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sábado, julio 18, 2026

El imperialismo no tiene que ser una mala palabra

Por Fergus Hodgson, Economista financiero y editor del Impunity Observer.

Bajo el régimen chavista (1999 hasta la actualidad), Venezuela ha sido una piedra en el zapato para Estado Unidos que ha estado abandonada. Hasta hace poco, había poco interés, para atacar la metástasis del cáncer socialista más allá de sanciones limitadas Quizá la expansión de la red criminal Tren de Aragua catalizó el cambio de preferencia.

Videos de criminales venezolanos cargando armas y extorsionando a residentes en Colorado colmaron la paciencia del electorado estadounidense. Su seguridad está en juego. Además, el dinero sucio del Cartel de los Soles se ha esparcido a otras democracias frágiles como Honduras.

Las sanciones contra algunos venezolanos, en gran medida inconsecuentes, comenzaron en 2015, después de la caída de producción petrolera y la crisis económica. El momento, sin embargo, no impidió que los chavistas exclamaran: ¡imperialismo! Como en el caso cubano, el malvado imperio es el culpable de todos los males.

Las acusaciones de imperialismo nos dejan tres conclusiones: (1) Quienes lanzan epítetos no se preocupan por la intervención extranjera en Venezuela. Si lo hicieran, se opondrían a la presencia destructiva de agentes colombianos, chinos, cubanos, iraníes y rusos. Estas entidades extranjeras —actores estatales, terroristas o de cártel— han llenado el vacío de poder dejado por el desinterés de Estados Unidos y los países vecinos.

(2) Haga lo que haga Estados Unidos ha sido y será demonizado como un malvado imperialista. El autor venezolano Carlos Rangel criticó a los autócratas de 1970 por culpar de todo a la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA).

En Honduras, tras la remoción de Manuel Zelaya de la presidencia en 2009, surgieron señalamientos similares pese a que la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton condenó el exilio forzado como ilegal y recortó la ayuda a Honduras.

(3) Los esfuerzos por restaurar la democracia liberal en Venezuela y expulsar al Cártel de los Soles y a sus aliados no deben contenerse por miedo al peyorativo del imperialismo. Acobardarse ante tal retórica es como acobardarse ante acusaciones de racismo. Estas son falacias y deberían resbalar como agua sobre el lomo de un pato.

Ceder ante ellas es como pelear con un brazo atado. Eso es trágicamente lo que ocurrió durante el fiasco de Bahía de Cochinos en 1961. El presidente John F. Kennedy no quiso revelar que el intento de derrocamiento fue, aunque implementado por exiliados cubanos, financiado y orquestado por Estados Unidos.

Kennedy retuvo el apoyo aéreo y dejó a los honorables cubanos para ser capturados por el régimen de Fidel Castro. El electorado estadounidense es renuente a involucrarse en guerras discrecionales, dadas las preocupaciones fiscales y las proclividades no intervencionistas.

Sin embargo, el gobierno de Estados Unidos ya no puede ignorar las consecuencias del colapso de Venezuela, especialmente el éxodo masivo y el crimen organizado exportado. El Center for Security Policy (CSP), un destacado think tank de política exterior en Washington, D. C., en 2018 publicó un informe respaldando el cambio de régimen: Estados Unidos debería ayudar a los venezolanos a recuperar su país por sí mismos.… debería proporcionar armas, equipo, entrenamiento, inteligencia y apoyo logístico a venezolanos dignos para organizar su propia fuerza insurgente y luchar por su país.

El CSP señala que “Venezuela no es un país soberano”. Siete años después, el cambio de régimen podría ser una restauración, más que una violación, de la soberanía. Los venezolanos no se desharán de los chavistas sin un liderazgo abierto de Estados Unidos; dejemos de titubear y de fingir lo contrario.

Las demoras significan más sufrimiento para los venezolanos y una tarea más difícil para Estados Unidos. Con suficiente presión, el jefe de cártel Nicolás Maduro y su círculo podrían aceptar asilo para evitar una invasión terrestre. De no ser así, enviarlos a una celda de cárcel en El Salvador sería misericordioso.

Aunque no es fácil ni predecible, la guerra cinética debe estar sobre la mesa; de lo contrario, el régimen no cederá. Cualquier intervención necesita una estrategia cuidadosa, dirigida contra la policía secreta SEBIN y la contrainteligencia militar, y consideración por la transición democrática.

Idealmente, esto incluirá tácticas económicas, como la liberalización de las drogas, que priven al régimen de fondos. Como señaló el nicaragüense Arturo Fields, “Un cambio de régimen en Venezuela asestaría un golpe devastador a las agendas de China, Rusia e Irán en el hemisferio occidental.

Estados Unidos dejaría claro que el uso de la fuerza es una opción cuando se trata de garantizar un hemisferio seguro y próspero”. Lejos de ser algo para avergonzarse, el liderazgo estadounidense en las Américas es mejor que la alternativa y puede brindar beneficios tremendos.

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