuesto un peso a que no la haces”. Él se ríe, pero falla en su tiro. Él dice que falló porque está preocupado ya que su madre esa mañana le advirtió sobre algo grave que va a suceder al pueblo”.

“El que ganó el peso regresa a su casa, y le dice a su mamá: “Le gané este peso a fulano porque es un tonto”. “¿Y por qué es un tonto?, pregunta”. “Porque no pudo hacer una carambola sencillísima, al pensar que algo muy grave va a suceder en este pueblo”. Y su madre le dice: “No te burles, los presentimientos a veces salen”.

“La señora va a comprar carne y le dice al carnicero: «Deme una libra de carne», y en el momento que la está cortando, le dice: “Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar». “Después llega otra señora a comprar una libra de carne, pero el carnicero le dice: “mejor lleve dos porque la gente anda diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando».

El carnicero “en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor”. “Llega el momento en que todos en el pueblo, están esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice: “¿Se han dado cuenta del calor que está haciendo?”. Otro le responde: “¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!”. Otro le dice: “Sin embargo a esta hora nunca ha hecho tanto calor”.

–“Pero a las dos de la tarde es cuando más calor hace”. -Sí, pero no tanto calor como hoy”. “En el pueblo todos están alertas, y la plaza desierta; baja de pronto un pajarito y se corre la voz: -Hay un pajarito en la plaza. Y viene todo mundo espantado a ver el pajarito. -Pero señores –dice uno– siempre ha habido pajaritos que bajan aquí.

-Sí, pero nunca a esta hora”. “Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo”. –“Yo sí soy muy macho grita uno. Yo me voy”. “Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y se va”.

“Atraviesa la plaza central donde todo el pueblo lo ve”. “Hasta que todos dicen: -Si este se va nosotros también nos vamos”. “Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo”. “Uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: «Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa», y entonces la incendia y otros incendian también sus casas”.

“Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora del pálpito, le dice a su hijo que está a su lado: “¿Viste m’hijo, ya presentía, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?”

(Cabal –tercia el Sisimite–parecido a ese negativismo regado por necios y supersticiosos, con el atomizador en la mano (más bien en la lengua), rociando desconfianza al proceso electoral. -¿Y no razonan qué repetir y repetir el mal augurio, no desalienta al tramposo, sino al ciudadano que podría impedirlo? -Bueno –interviene Winston– pero hay una forma inatajable de desmontar esos sombríos presagios. La convicción interna de cada cual –venciendo cualquier apatía, duda o temor– convertida en voluntad colectiva: Ir a votar).

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