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lunes, mayo 20, 2024

El óxido que me carcome

La angustia que envejece en mí, además de mis dolamas, es lo que me quita el sueño que, de por sí, ya no duermo mucho, entre idas al baño en la noche, pringadas en el calzoncillo e ideas tristes abrazadas con recuerdos que ya se murieron, como diablos abusivos, pero puntuales todas las noches y madrugadas, que se ríen de mí, al sentir la noche que pasa.

Sí, fíjese, me dijo con sus ojos de gato triste, color del barro de ríos bravos como esos que bajan al mar en mi tierra, ojos ya cansados de ver tantas lágrimas, de ver tanta vida, velados ya con un aro color vapor como si fuera el recordatorio que el tiempo no pasa en vano. Estos ojos que tanto han visto, me dijo mientras suspiraba, han visto tanto aquí ¿sabe? Políticos prometiendo lo que nunca cumplen, han visto promesas rotas, decepciones tantas, subir y caer grandes señores, todos ellos creyendo ser eternos… Si hace poquito andaba yo chiroteando por allí, muy gallito yo, lleno de vida y vigor como la lluvia fuerte que moja a la carrera en las tardes y así mismo pasa rapidito y solo nos deja el olor a tierra mojada como recuerdo que estuvo, que fue, ¡que existió!  Cabal así me siento ahora me dijo, hace poquito no había jornada que me le rajara, no tampoco a ninguna hembra por muy briosa que fuera, me confirmó sonriendo, recordando, sabe Dios, qué aventuras de sábanas y almohadas, pero ahora míreme, me dijo serio, con sus ojos de gato cazador, soy como el hierro viejo, aún me siento capaz de chinear al mundo, me digo en mi mente, pero ya el óxido entró a mi cuerpo y mis huesos piensan otra cosa. Pero eso no es la tragedia, me dijo con una voz azul tristeza, míreme ahora, arrastrando los pies, con dolamas de años me truena todo y las fuerzas se fueron de vacaciones permanentes, creo, como que todos esos desvanes y aventuras ya me pasan la factura, tal vez sea por las chupas desenfrenadas o las hartadas que me di o tal vez sean los cigarritos fumados que aún atormentan mis pulmones como fantasmas de éter. Lo que sea compa, ya está aquí y, como verá, todos los meses vengo a buscar salud a este centro, con la esperanza que me regalen unos días mas de vida en pastillas o jarabes. Pero cada vez es más difícil, no por mi cuerpo que se carcome lento, cabal como si la descomposición ya hubiese empezado en vida o tal vez eso que desde que nacemos empezamos a morir sea muy cierto, total el camposanto es el final del raite ¿vaa? Lo digo porque cada vez es más difícil conseguir remedios, como si la tercera o cuarta edad no fuéramos prioridad, no fuéramos gente, cada vez al hacer la cola , volvemos a saber lo que siempre hemos sabido que el ser pobre y viejo nos revienta en la cara, cuando uno llega a la ventana y solo le dan, además de una mala mirada y un trato peor, la dichosa palabra que para mí define la tragedia del pueblo “no hay” , toca regresarse a uno solo con las pestes en el lomo, esperando que los tés y tizanas los curen tal vez.

Sí, fíjese, es obvio que la salud aquí es para el que la puede pagar, no para el pobre y menos el viejo que ya no trabajamos y los hijos de uno apenas tienen para ellos , aquí solo y a medias creo, se preocupan por las embarazadas y los niños que, para mí, es maravilloso, los niños son el futuro y las mujeres que los cuidan son el pilar de nuestra tierra y eso es lo correcto, pero tal vez deberían guardar una colita para nosotros los que estamos llenos de recuerdos, canas y arrugas, mientras nos apagamos lentamente, como esa carne que se pone a secar bajo el sol y nos vamos a vivir al cementerio si tenemos suerte. Pero no, fíjese, nada que mejoran las intenciones, nada que mejoran las prioridades, cada día es más difícil, más complejo, entre carencias y malos tratos, nos toca venir a buscar salud, aunque sepamos que no hay, para muchos es el último viaje, como mi compa Lucho, que anduvo obrando sangre como tres días y le tocó morirse en la acera del hospital mientras esperaba que lo atendieran los doctores porque no había medicamentos y luego en huelga porque no les habían pagado. Un hombre bueno fue Lucho ¿sabe? No tenía vicios, ni era mal padre, solo mala suerte creo, como todos los que andamos en estos pasillos, la suerte de haber envejecido aquí o talvez que nos hayan tocado gobiernos con otras agendas políticas, no la salud. Ahora me toca a mí, fíjese, me toca venir a que me digan “no hay” e irme con mis dolamas y mis angustias, con la esperanza de tal vez el otro mes sí haya remedios, conste, si llego, me dijo entre serio y en broma.

Lo vi irse arrastrando su pierna izquierda, tullida luego de un derrame, cansado por un resuello feo que le ha salido, él decía que un gato se le había ido a vivir al pulmón, pero me confió que los doctores le pusieron de nombre cáncer al animalito. Sí, me dije para adentro, quiere yemas llegar a viejo, no por llegar a viejo, eso es digno y de honra, es porque aquí la vejez y la salud no siempre son compatibles y peor para nosotros los de abajo, se merecen algo mejor, pensé, hayan sido buenos o malos, cuando les tocó su cuota de trabajo, ellos ya dieron lo que tenían que dar, se merecen una vida digna, se merecen más que un mal gesto en la ventanilla y peor un “no hay”.

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